En la noche me siento más mía. Como si, por unas horas, la vida me perteneciera un poco más de lo que lo hace durante el día. El ruido se apaga, las expectativas se disuelven y el mundo deja de exigirme respuestas. Entonces, por fin, puedo escucharme.
En la noche la existencia pesa menos. La soledad, que a veces asusta bajo la luz del sol, se vuelve una compañía serena cuando las sombras ocupan su lugar. Ya no parece un vacío que deba llenarse, sino un espacio donde puedo habitarme sin prisa y sin interrupciones.
Abrazo lo extraño y lo extraño me abraza de vuelta. Todo aquello que durante el día parece incomprensible encuentra un lenguaje secreto entre la oscuridad y el silencio. Mis pensamientos dejan de esconderse y salen a caminar libremente por los rincones de mi alma.
La noche trae consigo una luz tenue que no todos pueden ver. Una claridad discreta, reservada para quienes se atreven a permanecer despiertos cuando el resto del mundo descansa. Es una luz que no ilumina los caminos, sino los sentimientos; que no revela el exterior, sino todo aquello que guardamos dentro.
Y fue así como me encontré siendo su secreta amante. Regresando a ella una y otra vez, buscando el refugio de sus brazos invisibles. Porque mientras otros le temen a la oscuridad, yo descubrí en ella una forma de hogar. Un lugar donde puedo ser vulnerable sin sentirme débil, donde mis heridas dejan de esconderse y donde mi corazón, por fin, habla en voz alta.