🎧Heavy - Linkin Park
Elisa.
El mundo se redujo al dolor palpitante en mi hombro y a la mirada vacía de mi madre. "Como él". Las palabras seguían resonando, clavándose más hondo que el golpe mismo. Entonces, una mano grande y callosa se posó en mi otro hombro, intentando girarme con torpeza.
—Elisa… —la voz de mi padre sonó ronca, cargada de una emoción que no supe nombrar. Sus dedos se cerraron un poco más, no con odio, sino con una desesperación que me resultó tan familiar como aterradora.
Y entonces, mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.
Un reflejo antiguo, tallado a fuego por años de golpes sutiles y gritos ahogados, surgió de lo más profundo de mi ser. Con un movimiento brusco, aparté su mano de un manotazo. No fue un gesto de rabia, sino de puro instinto de supervivencia. El crujido de nuestro contacto sonó como un disparo en el silencio cargado.
Sus ojos se abrieron de par en par, heridos, sorprendidos, por un instante, vi al hombre detrás de la furia, al padre que tal vez, en otro universo, pudo haber sido mi refugio. Pero en este, su toque solo me recordaba todos los portazos, todos los gritos, toda la distancia que había cultivado entre nosotros.
No me quedé a ver más, mi cuerpo, adormecido por el shock, despertó con una urgencia animal. Di media vuelta y corrí, subí las escaleras de dos en dos, con el hombro ardiendo, y me encerré en mi habitación, apoyando la espalda contra la puerta como si con eso pudiera detener el infierno que había allá abajo.
El dolor era agudo, una mancha morada que seguramente ya empezaba a florecer bajo mi piel, pero era un dolor tangible, uno que podía entender, no como el vacío que había en mi pecho.
Me deslicé por la puerta hasta el suelo, abrazándome las rodillas. Tobias se acercó, lamiendo mis manos temblorosas, pero ni siquiera su calor lograba alcanzarme.
Entonces, como un acto reflejo más urgente que el llanto, arrastré mi mochila y saqué un cuaderno y un bolígrafo. No era una carta lo que necesitaba, era un hechizo, un refugio de palabras.
Y escribí:
"Había una vez en un famoso reino lleno de seres fantásticos, elfos. Existía cierta princesa que vivía en una prisión eterna, condenada por actos atrozes qué cometió en su joven mandato.
Los siglos habían pasado desde aquel mandato lleno de tiranía, un joven príncipe de un reino cercano paseaba por los alrededores del bosque donde existio aquel reino, a lo lejos vio el castillo abandonado de aquellos rumores. El joven sintiendo una corazonada se infiltro dentro del viejo bosque y de los muros de aquel viejo castillo, el ambiente era como murmullos olvidados, el joven príncipe no pudo sentir miedo sino que una inmediata tristeza.
El sonido de un espejo rompiéndose alertó el joven, seguido escucho pasos, pasos que estaba llenos de una furia que no se podia apaciguar, ante el una joven mujer, se presentó, era demasiado bella para ser algo traído del reino humano más bien parecia una diosa.
Un cabello cafe oscuro como el bosque profundo, ojos verdes como esmeralda, orejas puntiagudas como su agudeza, y… una ira silenciosa.
—¡Como te atreves a entrar a mi castillo!, dijo enfada.
—Yo solo…, las palabras no salian.
Pocas palabras bastaron para que la conversación antes llena de desconfianza, se convirtiera en una charla casual de amigos.
Ella confesada que la caída de su reino no fue su culpa en su totalidad, el bosque y su reina estaban conectados con sus emociones, su vida no era fácil. Ella vivía entre oscuridad, su padre era un hombre vicioso, lleno de distintas mujeres que los complacian, mientras que su madre se encerró a sí misma en el palacio frío, llorando por el pasado. Y finalmente su hermano mayor, el era un joven brillante que estaba destinada a gobernar pero asesinos lo atacaron y el término muriendo.
Y el no se quedo atrás. El era el quinto príncipe del reino humano, su destino no era ser emperador. El era hijo del emperador y,,, su madre no era más que una sirvienta sin poder. Su vida corría constante peligro desde que era niño, su camino estaba lleno de espinas. Sus hermanos mayores no eran diferentes, eran personas entregadas a los vicios, no eran altos para tomas la corona. Era algo que le causaba tristeza, sabia que su reino no tendría futuro.
Aquellas pobres almas marcadas por la tragedia decidieron salvarse mutuamente. Ella peleo junto a él para tomar el trono y alimentar al reino de prosperidad.
La época de paz llegó para el, pero aunque trataron de cambiar el destino de la princesa no fue posible, las grietas del pasado no podían ser cubiertas. Pero mientras que ellos estuvieran juntos el amor que surgió en ese breve tiempo sanaría lo insanable…
Firmé al final, con una letra temblorosa: "Para Rael, el sol que llego a mi vida. Tu princesa y tu contraparte, la luna, Elisa."
Doblé el papel con cuidado, como si contuviera mi alma frágil, y lo guardé en el bolsillo secreto de mi mochila. Era una mentira preciosa, la única que podía sostener para no desmoronarme por completo.
Lucero.
Se fue, la sombra, la que usa la piel de la niña. Se desvaneció escaleras arriba, igual que ella, igual que el otro. Todos se desvanecen. ¿Será que yo soy el agua caliente y ellos son de azúcar? Por eso se derriten cuando los toco.
Alexander mira su mano, parece un niño al que le han quitado el juguete. Qué tonto. Los juguetes están rotos. Todos. El de madera que gritaba, el de porcelana que sangraba, y el nuevo, el de cristal… ese hace un ruido tan bonito cuando se agrieta. Como cuando rompí el espejo del baño y todos los pedazos me sonreían, ahora hay más de mí. Más caras para vigilarlo.
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Editado: 11.01.2026