Cartas de un amor no correspondido

1

Querido mejor amigo:

No sé cómo fue que me enamoré de ti, pero lo que sí recuerdo es que siempre preferí tu compañía a la de las demás personas.

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Nos conocemos prácticamente de toda la vida. Cuando nuestros padres hacían sus típicas reuniones familiares, prefería ensuciarme en la tierra contigo que jugar con mis primas a las muñecas.

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Si yo estaba triste, tú me ofrecías tu hombro, me consolabas.

Aún recuerdo que, cuando murió mi pez, estuviste a mi lado hasta que dejé de llorar, asegurándome que estaba en el cielo de las mascotas.

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Si tú no te sentías bien, me quedaba a tu lado hasta que mejoraras.

Solía leerte cuentos cuando te quedabas en cama y no podías jugar afuera.

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Cuando tuve trece años, me di cuenta de mis sentimientos hacia ti.

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Tenía la ilusión de que te enamoraras de mí para vivir un romance de película.

Ja, qué idiota fui.

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Solíamos pasar la tarde jugando videojuegos, viendo películas o corriendo y saltando afuera. A veces tus hermanitas gemelas nos acompañaban, pero me encantaban los días en que solo éramos tú y yo.

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Todo estaba perfecto, hasta esa tarde en que llegaste y desvaneciste mis quimeras.

Me dijiste que habías conseguido novia.

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Me sentí como una idiota y de seguro puse una expresión de asombro, pues me dijiste que no pusiera esa cara, que no mentías… lamentablemente.

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Su nombre era Cristina e iba en tu escuela, y yo te aseguro que la odié aunque no la conocía en persona.

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No le di mucha importancia a tu “gran noticia” y eso fue bueno, al menos ya no la volviste a mencionar.

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Esa tarde me esforcé para no mostrar mi malestar, pero en cuanto te fuiste, me encerré en mi habitación y lloré hasta quedarme dormida.

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A pesar de todo, mis esperanzas volvieron al notar que seguías prefiriendo mi compañía a la de cualquier otra chica.

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Un viernes, después de clases, nuestros padres se juntaron para platicar; las gemelas jugaban en el patio y yo noté que lucías extraño. Supuse que tenía que ver con la tal Cristina.

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Desde que notaste mi nulo entusiasmo cuando mencionabas a Cristina, rara vez me hablabas de ella. Siempre platicábamos de cosas más divertidas, pero en esa ocasión tuve curiosidad de saber por qué estabas así.

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Te insistí pero no querías decirme nada, así que tuve que recurrir a mi principal método de tortura: ¡cosquillas!

Y funcionaron. Me dijiste las palabras que esperé oír desde hacía mucho tiempo. Habías terminado con Cristina.

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No pude evitar sonreír levemente, pero en seguida me puse seria. Me explicaste que ella era muy celosa y te reclamó porque pasabas mucho tiempo conmigo, así que te hizo escoger.

Tus palabras fueron: “obviamente te escogí a ti”.

Sentí que moría de felicidad.

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Te agradecí infinitamente. Tú me dijiste:

“No tienes qué agradecer. Eres muy importante para mí. Ninguna novia que tenga me hará separarme de ti”.

Ojalá hubieras cumplido tu promesa.

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Con tu promesa, me sentí más segura. Para ti no fue difícil mantenerla durante algún tiempo.

Siempre que conseguías novia, te terminaba dejando por celos hacia mí.

Todo estaba bien, hasta que ella apareció en tu vida.

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Recuerdo la felicidad que sentí cuando me dijiste que ibas a ir en mi misma escuela.

Tenía la impresión de que pasar más tiempo juntos iba a hacer que te dieras cuenta de tus sentimientos hacia mí.

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Te hablé de lo increíble que era mi escuela, te conté acerca de mi mejor amiga Ariana.

Por algún motivo presentía que nunca ibas a amarme de la misma manera que yo a ti, por eso te prohibí coquetear con mi amiga, alegando que ella no era como las chicas con las que salías.

“No sabía que tenía un tipo de chica establecido” me dijiste.

“No, tontito. Me refiero a que ella es mi mejor amiga y está prohibida para ti” respondí.

Dijiste que entendías, que no me preocupara.

Mi mejor amiga estaba prohibida para ti…

Pero las demás chicas no.

***

Cumplías años casi al inicio del curso, así que el primer día de clases no llegaste. Siempre fuiste despreocupado en la escuela, así que faltar era típico para ti.




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