No estás lejos.
Estás dentro.
Como una raíz que no pidió permiso
y aprendió el camino de la sangre.
Te reconozco en todo lo que se repite sin querer.
En lo que no termina de irse.
En lo que insiste.
A veces pienso que ya no recuerdo:
solo te pronuncio por dentro.
Sin voz.
Sin salida.
Hay recuerdos que no son recuerdos.
Son cuerpos que siguen ocurriendo.
Pequeños fragmentos de tiempo
que no aceptaron el final.
No sé si eras luz o herida.
Solo sé que permaneces.
Y eso basta para que todo lo demás pierda forma.
He intentado vaciarme de ti.
Como si el olvido fuera un gesto simple.
Como si pudiera abrir la piel
y dejarte caer.
Pero no caes.
No sabes caer.
No sabes irte.
Te quedas en lo mínimo:
en el pulso,
en la pausa,
en lo que tiembla sin razón.
Hay días en los que te confundo con mi pensamiento.
Otros en los que ya no distingo
dónde termino yo
y dónde empiezas tú.
El amor, si fue amor,
no terminó.
Solo cambió de lugar.
Y ahora habita donde no puedo nombrarlo sin romperme.
No eres memoria.
Eres permanencia.
Algo que no se despide.
Algo que no entiende el final.
Y yo sigo aquí,
aprendiendo a vivir
dentro de lo que no se va.