Cartas desde la tormenta

Campos eternos y avenidas

Las ciudades nunca logran hablarme
de la misma forma en que lo hacen los campos.
Hay algo en el ruido constante de las avenidas,
en las luces artificiales que nunca descansan
y en la prisa interminable de la gente,
que termina cansándome el alma
aunque intente convencerme de lo contrario.
La ciudad vive demasiado rápido.
Late con una intensidad hermosa,
pero a veces también asfixiante.
Y aun así, no puedo odiarla del todo.
Porque incluso dentro del caos
existe cierta belleza:
las ventanas iluminadas en mitad de la madrugada,
los semáforos reflejándose sobre el asfalto mojado,
las conversaciones fugaces entre desconocidos
que jamás volverán a encontrarse.
Pero el campo…
el campo es distinto.
No me exige nada.
No me obliga a correr
ni a llenar silencios incómodos.
Allí el tiempo parece deshacerse lentamente,
como si las horas dejaran de importar.
El viento moviendo las flores,
el olor de la tierra húmeda después de la lluvia,
los árboles respirando junto a la tarde…
todo se siente más honesto,
más vivo.
Como si la naturaleza recordara secretos
que nosotros olvidamos hace mucho tiempo.
Y aun así,
no pertenezco por completo a ninguno de los dos mundos.
No quiero perderme entre edificios gigantes
ni desaparecer en el silencio absoluto de los campos eternos.
Quiero existir justo en medio:
entre un paisaje floreado y una ciudad que nunca duerme.
Un lugar donde pueda escuchar grillos por la noche
sin dejar de ver luces a lo lejos.
Donde el caos y la naturaleza
aprendan a coexistir sin destruirse.
Porque quizá yo también soy eso:
una contradicción viva.
Mitad calma, mitad ruido.
Mitad raíz, mitad incendio.



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En el texto hay: algo sencillo...

Editado: 14.05.2026

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