Cartas que cruzaron el mundo

Prologo

La primera carta llegó un día cualquiera.

No hubo música de fondo.

No llovía.

No ocurrió nada extraordinario.

Marla estaba sentada frente a su teléfono, mirando la pantalla sin esperar realmente nada, cuando apareció una nueva notificación.

Nueva carta.

Sonrió.

—¿Quién será ahora?

No sabía que aquella pregunta tan sencilla terminaría cambiando su vida.

Abrió el mensaje.

La persona que había escrito estaba a miles de kilómetros de ella.

No conocía su rostro.

No conocía su voz.

No sabía cómo se reía ni qué hacía cuando estaba triste.

Solo conocía unas cuantas palabras escritas por alguien que vivía en otro rincón del planeta.

Y, aun así, había algo extraño en aquella sensación.

Como si estuviera abriendo una pequeña ventana hacia un mundo desconocido.

Después llegó otra carta.

Y otra.

Y otra más.

India.

Pakistán.

Corea del Sur.

Nigeria.

Uganda.

Argentina.

Reino Unido.

Brasil.

Malaui.

Irán.

Estonia.

México.

España.

Venezuela.

Países Bajos.

Estados Unidos.

Y también alguien de su propio país.

República Dominicana.

Marla comenzó a guardar algunas de aquellas cartas.

No porque fueran importantes.

Eso se decía a sí misma.

Las guardaba porque le gustaba recordar las conversaciones.

Porque algunas personas conseguían hacerla reír.

Porque otras le contaban cosas que nunca había imaginado.

Porque había quienes hablaban de sus sueños como si todavía creyeran que el mundo podía ser un lugar maravilloso.

Y porque, entre todas aquellas cartas, algunas comenzaron a sentirse diferentes.

Marla todavía no sabía cuáles serían pasajeras.

Cuáles durarían meses.

Cuáles se convertirían en amistades.

Cuáles terminarían en silencio.

Y mucho menos sabía que una de aquellas personas podría llegar a cambiar completamente su manera de entender el amor.

Todavía pensaba que las cartas eran solamente cartas.

Que las distancias eran distancias.

Que un desconocido seguía siendo un desconocido.

Qué equivocada estaba.

Porque algunas historias no comienzan con un encuentro.

No comienzan con una mirada.

Ni con un beso.

Ni siquiera con un "hola" frente a frente.

Algunas historias comienzan con una pantalla iluminada en medio de la noche.

Con unas cuantas palabras.

Con una persona que vive al otro lado del mundo.

Y con una pregunta aparentemente inocente:

"¿Quieres que seamos amigos?"

Marla tomó aire, sonrió y comenzó a escribir.

Sin saber que acababa de enviar la primera carta de una historia que cruzaría el mundo.




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