Cartas de otoño

Capítulo 18: La Luna y el Sol.

🎧Hostage - Billie Eilish

Elisa.

La calma en mi vida era algo imposible, aquel día en la Preparatoria Aurora todo me cambió, mi vida dio un giro de 360°.

El rumor comenzó como un susurro venenoso que se filtraba por los pasillos de la Preparatoria Aurora, para el segundo recreo, ya era un tsunami de risas ahogadas y miradas burlonas que me seguían como sombras persistentes.

—¿Ya vieron? —oí decir a un compañero de otra clase—. La Princesa Wattpad ahora escribe fanfic de ella misma.

Mi corazón se detuvo.

Cuando vi el primer papel pegado en la puerta del baño, reconocí inmediatamente mis propias palabras. "Había una vez en un famoso reino lleno de seres fantásticos..."

Sabia quien era el culpable, Arek, un metido idiota que no tenia otra cosa que hacer, ese bicho acaso ¿no tiene vida propia?. ¿Por qué?, porque era yo víctima de su crueldad y desprecio, sabía que no era mejor que él, ¿por qué su odio estaba dirigido a mi?

Arek no solo había hecho copias, las había decorado con dibujos grotescos de elfos con mi rostro y hadas con lágrimas exageradas. En la parte inferior, en letras rojas y sangrientas, decía: "¿Crees que alguien podría amar a una princesa soñadora?"

El mundo empezó a tambalearse. Cada pared, cada locker, cada puerta tenía una copia. Algunos estudiantes leían en voz alta, riendo a carcajadas. Otros me señalaban mientras susurraban "princesa elfa" y "loca".

—Eli, no les hagas caso —dijo Claris, tomándome del brazo no lastimado.

—Vamos a buscar a ese imbécil de Arek —gruñó Valeria, con los puños cerrados.

Pero yo ya no podía escucharlas. Las risas me atravesaban como cuchillos. "Para Rael, el sol que llegó a mi vida...", esas palabras íntimas, ese pedazo de alma que había confiado al papel, ahora era el hazmerreír de toda la escuela.

Mi cuerpo actuó por sí solo, el dolor de mi hombre aún era punzante pero no más que el que tenía ahora.

Corrí directo al baño y me encerré en el último cubículo, hundiendo la cabeza entre las rodillas. Las lágrimas no llegaban—mi cuerpo había decidido traicionarme también en esto. Solo existía un vacío helado, y el eco de aquellas risas. "Princesa rota". Tal vez tenían razón.

—Elisa, por favor sal —rogó Rowena desde la puerta—. No te dejaremos sola.

—Te llevaremos a casa —agregó Dayna—. Solo abre la puerta.

Sacudí la cabeza, aunque sabía que no podían verme. Mi voz se había esfumado otra vez, cada intento de hablar se convertía en un nudo en la garganta. ¿Cómo podría enfrentarme a ellos? ¿Cómo podía mirar a Rael después de esto?

Arek.

La satisfacción fue extremadamente dulce. Verla encogerse, palidecer, mirar alrededor con esos ojos de venado acorralado era enriquecedor.

Al fin podía volver a ser yo.

Las risas de mis amigos sonaban a mi alrededor. "¡Buen trabajo, Arek. De verdad ha sido una de tus mejores bromas!" dijo Enzo, dándome una palmada en la espalda.

Aquella pequeña idiota al fin había probado la realidad, estaba orgulloso.

Sonreí, en mi no había culpa alguna, solo una pequeña punzada en mi corazón.

Sus ojos me recordaban a esos hermosos ojos verdes que alguna vez llegué a ver, llenos de vida pero encerrados en un infierno.

Rael.

Cuando llegué al baño, las amigas de Elisa estaban desesperadas.

—No responde —me dijo Claris, con lágrimas de frustración en los ojos—. Lleva media hora ahí encerrada.

Asentí y me acerqué a la puerta.

—Elisa —dije, con la voz lo más calmada posible—. Soy yo.

Un sollozo ahogado fue la única respuesta.

—Por favor, déjenme solo con ella —pedí a sus amigas, que después de dudar un momento, asintieron y se retiraron a cierta distancia, pude ver como querían apoyarla aunque fuera desde las sombras.

Me senté en el suelo, apoyando la espalda contra la puerta del cubículo.

—Encontré una de las copias —dije suavemente—. Leí tu cuento.

Un gemido de agonía salió desde dentro.

—No —susurró su voz quebrada—. Por favor, no...

—Es el cuento más hermoso que he leído—dije, y lo decía en serio.

El silencio que siguió era tenso, incrédulo.

—Esa princesa elfa... es la persona más valiente que conozco —continué—. Porque a pesar de todo el dolor, todavía puede soñar con la luz. Todavía puede esperar.

—Pero... pero todos se burlan —su voz era un hilo débil.

—Los que se burlan son los que nunca se han atrevido a soñar —respondí—. Tienen miedo de que alguien como tú les recuerde todo lo que ellos perdieron hace tiempo.

La cerradura del cubículo hizo clic. La puerta se abrió lentamente. Allí estaba ella, con el rostro pálido y los ojos hinchados, pero sosteniendo mi mirada.

—¿De verdad... no te da vergüenza?—preguntó, con una vulnerabilidad que me partió el corazón.

—Estoy orgulloso —dije, levantándome y tomando sus manos—. Orgulloso de que hayas elegido escribir sobre la luz en lugar de rendirte a la oscuridad.

Sus labios temblaban. En sus ojos vi el reflejo de todas las heridas que cargaba—el abandono, el dolor, la traición. Pero también vi una fortaleza que ni siquiera ella reconocía.

—Eres el sol que llegó a iluminar mi camino lleno de espinas—susurró, citando su propia carta.

—Y tú eres mi princesa elfa —respondí, sonriendo—. Aunque el mundo esté en contra de ti, yo… quiero estar para ti, quiero que pienses en mí como la persona que amaras y con la que podrás volver a brillar.

Y entonces, como si fuera lo más natural del mundo, me incliné y besé sus labios. No fue un beso de pasión, sino de apoyo, del amor que me quería negar a aceptar, sabía que el tiempo no importaba si mi felicidad estaba con ella. Un juramento silencioso de que en medio de aquel reino de batallas silenciadas, habíamos encontrado nuestro propio castillo, uno que el mundo quiso arrebatarnos, pero que nunca volveríamos a perder.




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