Cartas de otoño

Capítulo 37: La última semilla del otoño.

🎧The Night We Met - Lord Huron

Semana 1:

El sonido no era el de las máquinas, sino el de mi propia respiración. Un ritmo lento y artificial que se había convertido en la banda sonora de mi nuevo encierro. La blancura de la habitación del hospital ya no era estéril; era un lienzo en blanco donde se proyectaban todos mis fracasos. Habían pasado siete días desde que desperté aquí, desde que la realidad se redujo a este espacio de cuatro paredes y un dolor sordo que había aprendido a ignorar.

La primera visita fue la de Rael.

Lo supe incluso antes de que abriera la puerta. Sentí su presencia al otro lado, ese aura de calma que una vez fue mi refugio. Cuando entró, llevaba su guitarra a la espalda y una bolsa de mis galletas favoritas. Su sonrisa era un espectro de lo que solía ser, un intento torpe de atravesar la niebla que me rodeaba.

—Hola —dijo, su voz suave como un algodón que intenta limpiar una herida abierta.

No respondí, me limité a mirarlo, a observar cómo sus ojos buscaban los míos, cómo su sonrisa se desvanecía lentamente al no encontrar nada familiar en mi mirada.

—Te traje esto —continuó, dejando la bolsa en la mesa de noche—. Y pensé… quizás podríamos… no sé. ¿Escuchar algo de música?

Apreté los dientes hasta que me dolió la mandíbula. Cada nota de sus canciones sería un recordatorio de todo lo que había perdido, de la chica que solía cantar con él en un garaje lleno de sueños. Esa chica estaba muerta.

—No —dije.

La palabra salió plana, sin emoción, como una losa cayendo sobre un ataúd.

—Elisa, por favor, no tienes que pasar por esto sola.

—Pero lo estoy —respondí, volviendo la cabeza hacia la ventana—. Ese es el punto. Lo estoy pasando sola. Siempre lo he estado.

El silencio que siguió fue más elocuente que cualquier discurso. Podía sentir su dolor, su confusión, su impotencia. Era un peso más que añadir a los que ya cargaba. Después de lo que pareció una eternidad, escuché el crujido de la silla cuando se levantó.

—Vuelvo mañana —susurró.

—No lo hagas —dije al vacío que dejó atrás, pero la puerta ya se estaba cerrando.

Dante vino al día siguiente. Traía carpetas, documentos, un plan de vida perfectamente diagramado. Se sentó con la postura de un hombre acostumbrado a resolver problemas con chequeras.

—He hablado con la clínica —comenzó, desplegando unos folios sobre mis piernas—. Es un lugar excelente, Elisa. Tu madre tendría el mejor cuidado. Y tú… mi casa tiene una habitación con vista al jardín. Juliet está emocionada de conocerte mejor.

Lo miré, tratando de encontrar en sus ojos que compartía conmigo, algo más que un sentido de obligación, pero solo encontré determinación.

—Mi madre se pasó la vida en una mentira con mi padre —dije, sosteniendo su mirada—. Vivió creyendo en un amor que no era mas que pura fachada. No voy a meterla en otra mentira, en otra familia de mentira.

—Esto no es una mentira —replicó, y por primera vez escuché un tono de frustración en su voz—. Es una oportunidad, una segunda oportunidad para ambas.

—Usted no me debe ninguna oportunidad —dije, volviendo la cabeza—. Y yo no le debo nada a un hombre que usó una carta para destruir lo que quedaba de mi familia. Por favor, váyase.

No dijo nada más. Recogió sus papeles y se fue. La habitación pareció expandirse con su ausencia, haciéndose más grande, más vacía.

Semana 2:

Fue en la segunda semana cuando llegaron las chicas. Las cuatro, un frente unido de preocupación y buenas intenciones. Claris llevaba un diario nuevo, Rowena unos bocetos, Dayna comida, y Valeria… Valeria llevaba su rabia contenida como un escudo.

—Dios, Eli —susurró Claris, tomándome la mano—. Estás tan pálida.

—Te trajimos cosas —dijo Dayna, colocando la comida en la mesa—. Para que no tengas que comer esta… porquería de hospital.

Sonreí. Un gesto débil, forzado, que se sentía tan falso como era. Rowena me mostró un dibujo: éramos las cinco, pero yo estaba dibujada en tonos grises, desvaneciéndome en el fondo.

—Es para cuando vuelvas —dijo con una sonrisa tímida.

Fue Valeria quien no pudo soportarlo más. Después de diez minutos de conversación forzada sobre clases y profesores, estalló.

—¡Ya basta, Elisa! —golpeó el brazo de su silla con el puño—. ¡Deja de actuar como la víctima! ¡Estamos aquí! ¡Te estamos tendiendo la mano, por el amor de Dios! ¿Qué más quieres?

Algo dentro de mí se quebró. No fue un quiebre limpio, sino una fractura profunda y venenosa que liberó todo el dolor, la rabia y la frustración que había estado conteniendo durante semanas, durante meses, durante toda mi vida.

Me incorporé en la cama, ignorando el dolor agudo en mis costillas, y la miré con una intensidad que la hizo retroceder.

—¿Qué quiero? —dije, y mi voz ya no era plana, sino un hilacho áspero y cargado de odio—. ¡Quiero que me dejen en paz! ¿No lo ven? ¡Su amistad es un espejo! ¡Un maldito espejo que me muestra todo el tiempo lo que ya no soy, lo que ya no tengo, lo que he perdido!

—Eso no es verdad —intervino Claris, con lágrimas en los ojos—. Te queremos tal como eres.

—¡Pero yo no me quiero! —grité, y las lágrimas finalmente brotaron, calientes y abrasadoras—. ¡No soporto quién soy! ¡Y verlos a ustedes, con su fuerza, su unidad, su normalidad… me recuerda que yo soy esto! ¡Una cama de hospital, una factura impagable, una hija que no puede salvar a su madre! ¡Su compasión es otra deuda que no puedo pagar! ¡Otra carga que me ahoga!

El silencio fue absoluto. Podía ver el impacto de mis palabras en sus rostros, como cuchillos clavándose en carne viva. Valeria parecía haber sido golpeada. Rowena había bajado la mirada hacia su dibujo, avergonzada. Dayna me observaba con una tristeza infinita.

—Así que eso piensas de nosotras —dijo Claris, su voz no era más que un susurro quebrado—. Que somos una carga.




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