🎧What Was I Made For? - Billie Eilish
Elisa.
Abril había llegado con una luz pálida que se filtraba por mi ventana, iluminando el polvo que flotaba en el aire como las partículas de mi esperanza desintegrada. Sobre mi escritorio, la hoja de papel parecía pesar más que todo lo que había cargado en mi vida. La lista completa de costos del tratamiento para mi madre, una letra fría y clínica que detallaba el precio de la cordura.
Mis dedos temblorosos recorrieron las cifras una y otra vez, como si al repetirlas pudieran cambiar, magullándome los ojos con su realidad inmutable.
● $800 por sesión de terapia. Tres veces por semana.
● $3,500 mensuales en medicamentos.
● $15,000 por una posible hospitalización de tres días.
Un sollozo seco se atoró en mi garganta. Saqué la calculadora de mi teléfono, mis dedos torpes chocando contra la pantalla. Mi salario en el Café Pascual, después de interminables turnos dobles que rogaba que me dieran, era de $6,000 mensuales. Ingresé los números, una y otra vez, como una condenada buscando un error en su sentencia.
● $6,000 - $3,500 (medicamentos) = $2,500.
● $2,500- $9,600 (terapia, tres veces por semana) = –$7,100.
Un rojo sangrante, un déficit imposible, ni siquiera cubría los medicamentos. La hospitalización era una pesadilla lejana, un lujo de ricos.
El pánico, frío y afilado, me cerró las entrañas. ¿Cómo? ¿Cómo podía hacerlo? Mi respiración se volvió un jadeo superficial, el cuarto se cerró a mi alrededor. Las paredes gritaban los números, el techo me escupía las facturas. $7,100. $15,000. $800.
Necesitaba una salida, cualquier salida.
Con la desesperación clavándome como un cuchillo, abrí mi laptop y comencé a buscar frenéticamente opciones en el sector público. Hospitales del gobierno, programas de apoyo. Encontré uno, un rayo de luz en la oscuridad pero la luz se apagó tan rápido como llegó. Las listas de espera eran de seis meses a un año. Un año, mi madre no tenía un año, yo no tenía un año.
Encontré otro programa, uno que parecía hecho a la medida. Pero necesitaba documentos, papeles que se habían perdido en el naufragio de mi familia, certificados que mi padre había guardado quién sabe dónde y que ahora eran cenizas junto con todo lo demás. El conflicto me atravesó como una lanza: ¿esperar, viendo cómo mi madre se perdía irremediablemente, o endeudarme de una manera de la que jamás podría recuperarme?
Al día siguiente, en el Café Pascual, apreté el delantal entre mis manos hasta que los nudillos quedaron blancos.
—Señor Pascual —dije, mi voz un hilo débil—. Necesito… más horas. Por favor. Turnos dobles, los que sean.
Me miró con sus ojos cansados, evaluando mi palidez, el temblor que no podía controlar.
—Estás cometiendo errores, Elisa —dijo, su voz no era cruel, era un hecho. —Ayer confundiste dos pedidos importantes. No puedo darte más responsabilidad si no puedes con la que tienes.
—¡Lo necesito! —la súplica me salió como un grito, desgarrado—. Por favor. Es por mi madre.
Suspiró, frotándose el puente de la nariz. —Está bien. Pero el próximo error, y te vas. ¿Entendido?
Asentí, sintiendo cómo el alivio y el terror se enredaban en mi estómago. Los turnos dobles fueron una condena. Llegaba a casa pasada la medianoche, con las piernas convertidas en plomo y la mente en un borrón. Las clases se volvieron un murmullo lejano, un ruido de fondo contra el zumbido constante del agotamiento. Mis notas, antes mi orgullo, mi ticket de escape, comenzaron a caer en picada, sabia que no era la mejor estudiante pero me esforzaba por mantener las notas en pie.
El señor Pascual no tardó en cumplir su amenaza. Un martes por la mañana, después de que se me cayeran tres vasos en una hora porque mis manos se negaban a obedecer, se plantó frente a mí.
—Sevilla, es suficiente —dijo, su voz cortante como el hielo—. Recoje tus cosas y vete. No puedes estar aquí.
El mundo se desvaneció. Las palabras “despedida” y “tratamiento” chocaron en mi cabeza como dos planetas en colisión. Abrí la boca para suplicar, pero solo salió un sonido ronco. Sentí cómo el suelo se movía bajo mis pies, cómo las luces fluorescentes del café se alargaban y deformaban. Una punzada de dolor me estalló en las sienes y luego… nada.
La luz me dio en la cara. Fría, blanca. Estaba tendida en el suelo del café, el señor Pascual y Sandra me miraban con una mezcla de preocupación y fastidio.
—Se desmayó —escuché que decía Sandra, como desde muy lejos.
La vergüenza me quemó más que cualquier fiebre. Me ayudaron a levantarme, me dieron un vaso de agua. El señor Pascual no dijo nada sobre el despido, pero su silencio era más elocuente que cualquier palabra. Sabía que era sólo un respiro, una misericordia momentánea.
Esa misma tarde, en un turno de la tarde que milagrosamente aún conservaba, los vi.
Rael, en una mesa del rincón y junto con él, una chica, no la reconocía, era bonita, y se reía de algo que él decía. Una punzada de celos, irracional y aguda, me atravesó el pecho. Era un dolor estúpido, yo había sido quien lo alejé, quien lo había destruido, pero verlo allí, con alguien que podía sonreírle sin llevar mi carga de culpa y locura, me hizo pedazos por dentro.
Minutos después, como si mi día no pudiera empeorar, Dante apareció en la puerta del café. Su presencia era como un puñetazo en el estómago, se acercó a la barra, su mirada seria.
—Elisa —dijo, bajando la voz—. Supe del tratamiento, el doctor González es un buen amigo y me comentó. Por favor dejame ayudarte.
—No —respondí, limpiando el mismo vaso una y otra vez, evitando su mirada—. No quiero tu dinero.
—No es caridad. Es… responsabilidad.
Una risa amarga se escapó de mis labios. —¿Responsabilidad? ¿La misma que te impulsó a escribir esa carta? ¿La que destrozó todo? No. No quiero tu dinero manchado de culpa, Dante. Lárgate.
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Editado: 11.01.2026