Empiezo a darme cuenta de algo
que antes evitaba mirar de frente.
No es que no sienta nada.
Es que siento demasiado…
y al mismo tiempo, nada se queda.
Todo pasa por mí
como si yo fuera un lugar de tránsito
y no un hogar.
He intentado entenderme
como si fuera una ecuación simple,
pero no lo soy.
A veces quiero amor absoluto,
de ese que estremece el alma
y llena el vacío de todo lo demás.
Y otras veces
no quiero nada,
ni a nadie,
ni siquiera a mí.
Me asusta lo fácil que es perderme
en lo que siento por otros
y lo difícil que es quedarme conmigo.
No sé en qué momento
empecé a confundirme con lo que doy
y no con lo que soy.
Y tal vez por eso duele tanto el vacío.
Porque cuando no hay a quién sentir,
no sé quién queda aquí dentro.
Estoy empezando a entender
que no todo lo intenso es amor,
y que no todo lo que duele
merece quedarse.
Pero entenderlo
no significa saber qué hacer con eso.
Solo significa
que ya no puedo seguir ignorándolo.