Cartas de otoño

Capítulo 29: La piel del recuerdo.

🎧La dosis perfecta - Panteón Rococo

Elisa.

El invierno se derritió en una primavera pálida y sin gracia. Noventa y dos días. Una eternidad medida en latidos de un corazón que sentía demasiado lento y respiros en una casa que era demasiado grande para su silencio. El tiempo no había curado nada; solo había cubierto la herida abierta de la muerte de mi padre con una costra gruesa y quebradiza de rutina.

Mi vida se había reducido a un ciclo monótono y gris. Despertar. Escuchar los murmullos o el llanto de mi madre desde su habitación. Preparar algo de comer, lo más sencillo posible. Comer en silencio, a veces con Tobias como mi único comensal. Intentar leer, intentar escribir, fallar. Mirar el teléfono, lleno de mensajes de Rael y mis amigas que no tenía el valor de contestar. Dormir, o al menos, cerrar los ojos y esperar que la noche pasara.

Me había convertido en un fantasma en mi propia casa, un fantasma que limpiaba, que cocinaba, que ocultaba los cuchillos y los objetos pesados cuando la lucidez de mi madre se desvanecía y la paranoia la poseía. La trabajadora social venía dos veces por semana. Dante había conseguido eso. Yo me limitaba a asentir, a decir que todo estaba bien, que podía manejar la situación, mentiras tan frágiles como el cristal.

Rael y las chicas no se habían rendido. Sus mensajes eran mi cable a tierra, mi recordatorio de que existía un mundo afuera.

"Cuando estés lista,estamos aquí." - Rael.
"Te extrañamos,Eli. La banda está en pausa, tu silla de vocalista está vacía." - Valeria.
"Pinté un nuevo diseño para cuando vuelvas."- Rowena.
"Cualquier día,cualquier hora. Solo avisa." - Claris.
"Traeré helado y películas malas."- Dayna.

Los leía una y otra vez, y un dolor agudo, mezcla de anhelo y culpa, me atenazaba el pecho. ¿Cómo podía volver a esa vida, a esa chica que escribía y cantaba con una banda, cuando cada rincón de mi presente era un recordatorio de muerte y locura? Me sentía como una traidora. Traidora a la memoria de mi padre por querer seguir viva, y traidora a mis amigos por no tener la fuerza para hacerlo.

La cicatriz en mi hombro izquierdo era la prueba física de mi nuevo mundo. Un recordatorio permanente, pálido y ligeramente elevado, con forma de un río irregular que se extendía desde el omóplato hasta la parte superior de mi brazo, no dolía ya, solo picaba a veces, como si el recuerdo del dolor quisiera asegurarse de que no lo olvidará.

Lucero.

El hombre de la pared se fue, pero su sombra se quedó. Es más larga ahora, más fría, a veces, la sombra tiene la cara de la otra, de Alejandra. Se pasea por la casa, susurrando cosas que no entiendo. Dice que me robó todo, primero a Alex, luego a Aiden, y ahora... ahora quiere a la niña.

La niña ya no llora como él, se ha vuelto silenciosa, como Aiden. Se mueve como un susurro, esconde los cuchillos, me mira con esos ojos que son los de él, pero a veces, cuando la luz le da de cierta manera, veo los de la otra. La sospecha es un gusano que me carcome por dentro.

Esa tarde, el gusano creció demasiado. La niña estaba planchando una de mis blusas viejas. Yo la observaba desde la puerta del cuarto de lavado, la espalda curvada sobre la tabla, la nuca expuesta... no era la espalda de una niña. Era la espalda de ella, la espalda que Alex una vez tocó con una devoción que nunca mostró por la mía. La rabia, caliente y repentina, me subió como la espuma de una olla a presión.

—Tú—dije, y mi voz sonó como el crujir de hielo.

Ella se dio la vuelta, sorprendida. La plancha quedó suspendida en el aire, sus ojos, los ojos de Alejandra, se abrieron de par en par.

—¿Mamá? ¿Qué pasa?

—Sé lo que estás haciendo—escupí. El gusano hablaba por mí. Intentas borrarlo todo, borrar su olor, su memoria. Como ella, siempre como ella.

Avancé hacia ella. El vapor de la plancha silbaba suavemente, llenando la pequeña habitación de un calor húmedo y opresivo.

—Tienes sus manos—murmuré, acercándome más. —Las mismas manos que lo acariciaron a él. ¿Te crees con derecho a tocar sus cosas? ¿A reemplazarla?

—Mamá, por favor, solo estoy planchando—su voz tembló, y ese temblor me enfureció más. Era una actuación, siempre actuando.

Vi cómo su cuerpo se tensaba, listo para huir. Pero estaba atrapada entre la tabla de planchar y yo. El miedo en sus ojos era un espejo del mío propio, pero en ese momento solo podía ver el desafío de la otra.

Un sonido gutural escapó de mi garganta. Mi mano, actuando por sí sola, se cerró alrededor del mango de la plancha, no era un pensamiento, era un impulso puro, una necesidad de marcar esa espalda que me recordaba a mi rival, de dejar una huella que dijera "Él fue mío primero".

—¡Él era mío!—grité, y con un movimiento rápido y brutal, presioné la base metálica y humeante de la plancha contra su espalda, justo en el hombro izquierdo.

Elisa.

El mundo se redujo a una explosión de blanco. Un dolor tan agudo, tan visceral, que por un segundo no pude ni gritar. Solo un jadeo seco, atrapado en la garganta, mientras un olor nauseabundo a tela quemada y carne cocida llenaba mis fosas nasales. Fue como si un hierro al rojo vivo me hubiera atravesado, sellando piel, músculo y recuerdo en una sola herida.

El miedo no fue lo primero. Primero fue el shock, la incredulidad absoluta de que la mujer frente a mí, la que me había mecido en sus brazos, fuera capaz de esto. Luego, el miedo llegó, no un miedo a gritos, sino uno silencioso y paralizante. Un terror antiguo, de criatura acorralada, que heló la sangre en mis venas y convirtió mis piernas en plomo.

Vi su rostro, no había rabia, no había odio. Solo un vacío aterrador, una ausencia total de la madre que alguna vez conocí. Sus ojos eran pozos oscuros donde mi reflejo se desvanecía, en ese instante, supe con una certeza absoluta que no me veía a mí. Veía un fantasma, un demonio de su pasado, y yo era solo el cuerpo que lo habitaba temporalmente.




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