🎧Lo Que Construimos - Natalia Lafourcade
Elisa.
Como cada salida de clases donde buscábamos la paz mental que perdíamos en la escuela íbamos a nuestra cafetería favorita.
El café humeante frente a mí olía a canela y a posibilidades, alrededor de la mesa, mis amigas parloteaban con una energía que casi podía tocarse, y por primera vez en semanas, me permití sumergirme en esa corriente de normalidad adolescente.
—¡No pueden imaginar lo increíble que sonó! —Valeria golpeaba la mesa con entusiasmo, haciendo temblar los vasos—. Cuando Elisa comenzó a cantar, todo era como ¡BOM!, ¡PASS!, hasta mi papá se asomó al garaje. ¡Y eso que él escucha solo jazz viejo!
Rowena deslizó otro sketch hacia el centro de la mesa. Esta vez nos mostraba a los cuatro como guerreros de fantasía, con instrumentos que brillaban con luz propia. —Si vamos a hacer esto, necesitamos una estética coherente. Estoy pensando en algo entre el steampunk y el romanticismo gótico.
—¿Gótico? —pregunté, tomando un sorbo de mi café—. ¿No es un poco... dramático?
—Querida, tu vida es un drama —respondió Claris secamente, pero con una sonrisa—. Al menos que tu banda tenga la estética para igualarlo.
—Me recordó a la película de “KPOP DEMON HUNTERS”, ¿no creen chicas?—soltó entre risas Valeria.
—¡Lo sé, pensamos lo mismo!—exclamó Claris.
Dayna jugueteaba con una cuchara, su expresión inusualmente seria. —Hablando de dramas... ¿tus padres saben de la banda?
El cambio en el ambiente fue palpable. Todas las miradas se volvieron hacia mí.
—Mi madre está... en otro planeta—respondí, eligiendo mis palabras con cuidado—. Y mi padre... bueno, ustedes lo conocen.
—¿Crees que se opondrá? —preguntó Rowena, su voz suave pero cargada de preocupación.
—Se opone a que respire, Row —dijo Valeria antes de que yo pudiera responder—. Pero eso no importa, esto es importante para Elisa.
—Es más que importante —corregí, sintiendo una chispa de esa determinación nueva que había descubierto—. Es... necesario, cada vez que escribía pensaba que mis palabras se tendrían que quedar hasta ahí, en una simple caja abandonada pero ahora que puedo cantar, puedo hacer que cada palabra de esas cartas cobren, por primera vez siento que ocupó un espacio que es solo mío, no el de la hija decepcionante, no el del recuerdo de Aiden... solo yo.
Claris tomó mi mano sobre la mesa. —Entonces lo haremos, pase lo que pase.
—Incluso si tengo que enfrentarme a tu papá personalmente —agregó Valeria, con los puños cerrados—. Lo enfrenté una vez, puedo hacerlo de nuevo.
Reímos, pero la tensión detrás de sus palabras era real. Mis amigas se habían convertido en mi escudo humano, y la gratitud que sentía por eso a veces me quitaba el aliento.
—Rael dijo que tenemos que encontrar nuestro sonido —comenté, cambiando deliberadamente a un tema más seguro—. Algo que nos represente a todos.
—Bueno, con Valeria en la batería va a sonar poderoso —dijo Dayna—. Y tu voz... Dios, Elisa, cuando cantaste esa canción de Cohen, casi lloro, el video que grabó Rowena no debió hacer justicia.
—Yo sí lloré —admitió Claris—. Pero soy una llorona sentimental, era obvio.
Pasamos la siguiente hora planeando, soñando despiertas. Valeria hablaba de giras imaginarias, Rowena de portadas de álbumes, Dayna de cómo promocionarnos en redes sociales, y Claris, siempre la más práctica, de horarios de ensayo y equipos necesarios. Por un momento, tan breve pero tan brillante, me permití creer en ese futuro.
La caminata a casa fue como nadar contra la corriente, cada paso me acercaba más a la realidad que había dejado temporalmente en el café. Mientras mis dedos buscaban las llaves en mi mochila, pude sentir cómo la euforia se desvanecía, reemplazada por esa familiar pesadez en los hombros.
Al abrir la puerta, el silencio me recibió como un golpe sordo, no era el silencio vacío de cuando nadie estaba en casa, sino ese silencio particularmente pesado que significaba que mi madre estaba en uno de sus estados.
La encontré en el sofá, meciéndose suavemente, sus ojos fijos en algo que solo ella podía ver. Tobias estaba acurrucado a sus pies, observándola con esa mirada preocupada que solo los animales parecen dominar.
—Hola, mamá —dije suavemente, no queriendo sobresaltarla.
Sus ojos se desviaron hacia mí, pero la falta de reconocimiento en ellos me hizo estremecer. —Los pájaros cantan diferente hoy —murmuró—. Como si supieran que viene el invierno.
—Es otoño, mamá —respondí, acercándome lentamente.
—Para algunos —susurró, y volvió a su mecimiento.
Subí a mi habitación con el corazón apretado.
Encendí mi laptop y envié un mensaje rápido al grupo de la banda: "Llegué bien. Ensayo el jueves después de clases. No dejen que Valeria elija el nombre sola."
La respuesta de Rael llegó casi inmediatamente: "¿Todo bien? Suenas... distante."
Sonreí débilmente. Él ya estaba aprendiendo a leer mis silencios. "Solo el regreso a la realidad. Hablamos mañana."
Antes de que pudiera responder, escuché la puerta principal abrirse y cerrarse con fuerza. Los pasos de mi padre resonaron en el pasillo, pesados, irregulares. No estaba borracho, lo supe de inmediato. Esto era algo diferente, algo peor.
Respiré hondo, mirando mi reflejo en la pantalla oscura de la laptop. La Elisa del café, la que cantaba y soñaba con su banda, parecía muy lejana ahora.
Bajé las escaleras lentamente, encontrándose en la cocina, hojeando distraídamente un sobre que había llegado por la tarde. Mis calificaciones.
—Bien —dijo sin mirarme—. Al menos no estás fallando en todo.
—Estoy yendo a recuperación en matemáticas —dije, manteniendo mi voz neutral.
—Recuperación —repitió, como si la palabra tuviera un sabor amargo—. Siempre recuperándote de algo. De tus errores, de tus malas decisiones...
—Papá —interrumpí, sintiendo cómo esa pequeña chispa de determinación que había encontrado con mis amigas comenzaba a arder—. No son malas decisiones. Estoy intentando encontrar algo que me haga feliz.
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Editado: 11.01.2026