Cartas de otoño

Capítulo 28: Polvo de cohetes y silencio.

🎧everything i wanted - Billie Eilish

Elisa.

El 31 de diciembre amaneció con un silencio distinto. No era la paz navideña residual, sino una calma pesada, cargada de electricidad estática, como si el aire mismo contuviera un suspiro colectivo a punto de estallar. La falsa tregua de la Navidad se había agrietado, mis padres no se hablaban, el sonido más fuerte en la casa era el tictac del reloj de la sala, marcando el ritmo hacia un final que, aunque no lo supiera, ya se estaba escribiendo.

Mi padre había pasado la mañana encerrado en su estudio. Lo había visto como bajo a buscar agua: estaba de pie frente a la ventana, la espalda rígida, mirando el jardín muerto por el invierno. No me dirigió la palabra. Solo un leve temblor en su mano, que apretaba un vaso vacío delató la tormenta que rugía dentro de él. Ahora, en retrospectiva, era una bandera roja que no supe leer.

La noche llegó vestida de fiesta ajena. Desde mi habitación, escuchaba los primeros cohetes y risas lejanas de los vecinos. En casa, la cena fue un espectáculo de sombras. Comimos sobras en silencio. Mi madre movía la comida en el plato, sus ojos vidriosos perdidos en una dimensión donde el Año Nuevo no existía.

—Doce uvas—murmuró de pronto, sin mirar a nadie—. Doce deseos que se ahogan en la garganta. Como doce meses de mentiras.

Mi padre la miró con un desprecio tan profundo que casi era tangible. Empujó su silla, el chirrido desgarró el silencio.

—Voy a subir—dijo, su voz un eco seco. No me miró. Su mirada pasó sobre mí como si fuera un mueble más, pero en sus ojos, por un instante, creí ver algo…
Un cansancio tan infinito que heló la sangre en mis venas.

Las horas pasaron. Yo estaba en mi habitación, intentando concentrarme en un libro, pero las palabras bailaban sin sentido. El mensaje anónimo del otro día era una espina clavada en mi mente. "Los escenarios son lugares peligrosos para las princesas de cuento..." ¿Quién era? ¿Por qué? El miedo se enredaba con la ansiedad general que respiraba en la casa.

A las 11:40 p.m., un golpe sordo y secó, como un libro pesado cayendo al suelo, resonó desde el estudio de mi padre. Mi corazón se detuvo. El sonido no era violento, era... definitivo.

"Elisa, no"—me dije a mí misma, paralizada. Pero mis piernas, actuando por instinto, ya me llevaban al pasillo.

La puerta del estudio estaba entreabierta. Un haz de luz tenue se filtraba, empujé la madera lentamente, el chirrido de los goznes sonó como un lamento.

Y allí estaba él.

Alexander Sevilla, mi padre, estaba desplomado sobre su escritorio, la cabeza girada hacia la puerta, como si hubiera esperado, en su último segundo, que alguien llegara. Sus ojos, abiertos, ya no tenían la furia ni el desprecio. Solo un vacío absoluto, un paisaje de invierno perpetuo, un fino hilo de sangre le salía de la sien, manchando las páginas de un cuaderno abierto. En el suelo, cerca de su mano que colgaba inerte, descansaba el pequeño revólver que siempre guardó, sin que yo lo supiera, en el cajón de su escritorio.

El mundo se desvaneció, no hubo grito, no hubo alarido, solo un zumbido agudo en mis oídos y la sensación de que el suelo se abría bajo mis pies. El olor a pólvora, amargo y metálico, se mezcló con el del polvo y la madera vieja, era un olor nuevo, un olor a final.

No sé cuánto tiempo estuve ahí, congelada, mirando el cuerpo sin vida del hombre que me había dado la vida y, con la misma mano, me había negado el amor. El reloj de la pared marcó las doce. Afuera, la ciudad estalló en un caos de alegría. Cohetes, campanas, vítores. El mundo celebraba un comienzo mientras en mi casa, todo se terminaba.

Mi cuerpo, por fin, reaccionó. Retrocedí tambaleándome, chocando contra el marco de la puerta. Las risas de la calle sonaban como burlas siniestras. Corrí hacia el teléfono fijo en la sala, mis dedos temblorosos marcando el 911. La voz que salió de mi garganta no era la mía; era ronca, quebrada, la de una niña aterrada.

—Mi padre...—logré articular entre jadeos—. Se... se disparó.

Di la dirección y colge, desplomándome en el sofá. El sonido de las sirenas se acercó rápidamente, cortando la falsa alegría de la noche, eran agudas, urgentes, la banda sonora de mi nueva realidad.

Lucero.

Los pájaros de cristal en mi cabeza dejaron de cantar. Se hicieron trizas, un sonido seco, como el de un hueso rompiéndose, perforó la niebla. Fue el sonido de un pájaro de cristal cayendo de su rama. ¿O fue un trueno? No, los truenos rugen, esto fue un suspiro, el suspiro final del hombre de la pared.

Sé que era mi esposo. Alexander, Alex. El chico de la playa, el fantasma que dormía a mi lado. Ahora es solo un suspiro que se expande por la casa, empujando el aire, llenándolo de silencio y de un olor a metal caliente, a juguete roto.

Escucho a la niña corriendo hacia abajo llorarando. Sus sollozos son como piedritas que caen en un pozo muy hondo. Ya no es la sombra de la otra, la que se parecía a él. Es solo una niña asustada, como yo.

Luego llegaron las luces azules y rojas. Parpadean en las ventanas, pintando la sala de colores de enfermedad. Y con ellas, un hombre. Un hombre con una cara que conozco, una cara que venía en los sobres que Alex escondía y quemaba, una cara que me miraba con lástima desde las fotos que ya no existen.

Dante.

Él no es un policía, es un recuerdo con uniforme, es la culpa caminando, es el hombre que pudo ser un padre diferente, el hombre cuyo nombre era un cuchillo en los ojos de Alex.

Él entra, y sus ojos no buscan primero el cuerpo. Me buscan a mí, me encuentran en el rincón del sofá, donde me he encogido, tratando de ser más pequeña que el dolor.

—Lucero—dice su voz. Es una voz más grave de lo que recordaba. Ya no tiene la risa fácil del chico del centro comercial. Ahora es una voz que ha visto demasiados finales.

Yo miro más allá de él, hacia la mancha de sombra que es el estudio. —El pájaro de cristal se cayó—digo, y mi voz suena a miles de kilómetros de distancia.




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