Si tanto me querías, ¿por qué me dejaste sola en la noche?
¿Por qué me abandonaste en el frío de un cuarto donde lo único que habitaba era mi propio dolor?
Donde antes se sentía tu presencia, ahora solo queda la certeza de que no volverás.
Y aun así, las preguntas siguen intactas, susurrándome hasta hoy:
¿Por qué sigo imaginando un baile contigo bajo la lluvia, si ya no estás?
¿Por qué tu recuerdo me acompaña en la tristeza y se esconde en mis alegrías?
¿Por qué deseo contarte mis victorias y callarte mis derrotas?
¿Por qué no me atrevo a bailar sola bajo la lluvia, a sentir la libertad que antes compartíamos?
¿Por qué no me abrazo a mí misma, ni me felicito ni me consuelo como debería?
¿Por qué me resulta imposible entender que, para quedarme en el presente, debo aprender a soltar el pasado?
Cada pregunta es un eco en mi pecho, un reflejo de lo que fue y de lo que aún duele.
Pero quizás, entre tanto silencio y lluvia, esté aprendiendo a responderme a mí misma,
a descubrir que soltar no significa olvidar, sino permitirme florecer, aunque duela.