Una aplicación, una carta y un mundo desconocido
Marla nunca había entendido por qué algunas personas podían sentirse solas incluso estando rodeadas de gente.
Ella misma había experimentado esa sensación.
No era que no tuviera personas a su alrededor. Las tenía. Había familia, conocidos, compañeros, conversaciones cotidianas y mensajes que llegaban durante el día.
Pero había noches en las que todo parecía quedarse demasiado silencioso.
Aquella noche era una de ellas.
Marla estaba acostada en su cama, con el teléfono entre las manos y una manta cubriéndole las piernas. Afuera, Santo Domingo seguía despierto. Algún vehículo pasaba por la calle, se escuchaba ocasionalmente una motocicleta y, a lo lejos, la ciudad continuaba con su propio ritmo.
Ella, en cambio, no tenía sueño.
Abrió una aplicación que había comenzado a utilizar recientemente.
Una aplicación para conocer personas de diferentes partes del mundo mediante cartas.
Al principio le había parecido una idea curiosa.
No era exactamente como hablar por mensajes instantáneos.
Había que esperar.
Y precisamente eso era lo que le gustaba.
Esperar.
No saber inmediatamente qué respondería alguien.
Imaginar quién estaría detrás de esas palabras.
Leer lentamente.
Pensar antes de contestar.
Marla entró en su perfil y observó la lista de personas con las que había comenzado a intercambiar cartas.
India.
Pakistán.
Corea del Sur.
Nigeria.
Uganda.
Argentina.
Reino Unido.
Brasil.
Malaui.
Irán.
Estonia.
México.
España.
Venezuela.
Países Bajos.
Estados Unidos.
Y República Dominicana.
Era extraño pensar que, mientras ella estaba sentada en su habitación, había personas escribiendo desde lugares que probablemente jamás había visto.
Personas que tenían sus propias rutinas.
Sus propios problemas.
Sus propios sueños.
Quizá alguien en India estaba terminando su día.
Quizá alguien en Argentina estaba comenzando el suyo.
Quizá alguien en Uganda estaba sentado frente a una ventana.
Quizá alguien en Corea del Sur estaba regresando de estudiar.
Y quizá alguien en Estados Unidos estaba haciendo exactamente lo mismo que ella:
mirando una pantalla y preguntándose quién estaría al otro lado.
Marla sonrió.
—Qué locura...
Estaba a punto de cerrar la aplicación cuando apareció una notificación.
Has recibido una nueva carta.
Sus ojos se iluminaron.
—¿En serio?
Abrió la carta.
No conocía a la persona.
No sabía su voz.
No sabía cómo se veía.
No sabía siquiera si volverían a hablar después de aquella primera conversación.
Pero leyó.
Y mientras avanzaba por las líneas, algo dentro de ella cambió.
No era una gran revelación.
No era amor.
Ni siquiera era amistad todavía.
Era simplemente curiosidad.
La sensación de haber encontrado una pequeña ventana hacia otra vida.
Marla comenzó a escribir una respuesta.
Se detuvo.
Borró una frase.
Volvió a escribir.
La borró otra vez.
Finalmente sonrió y dejó que sus dedos hicieran lo que querían.
Quizá no necesitaba pensar tanto.
Quizá una carta no tenía que ser perfecta.
Solo tenía que ser sincera.
Cuando terminó, respiró profundamente y pulsó enviar.
La carta desapareció de la pantalla.
Marla dejó el teléfono sobre la cama.
—Listo.
No sabía que aquella pequeña acción terminaría convirtiéndose en una parte importante de su vida.
No sabía cuántas cartas llegarían después.
No sabía cuántas personas conocería.
Y mucho menos sabía que, entre tantos nombres y tantos países, habría alguien cuya carta terminaría esperando con una ilusión que todavía no podía explicar.
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, conocer el mundo sin salir de casa, amistades internacionales
Editado: 21.08.2026