Cartas que nunca te envié

Capítulo 8: La trampa familiar perfecta, el vestido azul y el reencuentro que intenté evitar a toda costa

Narrado por Cloe

Estaba en la privacidad y relativa seguridad de mi habitación, asomada a la ventana con mi cámara fotográfica colgando del cuello y buscando encuadres precisos, cuando la puerta se abrió de golpe sin previo aviso y mi hermano Kevin entró con su habitual paso relajado, interrumpiendo mi silenciosa sesión de observación.

—¿Qué estás haciendo, hermanita? —preguntó con curiosidad, acercándose a los ventanales con paso firme mientras yo bajaba el aparato.

Volteé a verlo con una sonrisa y le mostré la pequeña pantalla digital de la cámara, orgullosa del trabajo de composición que había logrado realizar durante la tarde.

—Hermano... solo estoy practicando y tomando algunas fotos —le respondí con suavidad, enseñándole los retratos llenos de luz—. Estas las tomé justo ayer con la cámara profesional que me regaló Axel por mi cumpleaños.

Kevin se quedó observando las imágenes en la pantallita por unos segundos, examinando los detalles técnicos y los contrastes, antes de asentir con total aprobación y una sonrisa genuina.

—Están muy bien hechas, hermanita. Tienes un talento bárbaro para esto, de verdad —sonreí ampliamente ante sus palabras, sintiendo un leve destello de orgullo y satisfacción que me reconfortaba el alma—. Oye, hablando de otra cosa y cambiando de tema, quiero organizar una parrillada familiar este fin de semana en la zona baja. Hace muchísimo tiempo que no pasamos un rato todos juntos y en familia, especialmente desde que me mudé un poco más por mi cuenta para estar cerca de las zonas de pesca.

—¿Una parrillada? —le pregunté, ladeando la cabeza con intriga y parpadeando sorprendida—. ¿Y se puede saber qué tienes pensado preparar esta vez en el menú?

—Puras exquisiteces y cosas de primer nivel, ya me conoces de sobra —respondió con una sonrisa pícara y socarrona, y yo no pude evitar asentir de inmediato, contagiada por su entusiasmo.

—Claro que sí, cuenta conmigo para lo que necesites. ¿Para cuándo la tienes planeada?

—¿Qué tal este fin de semana sin falta? Así nos desconectamos un rato de la rutina y disfrutamos del aire libre.

Asentí de nuevo con la cabeza, pensando con total ingenuidad que me vendría de maravilla pasar un buen rato con mi familia, comer rico y despejar la mente sin pensar en Axel... o al menos eso era lo que creía firmemente en ese momento, antes de caer en la amarga cuenta de que las intenciones de mi hermano mayor nunca, bajo ninguna circunstancia, son tan simples ni inocentes como aparentan.

El tan esperado fin de semana llegó con una puntualidad implacable, trayendo consigo un clima fresco, agradable y con una brisa marina que soplaba suavemente desde la costa. Para la ocasión, decidí dedicarle un poco más de tiempo a mi arreglo personal, buscando sentirme cómoda pero linda a la vez: me puse un vestido corto de un tono azul claro muy favorecedor, con un delicado escote en V y tirantes anchos que realzaban la parte superior, combinándolo con unas medias largas negras que cubrían mis piernas y unos zapatos bajos y cómodos ideales para caminar con seguridad por el terreno irregular de la costa. Para el cabello, opté por hacerme un peinado semi recogido que despejaba mi rostro pero dejaba caer algunos mechones ondulados y sueltos alrededor de mis mejillas.

Kevin nos había citado a todos muy temprano en la parte baja de la ciudad, justo en ese rincón pintoresco y apartado donde el espeso bosque de la costa se conecta directamente con la marea alta, un sitio alejado del bullicio urbano y perfecto para encender una buena fogata, montar una carpa improvisada y hacer una parrillada al aire libre rodeados de naturaleza.

Cuando llegamos al punto de encuentro en compañía de mis padres, mis otros hermanos ya estaban trabajando duro en los preparativos previos. Vi a Jacob, de dieciocho años, concentrado y con el ceño fruncido mientras intentaba encender las brasas de la parrilla con destreza y paciencia, abanicándolas con un cartón para avivar el fuego, mientras que el pequeño Peter, de diez años, corría de un lado a otro con una energía imbatible, ordenando el espacio, juntando piedras y retirando todas las ramas secas del camino para que nadie tropezara.

Con la entusiasta ayuda de todos, comencé a acomodar algunas sillas de madera rústica y taburetes alrededor del área principal de la fogata. El ambiente era cálido, reconfortante, lleno de risas familiares y del sonido constante de las olas rompiendo a lo lejos contra las rocas. Justo en ese momento, vi a mi otra hermana saliendo del agua con una red pesada cargada de varios pescados frescos y diferentes especies marinas que había atrapado con su habitual y sorprendente habilidad bajo el agua. Todo parecía marchar a la perfección, una estampa idílica de paz familiar absoluta que invitaba a la relajación... hasta que el sonido inconfundible de un motor rompió de tajo la armonía del lugar.

De pronto, un carro conocido demasiado bien por mí dobló por el sendero de tierra y se estacionó justo a pocos metros de donde estábamos reunidos.

En una fracción de segundo, mi cuerpo se tensó de forma automática, pasando de la tranquilidad absoluta a un estado de alerta roja máxima. Del vehículo bajó Axel con total naturalidad, cargando entre los brazos una gran caja llena de verduras frescas y suministros.

Mi mente empezó a trabajar a mil por hora, atropellándose los pensamientos con violencia: ¿Por qué diablos está aquí? ¿Vino invitado a la parrillada familiar? ¿Fue Kevin quien lo invitó a mis espaldas? ¿Por qué haría algo tan cruel y despiadado conmigo?

El pánico se apoderó de cada fibra de mi ser, y al ver que él comenzaba a caminar hacia nosotros, mis piernas, guiadas por pura memoria muscular y el instinto de supervivencia, se prepararon para dar media vuelta y salir huyendo despavorida como lo había hecho en el muelle.

Estaba a solo un segundo de emprender la carrera hacia el sendero cuando una sombra rápida se interpuso en mi camino: Kevin acababa de clavar su larga lanza de pesca de forma totalmente vertical y firme justo frente a mis zapatos, bloqueándome el escape por completo.




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