Cartas de otoño

Capítulo 41: Semana 3: Compañera de celda.

🎧Shake It Out – Florence + The Machine

Elisa.

El silencio en mi habitación de la clínica Éter no era paz; era una losa de hielo sobre mi pecho. Desde que mi madre me rechazó con esas palabras que aún me quemaban el alma, cada respiración se había convertido en un esfuerzo consciente. La pregunta que le había susurrado al espejo anoche resonaba en el vacío de mi cabeza, un eco sin respuesta. Ya no buscaba ningún rastro de mí en el reflejo de "Azahar". El proceso ahora era pura mecánica: despertar, ser examinada, ser moldeada.

Valeria, la consultora, apareció esa mañana anunciando un nuevo paso en el protocolo. Su rostro, siempre una máscara impecable de profesionalismo distante, mostraba un tenue brillo de lo que quizá era satisfacción.

—Buenos días, Azahar. Hoy das un paso importante, te trasladarás al Ala de Integración. Es hora de que conozcas el ecosistema en el que te moverás.

Mi corazón, ese órgano entumecido que creía incapaz de sentir algo nuevo, dio un vuelco seco y doloroso.

Integración.

La palabra sonaba a soldados, a robots, a algo que carece por completo de voluntad. Sin decir una palabra, asentí y recogí mi escaso equipaje: unas pocas prendas de lujo que eran mi uniforme, y los cosméticos que eran mi pintura de guerra.

El Ala de Integración era diferente. Menos lujosa, más funcional. Los pasillos, aún alfombrados, tenían un tono gris azulado que parecía absorber la luz, las puertas, numeradas, estaban todas cerradas. No se escuchaba un solo sonido, era el silencio de un panal a la espera, un zumbido mudo de desesperación contenida.

Mi nueva habitación era un cubículo idéntico a una suite de hotel de gama alta, pero sin alma. Desde la ventana, ya no se veían los jardines manicurados de la zona privada, sino un patio interior rectangular, vacío, cercado por los altos muros del edificio. Una jaula dentro de otra jaula. La metáfora era tan obvia que resultaba cruel.

La primera noche allí, acostada en la cama que no sentía mía, oí un sonido que llevaba semanas sin escuchar: el llanto ahogado de alguien más. Provenía de la habitación contigua. No era un sollozo dramático, sino un gemido bajo, ronco, de una desesperanza tan profunda que se había vuelto rutinaria. Por primera vez en semanas, no me sentí completamente sola en mi miseria. Había otra persona ahí fuera, también convertida en mercancía, y eso, de una manera retorcida y patética, se sintió como un consuelo.

Al día siguiente, durante una de las interminables sesiones de "desensibilización táctil" que consistía en dejar que unas manos con guantes de látex recorrieran mi piel mientras yo practicaba mantener la respiración calmada y la mirada perdida, la conocí.

La sesión era en una sala común. Éramos cuatro chicas, cada una en una camilla, cada una con su propio instructor. Yo cumplía, desconectada, trazando con la vista las grietas invisibles en el cielo raso blanco.

Cuando la sesión terminó y las otras dos chicas salieron rápidamente, con la mirada gacha, una de ellas se quedó rezagada, enrollando con parsimonia su bata.

Era ella. Tenía una belleza exótica y cansada. Cabello negro azabache, lacio, cortado de forma perfecta que le enmarcaba un rostro de pómulos altos, un sexy lunar bajo su ojo derecho y ojos almendrados de un color gris azulado desconcertante.

Esos ojos, sin embargo, parecían haber visto demasiado

Esos ojos, sin embargo, parecían haber visto demasiado. Estaban rodeados de unas leves sombras que ni el mejor corrector podría ocultar del todo. Su cuerpo era delgado, esculpido por el mismo régimen de dieta y ejercicio que el mío, pero en él había una solidez, una resignación muscular que yo aún no tenía.

Su cuerpo era delgado, esculpido por el mismo régimen de dieta y ejercicio que el mío, pero en él había una solidez, una resignación muscular que yo aún no tenía

Se acercó a mi camilla.

—Eres la nueva—dijo. Su voz era sorprendentemente grave, áspera, como la de una fumadora, aunque el aire olía a puro esterilidad—. Azahar, ¿verdad? Un nombre bonito, dulce y frágil.

Yo, siguiendo mi entrenamiento al pie de la letra, no respondí. Solo la miré, manteniendo la expresión vacía que Valeria me exigía.

Ella esbozó una sonrisa torcida, sin un ápice de calidez.

—Bien. El silencio es un buen comienzo pero conmigo puedes bajar la guardia, novata. No soy competencia. Todas estamos aquí para ser pulidas, cada una para un mercado distinto. Tú y yo probablemente no compartamos cliente potencial.

Parpadee. La palabra "novata" me transportó de golpe a los primeros ensayos de Void, cuando Valeria, mi amiga, me enseñaba los ritmos básicos con paciencia y caramelos. La nostalgia fue un puñetazo tan afilado y repentino en el estómago que casi me dobló por la mitad. Tragué saliva, forzándome a permanecer en el presente.

—¿Y tú quién eres? —logré decir, mi voz como un hilo de sonido.

—Irene. Llevo aquí tres meses, casi una veterana, aunque es mejor que me llames Amapola, a veces olvido que es mi nombre nuevo—respondió, apoyándose en la camilla contigua con una familiaridad deprimente—. Vi tu expediente. Buen material de base. Joven, piel impecable, una vez que quitaron esas... marcas de fricción. Un historial psicológico interesante, trauma complejo. Eso vende bien, a algunos les encanta jugar al psicoanalista con nosotras.




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