Cartas de otoño

Capítulo 30: La sombra que susurra.

🎧La de la mala suerte - Jesse & Joy

Elisa.

Cada paso por los pasillos de la Preparatoria Aurora era como caminar sobre cristales rotos. Llevaba tres días de regreso, y la novedad de mi reaparición se había desvanecido, dejando a su paso un rastro de miradas furtivas y susurros que se apagaban a mi llegada. Era la chica del padre que se suicidó, la que había desaparecido, la que ahora llevaba mangas largas en primavera y una sombra perpetua bajo los ojos, una atracción mórbida en un zoológico de adolescentes.

Ese día, la primera clase era Literatura. El "Gramático" me había recibido con una inclinación de cabeza, una mirada comprensiva que agradecí en silencio. Pero al entrar al aula, el silencio se hizo tan pesado que casi podía tocarse, todas las cabezas se volvieron hacia mí, sentí un calor repentino en el rostro y la cicatriz de mi hombro izquierdo pareció arder, como si la memoria de la plancha reaccionara al recuerdo colectivo de mi desgracia.

Caminé hacia mi asiento, cerca de la ventana, sintiendo el peso de cada par de ojos, Claris, sentada a mi lado, me apretó la mano bajo la mesa. Un ancla en medio del maremoto, y entonces, mi vista se topó con él, Arek, dos filas más adelante, ladeado en su silla, observándome con una intensidad que me heló la sangre, no era la curiosidad mórbida de los demás, era un escrutinio frío, calculador, como si estuviera evaluando los daños en un objeto roto, sus labios esbozaron una mueca que no llegaba a ser una sonrisa, un gesto de desprecio tan sutil que solo yo pude captar, desvié la mirada rápidamente, clavándola en mi cuaderno, sintiendo su desdén como una aguja clavándose en mi nuca durante toda la hora.

El alivio llegó con el timbre, me levanté tan rápido que casi tiro la silla, ansiosa por escapar de esa atmósfera opresiva.

—¿Estás bien? —preguntó Claris, su voz cargada de preocupación.

—Solo necesito aire —mentí, esbozando una sonrisa tensa.

Al llegar a mi locker, el alivio se convirtió en un nudo de hielo en el estómago. Pegada con cinta adhesiva a la puerta metálica, estaba la fotografía, dra yo, en el parque infantil la noche de Año Nuevo, encogida bajo los columpios, con el rostro descompuesto por el llanto y la desesperación absoluta, la imagen era de una claridad brutal, captando cada temblor, cada rastro de dolor, no había mensaje, solo la evidencia impresa de mi momento más vulnerable.

El mundo se detuvo, el ruido del pasillo se apagó, reemplazado por un zumbido agudo en mis oídos. Mis dedos temblorosos se cerraron alrededor de la foto, arrancándola del metal con un gesto brusco. La arrugué, sintiendo el papel como si fuera mi propio corazón. ¿Quién? ¿Quién había estado allí, observándome, fotografiando mi dolor para usarlo como arma? La respuesta, obvia y venenosa, resonó en mi mente: Arek, solo él era capaz de una crueldad tan refinada.

—¿Elisa? —la voz de Rael me sacó de mi trance. Estaba a mi lado, su mirada pasó de mi rostro pálido a la bola de papel en mi mano.

—Nada —dije demasiado rápido, escondiendo la foto en el bolsillo de mi jeans—. Solo una broma de mal gusto.

Él no lo creyó. Sus ojos, llenos de una preocupación que ya empezaba a sentirse cansada, me estudiaron. —¿Estás segura?

—Sí. Vete o llegarás tarde a Física.

No pude concentrarme en ninguna clase. La imagen de mi yo roto se repetía una y otra vez en mi mente, intercalada con la mirada despectiva de Arek. Era un recordatorio de que, aunque hubiera dado el paso de volver, el mundo seguía siendo un campo de minas.

Después de clases, Rael, Valeria y Rowena prácticamente me arrastraron al garaje de Valeria. —Solo a escuchar —había dicho Rael, con esa paciencia de santo que empezaba a generarme un sentimiento de culpa.

El garaje estaba igual que meses atrás, pero cubierto por una capa intangible de nostalgia y pérdida. Las guitarras en sus soportes, la batería de Valeria, los amplificadores apagados. Todo era un eco de una vida que ya no me pertenecía.

—No voy a cantar —dije, cruzando los brazos, protegiéndome instintivamente.

—Nadie te lo está pidiendo, Eli —respondió Valeria, dándome una palmada suave en la espalda—. Solo… respira el aire de aquí. A ver si te acuerdas de cómo sabe.

Rael tomó su guitarra acústica. Sus dedos recorrieron las cuerdas, buscando un acorde. Luego, comenzó a tocar. No era una canción nuestra, ni siquiera una de las que solíamos coverear. Era "La de la mala suerte” de Jesse & Joy. La melodía, me marcaba inevitablemente, a las personas que me habían dejado atrás sin remordimientos, opacando cada vez mi luz y dejándome sola en una infinita noche solitaria.

Me senté en un cajón de madera, abrazándome las rodillas. Cerré los ojos, dejando que la música me envolviera. Era un dolor diferente al que estaba acostumbrada; no era paralizante, era… catártico. Sentí un nudo en la garganta, una presión que subía desde el estómago, mis labios se separaron, casi sin que yo lo notara, y un sonido escapó. No fue una palabra, ni una melodía clara, fue un susurro ronco, un quejido sordo que se mezcló con el acorde de Rael, una sola nota, plana y quebrada, pero mi nota.

La música se detuvo, abrí los ojos, los tres me miraban. Valeria tenía los ojos como platos, rowena sonreía con lágrimas en los ojos y Rael… Rael me miraba como si acabara de presenciar un milagro. Bajé la cabeza, las lágrimas cayendo libre y silenciosamente sobre mis rodillas, no eran lágrimas de la desesperanza de antes, sino de algo más complejo: un duelo que por fin empezaba a encontrar una salida.

—Eso es todo por hoy —dijo Rael suavemente, dejando la guitarra a un lado.

En el camino a casa, caminando junto a Rael, sentí su mano buscar la mía. —¿Puedo verlo? —preguntó, su voz era un susurro en el crepúsculo.

—¿El qué?

—El lugar donde te duele.

Me congelé, él sabía, por supuesto que sabía. Mis constantes gestos para proteger mi hombro izquierdo, la forma en que me vestía… no podían pasar desapercibidos para alguien que me observaba con tanta atención.




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