🎧All I Want for Christmas Is You - Mariah Carey
Elisa.
La semana siguiente a las eliminatorias fue un tira y afloja entre mi conciencia y mi miedo. Cada vez que veía a Rael en los pasillos de la escuela, su mirada herida me taladraba el alma. El colgante lunar que llevaba parecía que me acusaba desde la distancia. Había pasado de ser un símbolo de amor a un recordatorio de mi cobardía.
Finalmente, un martes gris y lluvioso, no pude soportarlo más, sabía que Rael solía refugiarse en la biblioteca durante la hora de almuerzo. Con el corazón latiendo como un tambor de guerra, empujé la pesada puerta de roble.
Allí estaba, solo en una mesa del rincón más apartado, con sus audífonos puestos y mirando fijamente las partituras de "New Genesis". Me acerqué con pasos silenciosos, mis manos sudorosas.
—Rael—dije, y mi voz sonó como un susurro ronco.
Él se quitó los audífonos lentamente, alzando la vista. Sus ojos, antes llenos de luz, ahora eran pozos de una tristeza resignada.
—Elisa—mi nombre en sus labios sonó a despedida.
—Necesito... hablar contigo. Disculparme. De verdad—las palabras salieron a trompicones. Me equivoqué. Terriblemente.
Me senté frente a él, jugueteando nerviosamente con el colgante solar.
—Mis padres me prohibieron todo. La banda, la música... a ti—respiré hondo, sintiendo el peso de la confesión.
—Y en lugar de enfrentarlos, en lugar de luchar, elegí la salida más cobarde, alejarme, pensé que si te sacaba de la ecuación, te protegería de su... veneno. Pero solo logré herirnos a ambos, fui egoísta, y lo siento.
Rael no dijo nada durante un largo momento, sus dedos trazando los pentagramas en el papel.
—¿Sabes lo que duele, Elisa?—dijo finalmente, sin levantar la vista.
—No fue el alejamiento, fue que no confiaras en mí. Que creyeras que no podría soportar contigo lo que sea que esté pasando.
—¡No quería arrastrarte a mi guerra!—protesté, sintiendo cómo las lágrimas asomaban.
—¡Pero esa es la idea!—exclamó él, por primera vez alzando la voz. Un par de estudiantes voltearon a mirarnos. Bajó el tono, pero la intensidad permaneció.
—¿O crees que esto…—señaló entre él y yo, es solo para los momentos fáciles? Te amo, Elisa. Eso significa las partes rotas también, significa las peleas y los padres locos y las prohibiciones estúpidas.
Sus palabras me dejaron sin aliento.
—Yo también te amo—susurré. Y por eso me duele tanto la idea de que ellos... que te lastimen por mi culpa.
—Entonces déjame decidir qué puedo soportar—dijo, extendiendo su mano sobre la mesa. No me robes mi elección.
Miré su mano, luego su rostro, lleno de una determinación dolorosa y hermosa a la vez. Lentamente, deslicé mi mano sobre la suya. Sus dedos se cerraron alrededor de los míos, cálidos y firmes.
—Lo siento—repetí, y esta vez las lágrimas fluyeron libremente. No volverá a pasar. Prometo luchar por nosotros.
Él se levantó, rodeó la mesa y me abrazó. No era un abrazo de perdón inmediato, sino de comprensión, un comienzo.
—Ellos no nos van a separar, Elisa—murmuró contra mi cabello. Te lo prometo.
Me sequé las lágrimas que Rael había enjugado, y fui directo a verlas.
Me las tope de enfrente, la vergüenza me hizo bajar la cabeza, de repente algo me dijo que levantara la vista, mis ojos se encontraron con los de ellas. Un nuevo nudo, esta vez de culpa, se formó en mi garganta. había estado tan perdida en mi propio laberinto de dolor y secretos, que a veces las usaba como un muro sin ver que también había puertas en sus corazones para mi.
—Chicas…—mi voz sonó ronca, aún temblorosa. Todas me miraron, con esa mezcla de preocupación y paciencia infinita que sólo ellas podían tener.
—Tengo que... pedirles disculpas.
Valeria abrió la boca, probablemente para decir que no hacía falta, pero le hice una seña para que me dejara terminar, necesitaba decirlo.
—Ustedes... siempre han estado ahí, incluso cuando no era fácil, incluso cuando llegaba a la escuela con el peso de mi casa cargando en los hombros y solo sabía poner una sonrisa falsa o un silencio hosco. Ustedes me han soportado mis rarezas, mis cartas, mis miedos. Me han defendido de Arek y de todos los demás sin pedir nada a cambio.
Respiré hondo, sintiendo cómo el peso de mis palabras me ayudaba a vaciar un poco el de mi conciencia.
—Y yo... a veces me he encerrado tanto en mi propio mundo, en mis batallas en casa, en esta... esta obsesión por entender el pasado de mi familia, que me he olvidado de ser una buena amiga. He dado por sentado que siempre estarían, sin devolverles la misma luz que ustedes me han dado a mí. Me he ausentado incluso cuando estaba presente. Y por eso... lo siento. Lo siento de verdad.
Mis ojos recorrieron cada uno de sus rostros. —No quiero ser la amiga que solo aparece cuando está rota. Quiero ser la que está en las risas, en los planes absurdos, en los ensayos de la banda... Quiero estar para ustedes, como ustedes lo han estado para mí. Son mi familia, la que yo elegí, y no sé qué haría sin ustedes.
Terminé, esperando. Fue Claris quien, con una sonrisa pequeña pero genuina, dio el primer paso y me abrazó.
—Idiota—murmuró contra mi hombro. Como si no supiéramos que eso es lo que eres, una idiota maravillosa que a veces se olvida de que no está sola.
—Exactamente—dijo Rowena, acercándose. Tu lugar está aquí, con nosotras, incluso en tus silencios.
—¡Y si no, ya te habríamos dado una patada hace mucho!—añadió Valeria con su sarcasmo habitual, pero sus ojos brillaban. Pero para eso tendrías que ser más molesta, y solo eres... tú.
Dayna asintió, sonriendo.
—No tienes que disculparte por cargar peso, Elisa. Solo tienes que recordar que no lo cargues sola.
El alivio me inundó, cálido y reparador. No era un perdón que necesitaran darme, sino uno que yo necesitaba ofrecer. Y al hacerlo, otra cadena que me ataba al fantasma de la chica que creía tener que ser, se soltó para siempre.
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Editado: 11.01.2026