Cuando pienso en ti,
el mundo entero florece detrás de mis párpados.
Aparecen colores que jamás había visto,
tonos imposibles que parecen nacer
solo cuando tu recuerdo me atraviesa.
El sol rompe las nubes lentamente,
como si también quisiera acercarse a tu nombre,
y largos hilos dorados caen sobre la tierra silenciosa
hasta convertir lo cotidiano en algo sagrado.
Antes de ti,
todo era una vegetación simple y monótona,
un paisaje quieto,
sin brillo,
sin misterio.
Existía, sí,
pero no respiraba dentro de mí.
Ahora todo cambia.
Cada grano de tierra parece iluminarse desde adentro.
Cada hoja se mueve como si recordara tu voz.
Cada pétalo se inclina suavemente
hacia el lugar donde habitan mis pensamientos sobre ti.
Y el viento…
el viento lleva tu eco escondido entre sus corrientes,
como un secreto que solo yo puedo escuchar.
A veces creo que el universo entero conspira
para recordarme tu existencia
en las cosas más pequeñas.
Pensarte transforma todo.
La luz adquiere otro significado.
La sombra deja de dar miedo.
Incluso el espacio entre un instante y otro
parece llenarse de vida cuando apareces en mi mente.
Y lo más extraño de todo
es que hasta la soledad se vuelve dulce.
Ya no pesa igual.
Ya no es un vacío frío,
porque algo dentro de mí comienza a florecer
cada vez que te pienso.
Es como si tu recuerdo hubiera sembrado jardines
en partes de mi alma que antes eran invierno.
Como si tu existencia, aunque distante,
hubiera despertado colores dormidos
en mi forma de sentir el mundo.
Y entonces entiendo:
no siempre hace falta tocar a alguien
para que transforme tu vida.
A veces basta con que exista
en el lugar más íntimo de tu mente
para convertir incluso el silencio
en un paisaje lleno de luz.