🎧Wicked Game - Chris Isaak
El sonido de la puerta del hospital cerrándose detrás de mí fue el golpe de martillo que selló mi retorno a la vida, ó más bien, a lo que quedaba de ella. No era un sonido de liberación, sino el de una celda que se intercambiaba por otra. Me quedé parada en la acera, tambaleándome levemente, el brazo en cabestrillo un peso muerto y grotesco. La luz del día, pálida y fría a pesar de ser mediodía, me golpeó con una crudeza que no recordaba. El mundo seguía girando, implacable: los coches pitaban, la gente caminaba con prisa hacia sus vidas importantes, y yo era un fantasma recién desenterrado, desorientado en un mundo de sólidos.
Un taxi amarillo se detuvo frente a mí, el conductor mirándome con una mezcla de impaciencia y lástima. Cada movimiento para subir al vehículo fue una agonía. Mis costillas protestaron con un dolor sordo y punzante, y el simple acto de abrocharme el cinturón de seguridad con una mano se convirtió en una tarea hercúlea. Di la dirección con una voz ronca, y nos pusimos en marcha.
A través de la ventana, la ciudad era una película muda. Veía a chicas de mi edad riendo, con sus mochilas llenas de libros y sus sueños intactos. Las veía y ya no sentía envidia, sino una distancia abismal, como si las observara desde otro planeta, uno gris y sin atmósfera. ¿Cómo podían ser tan livianas? ¿Cómo podían cargar solo con el peso de sus tareas y sus amores adolescentes, y no con el plomo fundido de las facturas, la locura y la culpa?
El taxi se detuvo frente a la casa. Era la misma de siempre, la misma pintura descascarada, el mismo jardín descuidado. Pero ahora parecía más pequeña, más encogida, como si también hubiera enfermado en mi ausencia. Pagué al conductor con los últimos billetes que me quedaban, un puñado de papeles arrugados que simbolizaban el fin de mis recursos.
La llave giró en la cerradura con un chirrido familiar. Empujé la puerta y el olor me golpeó de lleno: un cóctel rancio de polvo, comida pasada y una desesperanza tan densa que casi podía palparse. La casa no solo estaba vacía; estaba muerta.
-¿Tobias? -llamé, mi voz un eco débil en el silencio.
Un pequeño ladrido lastimero respondió desde la penumbra del pasillo. Apareció, más delgado de lo que recordaba, su pelaje sin brillo. Se me acerco, se me paro en dos patas, aquella pequeña accion me demostraba su inconmensurable confianza en mi. Me agaché, ignorando el dolor lancinante en el costado, y lo acaricié con mis dedos temblorosos. Él era lo único, lo único que quedaba.
Me arrastré hasta el sofá del salón y me dejé caer en él, levantando una nube de polvo. Mis ojos recorrieron la habitación. Ahí estaba el jarrón de porcelana barata que mi madre había destrozado durante su último episodio. Los fragmentes seguían esparcidos por el suelo, cerca de la pared, donde habían quedado después de que yo, en un estado de shock post-traumático, los apartara a un lado. Blancos y afilados, como los huesos de un animal pequeño. No tenía fuerzas ni siquiera para recogerlos.
Fue entonces cuando la realidad, en toda su crudeza, se abalanzó sobre mí sin la atenuante barrera de los analgésicos intravenosos. El silencio, no era un silencio pacífico, era un silencio que gritaba. Que me gritaba a mí todas mis fallas, todas mis deudas, todos mis "qué pasaría si".
¿Qué pasaría si hubiera sido más fuerte? ¿Qué pasaría si hubiera aceptado la ayuda de Dante? ¿Qué pasaría si no le hubiera gritado a Rael? ¿Qué pasaría si Aiden hubiera sobrevivido?
Las preguntas se enroscaban en mi mente como serpientes venenosas, y entonces, la voz de la trabajadora social, clara y fría como un cuchillo, cortó a través de todo: "La opción de una institución estatal para su madre podría ser la más viable."
Una institución estatal. Palabras bonitas para una pesadilla. Pasillos grises, camisas de fuerza químicas, miradas vacías perdidas para siempre. Mi madre, con su frágil lucidez intermitente, consumiéndose en un lugar así.
No, no, no...
Un temblor incontrolable se apoderó de mí. No era solo frío, era pánico puro, el animal acorralado que finalmente ve los barrotes de su jaula cerrarse para siempre. Me abracé a mí misma, el cabestrío rozando mi mejilla. No había salida. Había quemado todos los puentes, rechazado todas las manos tendidas. Me había quedado completamente sola, y mi terquedad orgullosa estaba a punto de condenar a mi madre a un infierno peor que el nuestro.
Y entonces, como un destello de luz en la oscuridad más profunda-una luz venenosa y tentadora-, surgió el recuerdo.
La mujer, la calle oscura, su sonrisa profesional, no burlona, sino... transaccional. "Hay lugares donde puedes ganar más dinero. Mucha más dinero que de simple camarera." El papel doblado, áspero entre mis dedos.
Con una energía que no sabía que tenía, una fuerza impulsada por el puro terror, me puse de pie. Mi cuerpo protestó, cada músculo, cada hueso fracturado gritando en agonía, pero lo ignoré. Caminé tambaleándome hasta mi habitación, como un sonámbula guiada por un instinto macabro.
El cajón de la mesita de noche crujió al abrirse. Dentro, el caos de mi vida pasada: viejos bolígrafos, tickets del cine con Rael, un lápiz labial sin estrenar que Claris me había regalado. Revolví entre los escombros de la Elisa que una vez fui, hasta que mis dedos encontraron lo que buscaban. El borde áspero del papel doblado. Lo saqué como si fuera una reliquia maldita.
Lo desdoblé con manos que temblaban de tal forma que el papel susurraba. La elegante tipografía parecía burlarse de la vileza de su propósito: "Kiss Me", y debajo, un número de teléfono, nada más. No había dirección, no había nombre de contacto. Solo un portal anónimo al infierno.
Respiré hondo, el aire se me atascó en los pulmones. Esto era real, esto estaba sucediendo. Apoyé el papel sobre la mesita, tomé mi teléfono, ese artefacto que una vez vibró con mensajes de amor y amistad y ahora solo era un ladrillo frío y marqué el número.
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Editado: 11.01.2026