Cartas de otoño

Capítulo 40: Semana 2: Ecos en el cristal.

🎧Losing Myself – Willamette Stone

Elisa.

El silencio de mi hogar ya no era una novedad; se había convertido en una entidad viva, un compañero de celda que respiraba al unísono conmigo. Siete días. Siete días desde que “Elisa” empezó a ser envuelta en algodones y guardada en el ático de mi propia alma. Siete días siendo “Azahar”, y en este octavo día, el mundo que creía haber dejado atrás decidió tocar a mi puerta, no con golpes, sino con el zumbido fantasma de un teléfono que ya no merecía llevar mi nombre.

Estaba en medio del living, repitiendo mentalmente el entrenamiento impuesto por Valeria. “La Inocente: ojos ligeramente abiertos, sonrisa tímida que no enseña los dientes, mirada desde las pestañas, pasos lentos que prometen todo y no conceden nada.” Mi cuerpo, un traje de carne que debía aprender nuevos trucos, se movía con una torpeza estudiada cuando la vibración lo cortó todo.

No era el teléfono negro y liso que Kiss Me me había provisto. No, era mi viejo celular, el de la carcasa desgastada y la pantalla con un pequeño arañazo en la esquina superior izquierda, un recuerdo de un tropiezo en los pasillos de la Preparatoria Aurora. Lo había guardado en el fondo de un cajón, como se guarda un cadáver, creyendo que con eso bastaría.

Y en la pantalla, latiendo como un corazón herido, estaba su nombre, Rael.

El mundo se detuvo. El aire se espesó hasta hacerse irrespirable, todo el adoctrinamiento, toda la fría armadura de Azahar, se resquebrajó en un nanosegundo. Ya no estaba en el departamento de lujo. Estaba en el mirador, con el viento jugando con mi cabello y el sabor a café y a futuro en sus labios. Sentí el peso del colgante solar, ahora guardado junto al teléfono, como una quemadura contra mi piel. Era Elisa, sólo Elisa. Una chica que anhelaba, por encima de todo, oír la voz del chico que una vez le prometió la luna.

Mi pulgar, tembloroso, se cernió sobre la pantalla verde de “responder”. La punta de mi dedo rozó el vidrio frío. Era tan fácil, un gesto, un simple gesto y podría escapar de esta pesadilla, aunque fuera por treinta segundos. Podría oírlo decir mi nombre, mi verdadero nombre, y recordar quién era.

“Desconectar emociones.”

La voz del evaluador psicológico cayó sobre mí como un mazazo, fría, impersonal, letal. No era una sugerencia; era la ley de mi nuevo mundo. Los lazos eran debilidad. El amor, un defecto de fábrica. La mercancía, recordé con un escalofrío que me erizó la piel, debe estar impecable por fuera y, por dentro, ser un vacío que otros puedan llenar.

El zumbido cesó. La pantalla se oscureció. Había dejado de sonar. Un alivio agridulce y venenoso me inundó, seguido de inmediato por una culpa tan profunda que me dobló por la cintura, jadeando. Me apoyé en la pared, sintiendo el yeso frío a través de la fina tela de mi blusa.

Minutos después, o quizás horas, la fuerza de una necesidad masoquista me arrastró de vuelta al cajón. Lo tomé, lo encendí. El ícono del buzón de voz me acusaba, parpadeando en rojo. Respiré hondo, el aire silbando entre mis dientes apretados, y lo presioné.

“Elisa…”

Su voz. Dios, su voz. No era la de siempre, segura y llena de esa luz tranquila. Esta estaba quebrada, raspada por la angustia y las noches de insomnio. Podía imaginarlo, con el colgante lunar entre sus dedos, los ojos hundidos.

“…sé que estás ahí. Por favor.” Un sonido entrecortado, como si estuviera luchando por contener las lágrimas. “Sólo… dime que estás viva. Que estás bien, o que no lo estás. Lo que sea, por favor.”

El silencio que siguió al mensaje fue más elocuente que cualquier palabra. Era el sonido de su esperanza desvaneciéndose. Y yo lo había matado. Yo, con mi silencio cómplice, había apuñalado lo último puro que me quedaba en este mundo.

Las lágrimas, las primeras de “Azahar”, asomaron, calientes y traicioneras. No les permití caer. Las contuve con furia, secándomelas con el dorso de la mano con un gesto brusco. El dolor físico de la fisioterapia era un juego de niños comparado con este desgarro interno. Este era el verdadero precio, y acababa de pagar la primera cuota.

Valeria había concertado una cita con un dermatólogo para una “evaluación de activos cutáneos”. Un nombre estéril para lo que era: asegurarse de que la pintura del Ferrari no tenía arañazos. El viaje en el auto silencioso era una rutina ya. Me acurruqué en el asiento, mirando la ciudad que una vez fue el escenario de mi vida y ahora era sólo un decorado que pasaba de largo.

La clínica estaba en un boulevard elegante. Mientras salía, ajustándome las gafas de sol, otra pieza del disfraz, una voz me atravesó como un dardo envenenado.

—¡Elisa!

Me congelé en el acto. Era un grito cargado de tal alivio y desesperación que casi me derriba. Me di la vuelta, y allí estaba Claris. Su rostro, siempre tan expresivo, era un torbellino de emociones: incredulidad, alegría, y una preocupación tan profunda que me hizo retroceder un paso.

Corrió hacia mí, sus brazos abiertos como si quisiera abrazar a un fantasma.

—¡Dios mío, Eli! ¡Estamos tan preocupadas! ¿Dónde te has metido? No vas a la escuela a presentar los exámenes, no contestas los mensajes… ¡Pensamos que te había pasado algo terrible!

Su voz era un martilleo en mis sienes. Cada palabra era un clavo que remachaba la tapa del ataúd de mi antigua vida. Podía oler su perfume, el mismo de siempre, a vainilla y juventud. Quería hundirme en su abrazo, confesarlo todo, derrumbarme y que ella me recogiera como lo había hecho tantas veces.

Pero entonces, el entrenamiento de Valeria emergió de las profundidades de mi ser, como un programa de supervivencia. Mi postura, que se había inclinado hacia ella en un acto reflejo, se enderezó de golpe. Los hombros hacia atrás, la barbilla ligeramente elevada. La máscara de Azahar se soldó a mi rostro.

—Disculpa—dije, y mi voz sonó extraña incluso para mis propios oídos. Era plana, cortante, carente de toda la calidez que Claris merecía.




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