🎧Someone Like You - Adele
Elisa.
La primera luz del amanecer se filtró entre las persianas de mi habitación, iluminando el polvo que flotaba en el aire como si fuera nieve sucia. Me desperté con esa sensación ya familiar: un vacío en el pecho que parecía expandirse con cada nuevo día. Los moretones en mis brazos habían adquirido ese tono amarillo-verdoso que indica que están sanando, pero yo sabía que algunas heridas nunca cicatrizan del todo.
Bajé a la cocina con movimientos automáticos, mi madre estaba sentada a la mesa, jugando con las migas de pan tostado como si fueran arena en una playa imaginaria.
—Los pájaros hoy cantan en clave de sol—murmuró sin mirarme—. Deberías aprender su lenguaje antes de que se vayan para siempre.
No respondí, en lugar de eso, abrí la alacena y conté mentalmente lo que quedaba: dos latas de atún, medio paquete de arroz, tres sobres de sopa instantánea. Las facturas apiladas en el counter de la cocina parecían multiplicarse cada vez que las miraba: luz, agua, gas, la hipoteca que mi padre había dejado como su herencia más pesada.
—Mamá —dije, intentando que mi voz sonara normal—, voy a buscar trabajo.
Ella levantó la vista, sus ojos nublados por un momento se aclararon con algo que parecía preocupación genuina.
—El trabajo mancha las manos —susurró—. Tus manos... todavía deberían estar escribiendo cartas bonitas.
El comentario me tomó por sorpresa. Era uno de esos destellos de lucidez que aparecían entre la niebla de su locura, tan breves que a veces dudaba si los había imaginado.
—Las cartas no pagan las cuentas—respondí suavemente.
Salí de casa con esa determinación nueva y frágil. En el camino a la escuela, pasé frente al “Cafe Pascual” y vi el letrero de "Se busca ayudante de mesera" pegado en la ventana.
Me detuve un momento, observando a través del cristal a una chica de mi edad llevando bandejas con una sonrisa cansada. ¿Podría yo hacer eso? ¿Sonreír mientras por dentro me desmoronaba?
Mi teléfono vibró en el bolsillo, un escalofrío me recorrió la espalda antes incluso de mirarlo, ya conocía esa sensación, esa mezcla de terror y anticipación.
Mensaje de número desconocido: "¿Alguna vez has pensado en cuánto dolería un corte limpio en esos brazos llenos de moretones?"
Apreté el teléfono hasta que los nudillos se me pusieron blancos. El mensaje era diferente esta vez, más personal, más... íntimo en su crueldad, no se burlaba de mí, no me llamaba princesa, hablaba directamente al dolor que llevaba grabado en la piel, como si pudiera ver a través de la tela de mi suéter.
El fin de semana fue lento, y mi esperanza se desvanecía como el otoño pasado.
En la escuela, Rael me esperaba en nuestro lugar habitual, junto a los lockers. Llevaba esa sonrisa que antes me hacía sentir segura, pero que ahora solo me recordaba todo lo que estaba perdiendo.
—Hola —dijo, acercándose para besarme.
Instintivamente, di un paso atrás. Su sonrisa se desvaneció.
—¿Elisa? ¿Estás bien?
—Sí, solo... tengo prisa —mentí, evitando su mirada—. Tengo que hablar con la consejera vocacional.
—¿La consejera? ¿Por qué?
—Estoy pensando en buscar trabajo —dije, abriendo mi locker para tener una excusa para no mirarlo.
—¿Trabajo? —su voz sonó desconcertada—. Pero... ¿y la banda? ¿Y tus estudios?
—La vida no es solo música y estudios, Rael—respondí, con más aspereza de la que pretendía—. Algunos tenemos responsabilidades reales.
Vi cómo mis palabras lo golpeaban, pero no pude detenerme. Era como si algo dentro de mí estuviera saboteando deliberadamente todo lo bueno que tenía.
—¿Responsabilidades reales? —repitió, herido—. ¿Y qué es lo nuestro? ¿Un juego?
—Quizás sí —susurré, cerrando el locker con más fuerza de la necesaria—. Quizás todos estamos solo jugando a ser felices.
Me alejé sin mirar atrás, sintiendo su mirada en mi espalda como un peso físico. Cada paso me costaba un esfuerzo sobrehumano, como si estuviera caminando contra una corriente invisible que me arrastraba de vuelta hacia él.
¿Porque lo alejaba? Soy una mierda de persona. Lo amo, pero y si no es así.
Mi camino al aula fue perturbador, ya no sabía que quería ser, perdí el rumbo de mi vida en cuestión de meses. En el aula, Valeria me recibió con su sonrisa habitual.
—¡Eli! ¿Vienes al ensayo hoy? Conseguí unas buenas cuerdas para el bajo de Liam y...
—No puedo —la interrumpí—. Tengo cosas que hacer.
—¿Otra vez? —su sonrisa se desvaneció—. Es la tercera vez esta semana que faltas.
—Tal vez deberían buscar otra vocalista—dije, mirando por la ventana—. Alguien que... que todavía crea o tenga fe en la banda y sus canciones.
Valeria se quedó en silencio por un momento. Cuando habló, su voz era tan suave que casi no la escuché.
—¿Qué te está pasando, Elisa? Siento que te estamos perdiendo.
No respondí. ¿Cómo explicar que me estaba perdiendo a mí misma primero?
Las chicas siguieron intentando hablar conmigo, pero yo solo las alejé, no las quería en mi propia oscuridad.
La clase transcurrió en un borrón. Las palabras del profesor entraban por un oído y salían por el otro, reemplazadas por el eco de ese mensaje perturbador. "¿Alguna vez has pensado en cuánto dolería un corte limpio...?" La pregunta se repetía en mi mente, no como una amenaza, sino como una curiosidad macabra. ¿Y si lo intentaba? ¿Y si el dolor físico podía ahogar el dolor emocional, aunque fuera por un momento?
En el recreo, me dirigí a la oficina de la consejera vocacional. La señora Ramos me recibió con una sonrisa profesional.
—Elisa, qué sorpresa. ¿En qué puedo ayudarte?
—Estoy buscando trabajo —dije, sintiendo cómo las palabras sonaban extrañas en mi boca—. Algo de medio tiempo.
—¿Trabajar? —frunció el ceño—. Con tu promedio, deberías estar concentrada en obtener una beca universitaria, debes mejorar tus calificaciones y la carta de conductas, lo sabes ¿no?
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Editado: 11.01.2026