Cartas de otoño

Capítulo 35: Ultimo rayo de luz.

🎧Bags - Clairo

El sonido era lo único que existía, un latido artificial, monótono, frío, que se colaba en mis oídos y se expandía hasta llenar cada rincón de mi conciencia, ahogando el débil susurro de mi propia respiración. La luz blanca y cruel de la sala de emergencias caía sobre la figura pálida de mi madre, conectada a un respirador que le insuflaba una vida que ella ya no quería. Un tubo le atravesaba la boca, obsceno, y sus párpados cerrados parecían de porcelana. La había encontrado, el taxi había llegado justo a tiempo, el conductor asustado ante mis gritos descompuestos. "Por muy poco", había dicho el médico con rostro grave, sus palabras tenían un eco lejano. "Sin el tratamiento y la medicación, esto volverá a pasar... y quizás no tengamos la misma suerte."

Sus palabras no eran una advertencia, eran una sentencia. Y la sentencia llegó, materializada en una hoja de papel que una enfermera me deslizó con una mirada de lástima. La "Factura Fantasma". Aunque la ambulancia no había venido por mí, la atención de emergencia, el lavado gástrico, la observación... todo sumaba una cifra que me hizo tambalear: $8,500 pesos. Los números bailaban, se burlaban de mí. Ocho mil quinientos. Más de lo que ganaba en un mes. La gota que colmaba un vaso que ya hacía tiempo se había desbordado.

Salimos del hospital. Mi madre, débil y confusa, se aferraba a mi brazo, murmurando sobre pájaros que se ahogaban. La llevé a casa, la acosté, y me quedé mirándola, sintiendo el peso de la deuda y la desesperación aplastándome el pecho. No había opción, no había salida. Con manos que no dejaban de temblar, tomé el teléfono. La llamada sonó interminable.

—Doctor Mendoza —dije, y mi voz sonó a kilómetros de distancia—. Acepto su oferta.

—Elisa —respondió él, con una calma que me resultó obscena—. Es una decisión muy sensata. Pase mañana a las cuatro y traiga los documentos que le mencioné.

Al colgar, supe que no había tomado una decisión. Me había rendido.

La primera "sesión" fue todo lo que temía y más. La oficina del Dr. Mendoza era impersonal, con muebles de diseño frío y luces neutras. Yo me hundí en un sillón de cuero que parecía querer tragarme, mientras él se sentaba frente a mí, un cuaderno de notas en sus manos.

—Hoy solo haremos una evaluación inicial, Elisa —comenzó, su voz un instrumento preciso—. Hablemos de los límites. De la inestabilidad afectiva. De la impulsividad.

Yo solo asentía, mis respuestas estaban reducidas a monosílabos. "Sí", "No", "A veces". Cada pregunta era un cuchillo que abría una herida vieja.

—¿Recuerda el momento en que supo de la existencia de Aiden? —preguntó, sus ojos escudriñándome sin piedad.

—Sí.

—Descríbame ese sentimiento.

—Vacío —susurré, sintiéndome como un insecto disecado bajo un microscopio.

Él anotó algo, y vi cómo sus ojos brillaban con un interés clínico, voraz. No le importaba mi dolor; le importaba el dato, el síntoma, la pieza del rompecabezas que era su tesis. Al final, me deslizó una hoja. "Consentimiento informado para estudio de caso". Firmé mi nombre al pie, y la pluma pesó como un hierro al rojo vivo. Estaba vendiendo los pedazos más rotos de mi alma a un coleccionista.

Al salir de la clínica, con el alma aún más hecha jirones, mi teléfono vibró. Era un mensaje de un número desconocido. Un enlace. Con un presentimiento helándome la sangre, lo abrí. Era un video filmado con un teléfono desde lejos. Yo, en la tienda de abarrotes, barriendo el estante con un grito desgarrado. Mi rostro, una máscara de terror y rabia. La leyenda, en un grupo escolar anónimo que no pude identificar, decía: "La loca del pan en su mejor momento. ¿Quién le da like?"

El mundo se me vino encima. Los comentarios burlones llovían. Risas y emojis que se reían.

■"Está poseída"
■"Se le zafó un tornillo"
■"Alguien debería encerrarla"

La etiqueta me quemaba la piel a través de la pantalla: La loca del pan. Había cruzado un umbral; ya no era solo la chica del padre suicida, era un espectáculo público, un meme de la desgracia.

Al día siguiente, en la escuela, el murmullo era un zumbido constante a mi alrededor. Caminaba con la cabeza gacha, sintiendo cada mirada como un alfilerazo. Fue entonces cuando Selene se materializó a mi lado, con una sonrisa de una dulzura que me conmovió, su sonrisa no demostraba nada más que inocencia y felicidad.

—Elisa —dijo, su voz un hilo de miel—. Oí lo de tu mamá. Es tan triste... Todo el mundo está muy preocupado por ustedes.

Su mirada era demasiado intensa, demasiado…¿preocupada?

—Arek sobre todo —añadió, bajando la voz como si compartiera un secreto—. Está destrozado, aunque no lo demuestre. Es tan difícil para él mostrar lo que siente, ¿sabes?

Sus palabras eran un veneno elegante, diseñado para confundir y sembrar dudas. ¿Por qué me decía eso? ¿Era ella? La posibilidad se clavó en mi mente como una espina.

—No necesito tu preocupación —logré decir, con una voz que deseaba fuera más firme.

—Claro que no —respondió ella, su sonrisa intacta—. Eres muy fuerte, pero recuerda, si necesitas algo... aquí estoy.

Se alejó, y su perfume quedó flotando en el aire, un aroma dulce y tentador.

No podía seguir así, no podía soportar las miradas, los susurros, la burla colectiva. Con una determinación fría y desesperada, fui a la oficina del subdirector y solicité el cambio a la modalidad virtual por el resto del semestre y la mitad del siguiente.

—Son circunstancias extremas, señor —dije, evitando su mirada—. Necesito trabajar. Mi madre... ya lo sabe.

Él asintió con pesar.

—Es una lástima, Sevilla. Tienes potencial en varios campos, tal vez te atrases pero entiendo. Llena estos formularios.

Mientras llenaba los papeles, sintiendo la tinta como otro contrato de esclavitud, mis amigas aparecieron en la puerta. Claris, Valeria, Rowena, Dayna. Sus rostros estaban marcados por la preocupación y la confusión.




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