Cartas desde la tormenta

El octavo pecado

Él dijo:
“Quiero que nos demos un tiempo. Ya no quiero seguir con esto.”
Y ella, con el corazón hecho pedazos,
con partes de sí misma que ya no estaban completas, respondió:
“Está bien.”
Pero su corazón no dijo lo mismo.
Gritaba.
Gritaba tan fuerte que se ahogaba en sus propios recuerdos.
Le pedía que no lo dejara ir.
Es el amor de mi vida… ¿cómo lo dejas ir?
Yo también quería llorar, decía la mente.
Pero también decía otra cosa:
“También te hizo feliz.”
Y entonces el corazón quedó atrapado entre dos voces.
Una que lo quería todo de vuelta.
Y otra que ya estaba aprendiendo a soltar.
“Estarás condenado a recordarlo,” decía la mente.
“Volverás una y otra vez a cada beso, cada caricia, cada sonrisa, cada noche.”
Y así fue.
Ella lo recordaría.
Por los dos.
Y él…
quizá podría ser feliz con otras personas,
hacerlas sentir lo mismo que una vez hizo sentirla a ella.
Entonces el corazón entendió algo que dolía más que la despedida:
recordar también es una forma de quedarse.
Y si existiera un octavo pecado capital,
sería ese:
recordar.



#1563 en Otros
#286 en Relatos cortos
#29 en No ficción

En el texto hay: algo sencillo...

Editado: 02.05.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.