Cartas muertas

Capítulo 1.5

El primer cuerpo apareció exactamente cuarenta y ocho horas después de que el sobre de marfil tocara el suelo de mi apartamento. El tiempo, al parecer, era la única moneda que aquel "cazador" no estaba dispuesto a malgastar.

​Lo encontraron en una mansión frente al mar, en una de esas zonas exclusivas donde las calles ni siquiera tienen aceras porque se asume que nadie que valga la pena camina por ellas. Allí, el mundo se oculta tras muros de piedra volcánica y sistemas de vigilancia de grado militar. Era un lugar diseñado para la privacidad absoluta, o para que nadie escuche los gritos cuando el cristal se rompe.

Adrián Holt. Veintisiete años. Hijo único de una dinastía que poseía media ciudad. Un hombre cuya fortuna era tan incalculable como su impunidad. Su rostro, una máscara de perfección y privilegio, había decorado cada columna de sociedad y cada perfil de "filántropo" en las redes sociales. En las fotos, Adrián siempre estaba brindando, siempre riendo, siempre rodeado de personas que querían ser él. Ahora, esa sonrisa era solo un despojo inerte en el centro de una sala que costaba más que la vida de diez hombres comunes.

​Llegué con el equipo forense cuando el sol todavía no terminaba de herir el horizonte. El océano, visible tras los inmensos ventanales de la mansión, estaba inquietantemente calmo, con una superficie plateada que no parecía haber presenciado nada fuera de lugar. La casa olía a madera de sándalo pulida, a aire salino y a ese aroma químico y estéril que envuelve a la muerte cuando se presenta sin violencia.

​Todo estaba en un orden perturbador. Demasiado pulcro.

No había signos de entrada forzada.

No había rastros de lucha.

No había caos.

​El cuerpo de Adrián yacía en el centro exacto de la sala principal, acomodado sobre una alfombra de seda con una precisión casi ceremonial. Sus manos estaban cruzadas sobre el pecho, su ropa —un traje de diseñador que probablemente valía tres meses de mi alquiler— no tenía ni una sola arruga. No era la escena de un asesinato impulsivo; era una instalación artística. Una escena intencional donde cada milímetro había sido calculado para transmitir un mensaje.

​Me incliné sobre él, sin tocar nada, permitiendo que mis ojos rastrearan cada detalle. Aprendí hace mucho tiempo que las escenas del crimen hablan con un lenguaje de susurros, y esta estaba gritando una verdad que nadie en la sala quería procesar.

​—¿Qué es lo que ves realmente? —preguntó una voz a mi lado.

​No me sobresalté. El aire ya se había cargado con su presencia antes de que hablara. Me giré lentamente para encontrarme con él. El policía. Todavía no me había molestado en aprender su nombre, pero conocía su tipo. Era un hombre hecho de bordes afilados y una mirada cansada, de esas que solo se consiguen después de perder demasiadas batallas contra la gente con apellidos antiguos. Tenía la mandíbula tensa y una forma de pararse que sugería que no confiaba ni en su propia sombra. Los buenos policías siempre parecen estar al borde de romperse, y él estaba peligrosamente cerca del límite.

​—Veo un mensaje —respondí, devolviendo la vista al cadáver—. Uno que no admite réplicas.

—Eso dicen todos los que intentan sonar profundos en una escena del crimen —replicó él con una amargura seca, cruzándose de brazos.

—No es arrogancia —le dije, finalmente mirándolo a los ojos—. Esto no es para nosotros. La policía, los forenses... solo somos el decorado. Estamos incluidos en el proceso porque quien hizo esto necesita que haya testigos oficiales.

Él frunció el ceño, observando la disposición del cuerpo. —¿Crees que estamos ante un asesino serial?

—No —negué lentamente, sintiendo el frío del mármol bajo mis pies—. No es un psicópata buscando placer. Es un cazador. Uno que ha decidido que la temporada de veda ha terminado para los intocables.

​Él no insistió. No me preguntó cómo podía estar tan segura ni cuestionó mi autoridad. Solo se quedó allí, observándome con una atención que me resultó molesta, analizando mis gestos como si yo fuera otra pista en la habitación. Tenía esa mirada invasiva, capaz de leer lo que uno intenta esconder tras el profesionalismo.

​En ese momento, uno de los forenses, arrodillado junto al cuerpo, levantó la mano desde el otro extremo de la sala. Había algo en su expresión, una mezcla de sorpresa y duda, que nos hizo acercarnos de inmediato.

​—Encontramos algo en el bolsillo interno —anunció el técnico.

​Con unas pinzas de acero, extrajo un objeto del saco perfectamente planchado de Adrián Holt. Mi estómago se tensó antes de verlo. Era un segundo sobre. Marfil. Grueso. Sin nombre. Sin remitente.

​El policía me miró de reojo, su mirada pesando sobre mí como una advertencia. Lo abrí allí mismo, frente a todos, porque sabía que no había nada que ocultar. La carta era breve. Una sola frase escrita con esa caligrafía negra y perfecta que ya se había instalado en mis pesadillas:

“No era inocente. Nunca lo fue.”

​La frase no estaba subrayada, pero tenía un peso propio que pareció hundir el suelo bajo nuestros pies. El policía soltó un suspiro pesado, rascándose la nuca mientras miraba el papel de marfil.

​—¿Inocente de qué? —preguntó él en voz baja.

—De todo lo que su apellido pudo enterrar —respondí, guardando la carta en una bolsa de evidencia—. Adrián creyó que el olvido era algo que se podía comprar. El cazador acaba de demostrarle que la memoria tiene sus propios métodos de cobro.

​Salí de la mansión antes de que el sol terminara de subir. Necesitaba el aire frío del océano para limpiar mis pulmones del olor a muerte ceremonial. Sabía que la carta del martes no había terminado conmigo. Al contrario, acababa de reclamar su primer pago. Y el reloj de siete días seguía corriendo, indiferente a la riqueza de los Holt o a la justicia de los hombres.



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En el texto hay: policia, poliamor, asesinocazadorr

Editado: 25.01.2026

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