Cartas desde la tormenta

Entre mi luna y tu sol

Te extraño.

Extraño tu olor, aunque sé que nunca llevabas perfume -eres asmático-, y aun así, cuando estabas conmigo, tu aroma parecía llenarlo todo, un perfume invisible que se quedaba pegado a mi piel.

Extraño tu puntualidad en el caos, estar siempre donde debías, incluso donde no se esperaba. Extraño mirarte los viernes, en mi cama o entre mis brazos, no por necesidad, sino porque allí, a mi lado, tu belleza se multiplicaba, como si el mundo entero conspirara para que te viera así.

Te extraño, pero no deseo que vuelvas. Yo te di un amor roto, y tú lo aceptaste, sabiendo que siempre estuvo fragmentado.

Soy melancólica. Nunca sabes si digo la verdad o si juego contigo. Soy un fuego que a veces quema demasiado: intensa, celosa, desconfiada, distante... triste. Lo sé, no tengo nada bueno (lo tuve).

Hubo un tiempo en que podía presumir de algo hermoso a mis demonio te tenía a ti.

Eras mi ying, mi sol; yo, tu yang, o tal vez la luna que iluminaba tus sombras -esa luz que me faltaba, lo que hacía que todo lo roto pareciera posible.

Eras atento, curioso, inteligente, perspicaz, bondadoso, apasionado... mi pequeño paraíso, ahora cerrado a llave, fuera de mi alcance.

Por ti he escrito más de tres estrofas, cada una un intento de retenerte, cada línea una súplica silenciosa. Y siempre termino con la misma tristeza cuando te vas, como si tu ausencia dejara un hueco donde antes habitaba el sol.

Me dijiste que no querías verme llorar. Y aun así, he pasado noches enteras en vela, cuestionándome, fragmentándome en preguntas:

●¿No me creyó cuando le dije que lo quería?

●¿Se asustó por lo que dirían los demás?
●¿Se cansó de mi intensidad, de mis fallas?
●¿Ya tiene a otra, y nunca fui yo la que quiso?
●¿Fue todo solo un juego, un pasatiempo, y lo aburrí?

Tal vez debería seguir adelante. Tal vez debería borrar incluso tu sonrisa de mi memoria.
Pero no puedo.
Te quise... no, te quiero. Siempre lo he hecho.

Fuiste mi primer amor, desde los siete hasta los once, la llama que me enseñó lo que duele querer. Sí, soy obsesiva; tal vez eso te da miedo. Pero necesito respuestas.

Si esta vez me dieras un punto final, quizás mi tristeza dejaría de ser infinita.

Porque solo en ti encuentro esa paz que el mundo me arrebata. Esa paz que hace que respirar valga la pena. Esa paz que me recuerda que, aunque rota, aún puedo amar.



#1842 en Otros
#364 en Relatos cortos
#71 en No ficción

En el texto hay: algo sencillo...

Editado: 14.05.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.