El mundo cabe en una pantalla
Las semanas comenzaron a pasar.
Y Marla ya tenía una rutina.
Despertarse.
Revisar cartas.
Estudiar.
Hacer sus cosas.
Volver a revisar cartas.
Responder.
Esperar.
A veces respondía inmediatamente.
Otras veces dejaba una carta abierta durante horas porque no encontraba las palabras adecuadas.
Había descubierto que escribir a desconocidos era más complicado de lo que parecía.
Porque cuando alguien no te conoce, tienes la oportunidad de mostrarle cualquier versión de ti.
Podías exagerar.
Podías esconder.
Podías fingir.
Pero Marla había decidido hacer lo contrario.
Ser ella misma.
Por eso les contaba pequeñas cosas.
Que le gustaba escribir.
Que soñaba con viajar.
Que estudiaba turismo.
Que había lugares del mundo que quería conocer algún día.
Que algunas canciones podían cambiarle el ánimo.
Que había días en los que tenía demasiadas cosas en la cabeza.
Y que, aunque no siempre sabía cómo explicarlo, le encantaba descubrir historias de otras personas.
Una noche, mientras respondía una carta desde Uganda, se dio cuenta de algo.
Estaba sonriendo.
No porque hubiera ocurrido algo extraordinario.
La conversación simplemente era agradable.
Habían hablado de viajes.
De fútbol.
De música.
De sus países.
De las diferencias culturales.
Y de lo extraño que era pensar que dos personas que jamás se habían visto podían terminar hablando durante horas.
Marla escribió:
"Es increíble. Tú estás allá y yo estoy aquí, pero por unos minutos parece que estamos sentados en el mismo lugar."
Envió la carta.
Después apoyó la cabeza en la almohada.
Pensó en todos ellos.
Personas que jamás había conocido.
Personas cuyos rostros quizá nunca vería.
Y aun así...
había empezado a preocuparse por algunas.
Si alguien tardaba demasiado en responder, se preguntaba si estaría bien.
Si alguien decía que había tenido un mal día, quería animarlo.
Si alguien contaba algo divertido, esperaba poder leer otra historia parecida.
Era extraño.
Pero bonito.
Entonces recibió una carta desde Reino Unido.
Después una desde Brasil.
Luego otra desde Malaui.
Más tarde, Irán.
Estonia.
México.
España.
Venezuela.
Países Bajos.
Estados Unidos.
Y República Dominicana.
Cada notificación parecía traer consigo una pequeña parte del mundo.
Marla empezó a imaginar mapas.
No mapas físicos.
Mapas emocionales.
En su cabeza, cada persona ocupaba un punto.
India.
Argentina.
Uganda.
España.
Corea del Sur.
Todos conectados por líneas invisibles que terminaban en ella.
Una noche abrió Google Maps.
Comenzó a buscar las distancias.
Santo Domingo hasta Nueva Delhi.
Santo Domingo hasta Buenos Aires.
Santo Domingo hasta Kampala.
Santo Domingo hasta Seúl.
Se quedó sorprendida.
—Estamos lejísimos...
Y, sin embargo, las cartas seguían llegando.
Aquello le hizo pensar.
Quizá la distancia no era solamente una cantidad de kilómetros.
Quizá también era la voluntad de dos personas de seguir intentando encontrarse.
Marla cerró el mapa.
Regresó a la aplicación.
Tenía una nueva carta.
La abrió.
Leyó.
Y sonrió.
No sabía todavía cuánto podía significar una persona que vivía tan lejos.
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, conocer el mundo sin salir de casa, amistades internacionales
Editado: 21.08.2026