Hoy jugué y bailé bajo la lluvia intensa, esa que cae con furia y despierta todos los sentidos. Me acosté boca arriba sobre el suelo mojado, mirando hacia el cielo gris, sintiendo cómo cada gota caía rápido, golpeando mi rostro, entrando en mis ojos como si quisieran leer mi alma. Salté, reí, canté, corrí… volví a saltar, y al mirar las gotas resbalar entre mis pestañas, te vi en cada una de ellas.
En lugar de cerrar los ojos, dejé que la lluvia entrara, dejándome lastimar, permitiendo que cada gota me atravesara como un recuerdo que no sabe marcharse. Porque así es tu recuerdo: entra con fuerza, me duele, y aún así me niego a liberarlo.
Vi en esas gotas lo mismo que veo en mi mente algunas noches: un reflejo de lo que fui contigo, de lo que perdí y de lo que aún duele. La ironía es amarga: en ese daño caótico descubro pequeños vestigios de felicidad, momentos que me recuerdan que aún puedo sentir, que aún estoy vivo en mi propio corazón. Estoy aprendiendo a soltar, poco a poco, con cada lágrima mezclada con lluvia… pero para soltar de verdad, hay que querer hacerlo. Y yo, todavía, solo estoy aprendiendo a desearlo.