🎧Creo en Ti - Reik
Elisa.
El aire de la mañana en la Preparatoria Aurora olía a tierra mojada y a un nuevo comienzo que yo, Elisa, no estaba segura de merecer. Cada paso que daba por esos pasillos, ahora que había regresado después de la tragedia que envolvió mi vida, era como caminar sobre un campo minado de miradas furtivas y susurros que se apagaban a mi llegada, era la chica del padre que se suicidó, la que había desaparecido, la que llevaba mangas largas en primavera y una sombra perpetua bajo los ojos, una atracción mórbida en el zoológico de adolescentes.
Mis amigas, Claris, Valeria, Rowena y Dayna, formaban un escudo humano a mi alrededor, su presencia era una barrera contra la curiosidad ajena. Rael caminaba a mi lado, su hombro rozando el mío en un contacto silencioso que prometía "estoy aquí", pero ni siquiera su proximidad podía disipar completamente el frío que se había instalado en mis huesos, un frío que provenía de saber que alguien, en la sombra, disfrutaba de mi dolor.
La primera clase era Literatura, el "Gramático" me recibió con una inclinación de cabeza comprensiva que agradecí en silencio pero al entrar al aula, el silencio se hizo tan pesado que casi podía tocarse, todas las cabezas se volvieron hacia mí, sentí un calor repentino en el rostro, y la cicatriz en mi hombro izquierdo, esa marca grotesca dejada por la plancha de mi madre, pareció arder bajo la tela, como si la memoria del dolor reaccionara al recuerdo colectivo de mi desgracia.
Caminé hacia mi asiento, cerca de la ventana, sintiendo el peso de cada par de ojos. Claris, sentada a mi lado, me apretó la mano bajo la mesa, un ancla en medio del maremoto. Y entonces, mi vista se topó con él, Arek dos filas más adelante, ladeado en su silla, observándome con una intensidad que me heló la sangre, no era la curiosidad mórbida de los demás; era un escrutinio frío, calculador, como si estuviera evaluando los daños en un objeto roto. Sus labios esbozaron una mueca que no llegaba a ser una sonrisa, un gesto de desprecio tan sutil que solo yo pude captar. Desvié la mirada rápidamente, clavándola en mi cuaderno, sintiendo su desdén como una aguja clavándose en mi nuca durante toda la hora.
El alivio llegó con el timbre, me levanté tan rápido que casi tiré la silla, ansiosa por escapar de esa atmósfera opresiva.
—¿Estás bien? —preguntó Claris, su voz cargada de preocupación.
—Solo necesito aire —mentí, esbozando una sonrisa tensa.
Decidí dirigirme al patio, un lugar abierto donde quizás pudiera respirar sin sentirme observada. Pero al salir al corredor que llevaba a los jardines, una figura alta y familiar se separó de la pared, bloqueándome el paso sutilmente.
Era Dante, no llevaba su uniforme de policía, sino unos jeans y una chaqueta de cuero gastada, intentando parecer menos intimidante. Pero su postura, esa aura de autoridad serena, era inconfundible.
—Elisa —dijo, su voz era grave, pero carecía de la dureza que usaba con los delincuentes, sonaba... cansada.
Me detuve en seco, mis defensas elevándose como un muro. —¿Otra vez? ¿No tiene nada mejor que hacer que vigilar a una estudiante?
Él no se inmutó. —Sé que no quieres hablar conmigo. Y lo entiendo. Solo... déjame asegurarme de que estás bien. Lo de tu madre, lo de la trabajadora social... —hizo una pausa, sus ojos, del mismo color que los míos, estudiaron mi rostro con una perspicacia que me resultaba insoportable.
—Estoy bien —corté, evasiva, cruzando los brazos sobre el pecho. —No necesita vigilar usted no es mi padre.
Vi cómo la frase lo hería, cómo su mandíbula se tensó ligeramente. Sabía que recordaba su propia carta, su papel en desenterrar la verdad que había destrozado a mi familia.
—No —admitió con calma, sacando una tarjeta simple de su bolsillo. —No lo soy y tal vez nunca podré compensar el daño que mi... interferencia... causó. Pero esto —extendió la tarjeta— no es para emergencias policiales. Es mi número personal, para si... alguna vez necesitas a alguien que te recuerde que no estás sola en esto.
Miré la pequeña cartulina blanca como si fuera una serpiente venenosa. Tomarla significaba aceptar un hilo de conexión con él, con el hombre cuya existencia había sido el detonante final de la tragedia de mi padre, pero rechazarla... ¿no era condenarme a la misma soledad que me estaba consumiendo?
Con desconfianza, con la rabia aún ardiendo en mi pecho, estiré la mano y tomé la tarjeta. No la rompí, la guardé en el bolsillo de mis jeans, donde pesó como un secreto, como una losa de posibilidades que no estaba segura de querer explorar.
Dante asintió, una mezcla de derrota y tenue esperanza en sus ojos.
—Cuídate, Elisa —dijo antes de darse la vuelta y alejarse por el pasillo, dejándome con la confusión anidando en el pecho.
La noche en casa era un animal vivo que respiraba silenciosamente, cargado de los ecos de las peleas y el dolor. La trabajadora social había venido esa tarde, y aunque una vez más logré convencerla de que todo estaba "bajo control", la visita había dejado a mi madre en un estado de agitación extraña. El hecho de que una extraña preguntara por su bienestar, por el mío, parecía haber abierto una grieta en su frágil mundo.
La encontré en el salón, de pie frente a la repisa de la chimenea, donde una vez hubo una foto de Aiden y yo. Ahora solo quedaba el vacío y el polvo.
—Se llevaron todo —murmuró, su voz un hilo delgado en la penumbra. —Primero a él. Luego a él. Y ahora... las fotos. ¿Qué queda, Elisa? ¿Qué queda de nosotros?
—Yo estoy aquí, mamá —dije, manteniendo la distancia, mi cuerpo aún recordando el calor de la plancha en mi hombro.
Ella se dio la vuelta lentamente. Sus ojos, que a menudo estaban nublados o perdidos, esta noche brillaban con una lucidez aterradora, cargada de un dolor tan profundo que casi podía tocarse.
—¿Tú? —preguntó, y su tono no era de consuelo, sino de amargura. —Tú eres el recordatorio. Caminas, respiras, y en cada latido de tu corazón, yo escucho el silencio del suyo. —Señaló con la barbilla hacia el espacio vacío donde debería estar la foto de Aiden.
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Editado: 11.01.2026