🎧Hurt - Christina Aguilera
Semana 1:
La primera semana llegó con una humedad que se pegaba a la piel como una segunda capa de miseria. El reloj marcaba las 5:30 AM cuando me desperté, una hora antes de lo habitual. Mi cuerpo pesaba como si llevara cemento en las venas.
Bajé a la cocina y encontré a mi madre sentada frente a la ventana, hablando en susurros con su reflejo.
—Y entonces los pájaros me dijeron que tú no eres real—murmuraba—. Que eres solo un recuerdo que se niega a marcharse.
—Buenos días, mamá—dije, encendiendo la estufa para calentar agua.
Ella giró lentamente la cabeza, sus ojos vidriosos fijándose en mí.
—¿Eres tú o soy yo?
—Soy Elisa, tu hija.
—¿La que sobrevivió o la que murió?
Ambas, pensé, pero guardé silencio. Serví el café y conté las galletas que quedaban. Eran cuatro. Dos para cada una. La alacena estaba tan vacía como yo por dentro.
Esa tarde tuve mi primera entrevista en una tienda de ropa. La gerente, una mujer con sonrisa de plástico, me miró de arriba abajo.
—¿Experiencia en ventas?
—Ninguna, pero aprendo rápido.
—¿Disponibilidad?
—Completa.
Sus ojos se posaron en mis manos, que no dejaban de temblar.
—Lo siento, buscamos a alguien con más... estabilidad.
Sabia que no era fácil pero valía la pena intentar cada posibilidad.
La segunda entrevista fue en una librería. El dueño, un hombre mayor con lentes gruesos, parecía más comprensivo.
—Veo que te gustan los libros—dijo, señalando mi mochila abultada no solo por libros escolares, también por algunas novelas que siempre llevaba conmigo para mejorar mis momentos mas amargos.
—Sí, mucho—conteste sonrojada.
—¿Por qué quieres trabajar aquí?—pregunto aquel amable hombre.
Porque necesito dinero—respondí, demasiado honesta—. Mi madre está enferma.
Su sonrisa se desvaneció.
—Este es un lugar para soñadores, no para quienes cargan con problemas, lo siento
La tercera entrevista fue en una cadena de comida rápida. El gerente ni siquiera me miró a los ojos mientras revisaba mi solicitud.
—Demasiado joven e inmadura, no puedo tener a alguien así aqui, vete.
Sus palabras no eran del todo mentira, mi sola presencia era una molestia para todos.
Pero la cuarta, en el Café Pascual, fue diferente. El señor Pascual no preguntó por mis sueños ni por mi estabilidad emocional.
—Puedo pagarte cuarenta pesos la hora—dijo—. Turnos de cuatro a nueve, de lunes a domingo. ¿Aceptas?
—Acepto—dije, manteniendo mi objetivo en vista.
Esa noche, en mi habitación, el estrés de las entrevistas fallidas y el miedo a no ser suficiente se convirtieron en una presión insoportable en mi pecho. Mis muslos picaban bajo los jeans, una comezón fantasma que solo conocía yo.
Con manos que apenas reconocía como propias, saqué la hoja de afeitar escondida entre las páginas de un libro viejo. El primer corte fue un susurro, el segundo un grito silencioso. Cuando la sangre brotó, por primera vez en semanas sentí que podía respirar.
Semana 2:
Rael comenzó a aparecer en el café todas las tardes. Siempre se sentaba en la misma mesa, siempre pedía el mismo café, y siempre me miraba con esos ojos que todavía creían que podía salvarme.
—Elisa—dijo un jueves, tomándome la mano cuando pasaba con una bandeja—. Por favor.
—Estoy trabajando, Rael.
—Sé que estás sufriendo, déjame ayudarte.
—¿Cómo?—reí, un sonido amargo que ni siquiera yo reconocí. ¿Con más canciones? ¿Con más poemas? Eso no paga el tratamiento que mi madre necesita.
Su rostro se contrajo como si lo hubiera golpeado.
—¿Tratamiento?
—Olvídalo.
Intenté alejarme, pero él me siguió hasta la cocina.
—¿Qué tratamiento? ¿Qué le pasa a tu madre?
—¡Está loca!—grité, y todo el café se quedó en silencio. ¿Contento? Mi madre está perdiendo la cabeza y yo estoy perdiendo la mía tratando de impedirlo.
El señor Pascual asomó la cabeza por la puerta de la cocina.
—Elisa, si tienes problemas personales, resuélvelos en otro lado.
La mirada de Rael solo podia mostrar una decepción aguda, y yo simplemente di media vuelta y seguí trabajando, pero la culpa me carcome.
Esa noche, Rael me esperó fuera del café. La luna llena nos bañaba en una luz plateada que hacía que todo pareciera un sueño, o más bien, una pesadilla.
—Lo siento—dijo—. No debería haber... no sabía.
—Y nunca lo sabrás—respondí—, porque esto se acabó.
—¿El café o nosotros?
—Ambos—conteste fríamente.
Caminó hacia mí, y por un momento pensé que me abrazaría. En lugar de eso, se limitó a mirarme, sus ojos recorriendo cada centímetro de mi rostro como si intentara memorizarme.
—Te amo—susurró—. Eso no va a cambiar.
—Tiene que cambiar—dije, y cada palabra me cortaba la garganta como vidrios rotos—. Porque yo ya no te amo.
Mentira, mentira, mentira. El amor era lo único que todavía sentía con claridad, un dolor agudo y constante que me recordaba todo lo que estaba sacrificando.
Cuando el se fue, me deslicé contra la pared del café y dejé que las lágrimas finalmente cayeran. No por él, no por mí, sino por nosotros. Por lo que fuimos y lo que nunca seríamos.
Semana 3:
El lunes siguiente, me enfrenté a las cuatro en el pasillo de la escuela. Parecían un jurado listo para condenarme.
—¿En serio vas a dejar la banda?—gruño Valeria mientras tenía los puños apretados, como si luchar contra mí fuera un ejercicio físico.
—No la estoy dejando—dije—. La estoy enterrando.
Claris se interpuso entre nosotras.
—Eli, por favor hablemos de esto.
—¿De qué? ¿De cómo mi vida se está desmoronando? ¿De cómo cada día es una batalla para no rendirme? ¿Eso quieres hablar?
—¡Sí!—gritó Dayna, inusualmente vehemente.
—¡De eso queremos hablar! ¡De tu vida! ¡De tus batallas! ¡Eso es lo que hacen las amigas!
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Editado: 11.01.2026