—Hicieron un excelente equipo —les había dicho antes de salir del salón.
Al entrar a su habitación, dejó la mochila sobre la cama y se quedó mirando el cajón donde estaba guardada la caja de las cartas.
Había intentado ignorarla durante varios días, pero la curiosidad seguía creciendo.
—Solo una... —susurró.
Sacó la caja con cuidado y tomó el primer sobre. Después de unos segundos de duda, lo abrió lentamente.
Dentro había una hoja doblada.
La letra era clara y ordenada.
"Para Daniel Rivas:
Si algún día lees esta carta, quiero que sepas que siempre has sido una buena persona, incluso cuando tú mismo no lo creas. Nunca dejes de ayudar a quienes te rodean, porque algún día conocerás a alguien que cambiará tu vida sin siquiera imaginarlo."
Sofía terminó de leer y guardó silencio.
La carta no tenía fecha, firma ni ninguna pista sobre quién la había escrito.
—¿Quién pudo escribir algo así? —se preguntó.
Volvió a doblar la hoja y la guardó exactamente como estaba.
En ese momento, su madre llamó desde la planta baja.
—¡Sofía! ¡La cena está lista!
—¡Ya voy!
Cerró la caja y la guardó nuevamente en el cajón.
Durante la cena, Elena notó que su hija estaba pensativa.
—¿Todo bien?
—Sí, solo estoy pensando en la escuela.
—Me alegra verte más animada. Ya tienes nuevos amigos.
Sofía sonrió.
—Sí. Son muy buenas personas.
Al día siguiente, en la preparatoria, Daniel se acercó a ella antes de que comenzaran las clases.
—Buenos días, Sofía.
—Buenos días.
—Mateo y yo iremos a la biblioteca durante el receso. ¿Te gustaría acompañarnos con Valeria?
—Claro, me parece buena idea.
Los cuatro pasaron el receso conversando sobre las próximas actividades escolares. Entre risas y anécdotas, Sofía comenzó a sentirse cada vez más cómoda con ellos.
Sin embargo, mientras observaba a Daniel sonreír, recordó las palabras de la carta.
Aquello ya no parecía una simple coincidencia.
Continuará…