Y somos tan testarudos que, aun cuando el invierno nos cala hasta los huesos y el frío parece congelar cada rincón de nuestro cuerpo, insistimos en decir que no extrañamos el verano.
Lo mismo ocurre con todo lo demás. A pesar de enfermarnos de amores desdichados, fingimos no echar de menos la paz que habitaba en los días sencillos, la felicidad discreta que se escondía en lo cotidiano. Nos convencemos de que podemos vivir sin aquello que alguna vez nos hizo bien, aunque por dentro sintamos el vacío de su ausencia.
Quizá sea porque somos almas melancólicas a la deriva. Sin rumbo. Barcos perdidos en un mar inmenso, incapaces de encontrar una costa donde descansar. Y aun cuando recordamos perfectamente dónde se encuentra el puerto, elegimos seguir navegando. Dejamos que las olas del recuerdo y los vientos de la nostalgia nos arrastren lejos de la tierra firme. Soltamos las anclas y renunciamos, por un momento, a la seguridad de aquello que conocíamos.
Nos convertimos en vagabundos con techo, pero sin un lugar al que llamar hogar. Porque el hogar nunca ha sido una dirección ni unas paredes; el hogar siempre ha sido aquello que nos hace sentir amados, comprendidos y en paz.
Sin embargo, llega un momento en el que debemos tomar el timón con nuestras propias manos. Debemos comenzar a dibujar el rumbo que anhelamos, aunque no tengamos la certeza de adónde nos llevará. Porque la vida rara vez ofrece mapas y, aun así, exige que avancemos.
Y aunque la soledad de ciertas noches resulte abrumadora, aunque el gris parezca habitar cada pensamiento y cada recuerdo, el sol siempre encuentra la manera de regresar. Siempre aparece en algún punto del horizonte para recordarle a esa alma cansada que ninguna tormenta es eterna, que ningún invierno dura para siempre y que, incluso después de perderse, uno puede volver a encontrarse.