Cartas de otoño

Capítulo 43: Cartas de otoño.

🎧 Breathe Me – Sia

Elisa.

El amanecer no se veía desde el Ala de Integración. Solo una luz grisácea y fría se filtraba por la ventana, iluminando el polvo en suspensión como si fuera el preludio de un día cualquiera. Pero hoy no lo era. Hoy era el día. La fecha marcada en rojo en el calendario invisible de mi condena. Mi primera noche en Kiss Me.

Valeria llegó temprano, su silueta impecable recortada en el marco de mi puerta.

—Hoy se acaba el entrenamiento,Azahar. Hoy demuestras de qué estás hecha —dijo, y su voz era como el filo de una cuchilla perfectamente afilada. El protocolo es simple. Serás presentada, bailarás, y esperarás. La elección siempre es del cliente. Recuerda: eres la fantasía. Nada de lo que ocurra ahí fuera te toca.

Asentí. No con sumisión, sino con la frialdad que Irene me había enseñado. La frialdad de un fantasma con uñas.

El resto del día fue un lento y meticuloso proceso de transformación. No fue Valeria quien me preparó, sino un equipo de tres mujeres silenciosas cuyo trabajo era erradicar todo rastro de Elisa. Me sumergieron en una bañera de agua caliente infundida con aceites que olían a flores nocturnas, un aroma pesado y seductor que se adhería a la piel como una promesa. Después, exfoliaron cada centímetro de mi cuerpo hasta dejarlo como porcelana alisada, un lienzo en blanco para su arte.

Luego vino el maquillaje. Sentada frente a un espejo iluminado, observé cómo mis facciones se borraban bajo una capa de base impecable. Mis ojos, acentuados con sombras ahumadas y delineador de ala, parecían más grandes, más profundos, pero vacíos. Mis labios, pintados de un rojo cereza oscuro y mate, eran una mancha de color perfecta, una boca que prometía susurros pero que solo guardaba silencios. No me reconocía. El reflejo era el de Azahar, la flor de naranjo, pura y fragante en apariencia, venenosa en su esencia.

Finalmente, llegó el vestido. No era una prenda, era una declaración. De un rojo intenso y aterciopelado, como el vino más caro, carecía de espalda casi por completo, cayendo en un profundo escote en 'V' que se insinuaba más que mostraba. Las mangas largas y ajustadas contrastaban con la ingravidez de la falda, que se abría ligeramente en un fluir de tela al caminar. Me lo pusieron con la reverencia que se merece un arma letal. Me observé en el espejo de cuerpo entero. Ya no era una chica. Era una escultura de deseo y melancolía, un espectro vestido de otoño.

Irene irrumpió en la habitación justo cuando las estilistas se retiraban. Se detuvo en seco al verme. En sus ojos gris azulados no había admiración, sino una sombra de dolor y orgullo.

—Dios mío—susurró—. Pareces... la reina del inframundo.

—Es el vestido —dije, mi voz sonaba extraña, modulada y vacía.

—No —negó ella, acercándose—. Es lo que hay dentro. Tomó mis manos.

—¿Recuerdas las reglas?

—Identifica al depredador, guarda el dinero, construye la burbuja.

—Hoy añade una más —dijo, apretándome los dedos. Sobrevive. No importa cómo. Solo sobrevive a esta noche.

La llegada a Kiss Me fue un viaje hacia las entrañas de una bestia dorada. La fachada era discreta, un edificio antiguo y elegante en una calle silenciosa. Pero dentro, el mundo explotaba en una sinestesia de lujo y decadencia. La luz era baja, dorada, difuminada por el humo de los puros y el vapor de los cigarrillos electrónicos. Una música profunda y pulsante, un trip-hop seductor, latía en el suelo y se enredaba en los huesos. El aire olía a cuero caro, whisky añejo y el mismo perfume pesado que llevaba puesto.

Valeria me guió a través de un laberinto de salones donde sombras elegantes se movían entre cortinas de terciopelo y sofás bajos. Las otras chicas, "flores" como yo, eran criaturas de una belleza surrealista. Algunas sonreían con una vacuidad aterradora, otras tenían la mirada perdida en la distancia, ya en sus burbujas. Nos condujeron a una antesala opulenta.

—Esperen aquí. Serán presentadas al Señor Supremo. Él es quien dirige todo esto. Un gesto de desagrado de él, y serán descartadas. No habrá segunda oportunidad.

Mi corazón comenzó a galopar contra mis costillas. El frío que tanto había cultivado se resquebrajaba. Irene, a mi lado, vestida con un ajustado vestido negro que la hacía verse como una pantera, me rozó el brazo.

—Respira—murmuró. Es solo otro depredador. El más grande. Pero sigue siendo un hombre.

Una puerta doble se abrió. Valeria nos hizo una seña para entrar. La sala era circular, con una cúpula de cristal que mostraba un cielo nocturno artificial. En el centro, en un sillón alto como un trono, estaba él.

El Señor Supremo.

No era un hombre viejo y repulsivo como había imaginado. Era tal vez de mediana edad, con el cabello gris plateado peinado con impecabilidad y un traje oscuro que se fundía con el cuero del sillón. Su rostro era angular, inteligente, pero sus ojos... sus ojos eran lo más vacío que había visto en mi vida. No había crueldad, ni lujuria, ni poder en ellos. Solo un vacío absoluto, como dos pozos negros que absorbían la luz de la habitación. Nos observó a cada una, y su mirada, cuando se posó en mí, fue como ser escaneada por una máquina. No me sentí deseada; me sentí... evaluada.

—Azahar —dijo Valeria, presentándome.

Él asintió, casi imperceptiblemente. No dijo una palabra. Su silencio era más aterrador que cualquier gritó. Era el silencio del poder absoluto, del que no necesita alzar la voz porque el mundo ya se inclina ante él.

Después de la presentación, nos llevaron al salón principal. El escenario era una plataforma circular en el centro de la habitación, rodeada de sofás y mesas bajas.

—Azahar, tú subes primero —ordenó Valeria.

El trip-hop cambió a un ritmo más lento y sensual. Mis pies, calzados en tacones altísimos, encontraron el camino hasta el centro del escenario. Las luces se enfocaron en mí, cegadoras. Decenas de pares de ojos me observaban desde la penumbra. Hombres de traje, sus caras borrosas por el humo y la ambigüedad moral.




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