Diario de un día lluvioso
La lluvia empezó antes de que pudiera darme cuenta.
Gotas frías que caen, que besan la ventana.
Me pregunto: ¿por qué el mundo parece más claro cuando está gris?
Trinan las aves, suaves, tímidas,
como si no quisieran interrumpir la música de la lluvia.
Me detengo a escucharlas.
Me detengo a mí mismo.
El verde de la flora me sorprende cada vez.
Brilla de un modo que no había visto,
como si la lluvia sacara un secreto que la luz del sol no conoce.
Respiro profundo. Húmedo. Vivo.
Pienso en todo lo que dejamos pasar en días soleados.
El tiempo corre y no nos damos cuenta.
Hoy todo se ralentiza.
Los relojes se olvidan de mí.
Yo me olvido de ellos.
Me da paz.
Me da vida.
Me hace sentir que pertenezco a algo más grande que yo,
a algo silencioso, latente, que pulsa bajo la tierra mojada.
Me pregunto si otros sienten esto también:
la alegría simple de un charco, de una hoja cubierta de lluvia,
de un aroma a tierra que parece memoria.
Me siento cerca de lo que soy,
como si la lluvia limpiara las capas que me cubren,
dejando solo la esencia,
solo la respiración, solo el ahora.
Es curioso: los días lluviosos enseñan más que los soleados.
Nos muestran que hay belleza en la pausa,
en lo que no se ve de inmediato,
en el silencio húmedo que acaricia la piel y la mente.
Hoy me quedo aquí,
con el corazón tranquilo,
y la lluvia como compañía.
Me recuerda que la vida no es solo correr,
sino también escuchar, sentir, y dejar que el mundo pase suavemente.