Cartas de otoño

Capítulo 42: Semana 4: Espejos rotos.

🎧 Heavy (ft. Kiiara) – Linkin Park

Elisa.

El silencio en el Ala de Integración tenía una cualidad diferente a cualquier otro que hubiera conocido. No era el silencio vacío de mi antigua habitación, ni el silencio cargado de la casa de mis padres. Este era un silencio vigilante, un zumbido de baja frecuencia de cámaras girando, de pasos amortiguados en la alfombra, de suspiros contenidos detrás de puertas numeradas. Era el sonido de la desesperación bajo control.

Habían pasado tres días desde mi conversación con Irene, o Amapola, su seudónimocomo el mio, Azahar. Sus reglas eran claras, identifica al depredador, guarda el dinero, construye la burbuja; se habían convertido en un mantra, una armadura que vestía cada mañana junto con la ropa de "Azahar". Pero era una armadura de hojalata, y yo lo sabía.

Esa mañana, Valeria llegó con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

—Buenos días, Azahar. Hoy es un día importante. Tu portfolio necesita actualizarse. Tendremos una sesión de fotografía artística con un profesional externo. Él captura la... esencia única de cada una de nuestras flores— dijo.

Una bola de hielo se formó en mi estómago. "Fotografía artística" sonaba a eufemismo, a otra capa de mi ser que sería puesta en exhibición.

La sala de sesiones era blanca, cegadora, con cicloramas infinitos y luces de estudio que parecían soles en miniatura. El fotógrafo, un hombre delgado de unos cuarenta años con gafas gruesas y manos inquietas que no paraban de moverse, se presentó como "Silas". Su apretón de manos fue húmedo y breve.

—Azahar, ¿cierto?—dijo, sus ojos escaneándome de arriba a abajo con una frialdad técnica.

—Precioso material, piel de porcelana, perfecta para jugar con las sombras. Eres buena Valeria.

Valeria asintió, satisfecha.

—Todo tuyo, Silas. Recuerda el brief de la reunión anterior con “el”.

Las primeras fotos fueron inocuas. Perfil, tres cuartos, sonrisa suave. Yo era Azahar, la doncella de cuento, la fantasía dulce. Silas murmuraba instrucciones precisas y constantes.

—Un poco más a la izquierda,"inclina la barbilla, piensa en algo hermoso.

Yo pensaba en el café, en el vapor de la leche, en el peso de la bandeja.

Luego, el tono cambió.

—Muy bien, preciosa. Ahora vamos a explorar un poco más. Quítate la bata.

La orden fue tan seca, tan esperada y a la vez tan brutal, que me quedé paralizada. Bajo la bata solo tenía la ropa interior que ellas me habían dado: delicada, transparente, una burla de la intimidad.

Valeria, desde su silla en un rincón, asintió con la cabeza.

—Es parte del proceso, Azahar. Obedece.

Tragué saliva. Construye la burbuja. Conecta el piloto automático. Con manos que apenas sentía, desabroché la bata y la dejé caer al suelo. El aire frío de la sala me erizó la piel. Silas se acercó, su cámara haciendo cada clic eterno e inteso, como los dientes de un depredador.

—Bella... muy bella—murmuraba. Ahora, acuéstate en el suelo. En posición fetal.

Lo hice. El vinilo frío del ciclo contra mi piel desnuda me hizo estremecer.

—No, no. Más... vulnerable. Más expuesta.

Sus manos me tocaron entonces. No con violencia, sino con una posesividad de dueño. Me ajustó un brazo, me giró la cadera, me colocó la cabeza en un ángulo forzado. Sus dedos, largos y fríos, se posaron en mi hombro desnudo, luego se deslizaron por mi clavícula. Y entonces, el olor. Un olor a colonia barata y fuerte, mezclado con el aroma agrio del alcohol sudado. Era el mismo olor que impregnaba el estudio de mi padre después de una de sus borracheras. El mismo olor que flotaba en el aire cuando me gritaba, cuando me acorralaba contra la pared, cuando su aliento, cargado de rencor y whiskey, me golpeaba en la cara.

La burbuja no solo se rompió; estalló de un momento a otro, estaba llena de pánico.

Un grito desgarrado, que no reconocí como mío, explotó en la habitación. No era el grito controlado de Azahar, era el grito de Elisa, de la niña aterrorizada, de la adolescente que siempre esperaba el siguiente golpe. Me encogí, alejándome de sus manos, de ese olor, del fantasma de mi padre que de repente llenaba la sala.

—¡No! ¡No me toques! —aullé, mis manos estaban protegiendo mi cabeza, mis piernas retrayéndose hacia mi pecho.

—Azahar —la voz de Valeria era un latigazo frío—. Contrólate.

Pero ya no podía. El pánico era un animal vivo dentro de mí, mordiendo, arañando. Jadeaba, incapaz de respirar, las lágrimas corrían por mi cara sin control. Temblaba como una hoja, hipando, ahogándome en un mar de recuerdos que creía enterrados.

—Esto es inaceptable —oí decir a Valeria, su voz distante, como bajo el agua—. El producto está defectuoso. No puede tener estas reacciones. Cancelaremos el contrato. Se harán los arreglos para la institución estatal para la señora Montes.

La institución estatal. Esas palabras atravesaron la niebla del pánico como un cuchillo. Mi madre. Lo había perdido todo. Todo.

La puerta de la sala se abrió de golpe. Irene estaba allí, su rostro estaba palido. Sus ojos gris azulados barrieron la escena: a mí, desnuda y temblando en el suelo, a Silas con su cámara en alto, a Valeria con los brazos cruzados.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó, y su voz no era de sorpresa, sino de una furia contenida.

—Amapola, esto no es asunto tuyo —espetó Valeria—. Azahar ha demostrado ser inestable. No es apta.

Irene no la miró. Sus ojos estaban clavados en mí. Me vio, de verdad me vio, en medio de los pedazos rotos de Azahar. Se acercó, ignorando a Silas, y sin decir una palabra, recogió mi bata del suelo. Se arrodilló a mi lado y, con una suavidad que no creía posible en ella, me cubrió los hombros.

—Es un ataque de pánico por una memoria somática —dijo Irene, dirigiéndose a Valeria, pero sin apartar la vista de mí—. No es defectuosa. Está traumatizada y el trauma, bien empaquetado, Valeria, es un fetiche carísimo. Lo sabes tan bien como yo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.