Cartas de otoño

Capítulo 20: El abrazo del Sol.

🎧Fallingforyou - The 1975

Elisa.

Tres días habían pasado desde aquella confesión, la hora de clases llegó, no pude evitar pensar en el encuentro en la biblioteca con Rael y el desagradable altercado con Arek, necesitaba el consuelo de mis amigas más que nunca. Mis pasos eran más ligeros mientras caminábamos hacia nuestro café habitual, un pequeño lugar escondido detrás de la plaza central que se había convertido en nuestro refugio los últimos meses.

El aroma a café recién hecho y pastel de chocolate nos recibió como un abrazo cálido. Nos instalamos en nuestra mesa de siempre, en el rincón más apartado cerca de la ventana, donde podíamos ver a la gente pasar sin ser demasiado observadas.

Valeria no pudo contenerse ni cinco minutos. Apoyó los codos en la mesa y me miró con esos ojos llenos de curiosidad que tanto la caracterizaban.

-Bueno, ¡cuéntanos! -exclamó, haciendo girar su cuchara entre los dedos-. ¿Cómo fue? ¿Fue romántico? ¿Apasionado? ¿Sabe besar bien? ¡Necesito detalles, Eli!

Sentí el calor subirme a las mejillas. Claris, sentada a mi lado, me dio un suave codazo.

-Déjala respirar, Val -dijo, aunque su sonrisa delataba que ella también estaba igual de curiosa.

-Fue... diferente -comencé, buscando las palabras adecuadas-. No fue como en las novelas. Fue mejor. Fue real.

-No fue muy onii-chan de tu parte Eli-replicó Dayna con una sonrisa torcida.

-¡Deja eso, me da más vergüenza!-replique.

Rowena, siempre la más observadora, inclinó la cabeza. Su mirada se posó en el brazo que inconscientemente seguía protegiendo.

-Esa no es la expresión de alguien que solo habla de besos -señaló suavemente-. ¿Eso es por lo de Arek o... por lo que sucede en casa?

Todas las miradas se dirigieron a mi brazo., respiré hondo. Estas eran mis amigas, las que habían estado conmigo en los peores momentos, si no podía ser honesta con ellas, entonces ¿con quién?

-Un poco de ambas -admití, bajando la voz-. Mi madre... tuvo otro de esos episodios, y bueno, ella... lanzó una bandeja contra mí.

El silencio incómodo que siguió fue roto por Dayna, quien dejó su vaso con más fuerza de la necesaria. Aunque antes bromeaba ahora era totalmente distinta.

-Mierda, Elisa. ¿Y tu padre? ¿No hizo nada?

-Estaban discutiendo -susurré, jugando con el borde de mi servilleta-. Siempre están discutiendo, a veces siento que soy invisible hasta que cometo el error de estar en medio.

Claris tomó mi mano, su contacto era firme y reconfortante.

-Podrías quedarte en mi casa -ofreció por enésima vez-. Mi mamá no tendría problema.

Sabía que lo decía en serio. Todas ellas lo decían en serio, pero también sabía que no podía aceptar, huir significaba rendirme, y algo dentro de mí se negaba a hacerlo ahora que finalmente había encontrado un atisbo de felicidad.

-Gracias -dije, apretando su mano-. Pero tengo que aprender a enfrentar mis batallas. Rael y ustedes... me hacen sentir que puedo hacerlo.

Valeria sonrió, pero era una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

-Solo ten cuidado, ¿sí? No quiero ser la aguafiestas, pero... el último chico del que te enamoraste en la secundaria resultó ser un idiota que te dejaba plantada cada vez que respiraba. No se porque tienes mala suerte en el amor.

-Rael es diferente, lo sé...-respondí, con más convicción de la que sentía-. Él lee mis cartas y las guarda como tesoros, no las usa como armas.

Rowena asintió lentamente.

-Lo he visto cómo te mira,es diferente, pero el corazón es frágil, Eli, solo queremos proteger el tuyo.

Dayna levantó su vaso.

-Por eso tenemos un plan de venganza de cinco pasos si alguien te lastima. Paso uno: evidencia comprometedora. Paso dos...

-¡Basta! -reí, sintiendo por primera vez en días que la alegría era genuina-. No necesitaremos tu plan, Dayna. Pero gracias.

Pasamos las siguientes dos horas riendo, planeando salidas futuras y hablando de todo y nada. Por un rato, pude olvidar el peso que cargaba sobre mis hombros, con ellas, podía ser simplemente Elisa, no la chica del drama familiar o la princesa de los cuentos rotos.

Rael.

La había citado en el mirador al atardecer, un lugar que pocos conocían y que me había convertido en mi refugio personal durante los peores momentos del divorcio de mis padres. Quería compartirlo con ella, quería que viera esta parte de mí que pocos conocían.

Cuando la vi subir la colina, con el viento jugando con su cabello y el sol dorado bañando su rostro, sentí que el corazón se me aceleraba de una manera que todavía no me acostumbraba. Llevaba una manta y una cesta con algo de comer, preparando todo para que fuera perfecto.

-Es hermoso -susurró ella al llegar a la cima, sus ojos verdes abiertos como platos mientras contemplaba la vista de la ciudad extendiéndose a nuestros pies.

-No tanto como tú -respondí, y me sorprendí a mí mismo con la sinceridad de mis palabras.

Extendí la manta sobre la hierba y nos sentamos, hombro con hombro, en un silencio cómodo mientras el sol comenzaba su descenso. Podía sentir la tensión en sus hombros, esa rigidez que siempre llevaba consigo como una armadura invisible.

-Puedes contarme lo que sea, Elisa -dije finalmente, rompiendo el silencio-. No solo las partes bonitas.

Ella respiró hondo, como si estuviera reuniendo valor.

-Mi madre... no está bien -comenzó, sus palabras saliendo en un torrente suave-. Después de lo de mi tía, ha empeorado todo en casa. A veces me mira y no me ve a mí. Ve a... a otras personas, quisiera que alguna vez me mirara a mi.

Escuché en silencio mientras describía la escena de la bandeja, el vacío en los ojos de su madre, la forma en que su padre había intentado acercarse después pero ella lo había rechazado por instinto. Cada palabra me partía el corazón, pero me mantuve quieto, sabiendo que necesitaba sacar todo eso.




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