Narrado por Cloe
La tenue luz de la tarde apenas se filtraba a través de las cortinas de mi habitación, proyectando sombras alargadas sobre el suelo de madera mientras yo revisaba por enésima vez los cajones de mi tocador, buscando algo que estuviera a la altura de la ocasión, aunque repetía mentalmente que solo íbamos a una simple despedida entre amigos. Faltaban apenas un par of horas para la fiesta que la gente del pueblo le había organizado a Axel en la zona recreativa costera, y los nervios me cosquilleaban en la boca del estómago como si tuviera una colonia entera de mariposas furiosas atrapadas ahí dentro.
Decidí que no podía quedarme encerrada armando dramas sola, así que tomé aire, salí de casa y caminé las pocas calles que separaban mi hogar del viejo taller y la casa de Axel. Cuando llegué, toqué un par de veces la puerta de madera antes de abrir con la confianza que nos daban tantos años de conocernos. Lo encontré de pie junto a su cama, rodeado de maletas a medio cerrar, cajas de cartón y una pila de ropa desordenada que reflejaba el caos absoluto que también reinaba en su cabeza ante su inminente partida a la universidad de California.
Axel vestía una camiseta vieja de algodón y unos pantalones deportivos, con el cabello revuelto y una expresión de fastidio absoluto pintada en el rostro. Al verme entrar con una bolsa pequeña en las manos, suspiró pesadamente y dejó caer sobre la cama la prenda que tenía en las manos.
—No voy a ir, Cloe —fueron sus primeras palabras, directas y rotundas, sin darme tiempo ni a saludar—. Te lo digo en serio, no tengo ganas de aguantar discursos falsos de gente que apenas conozco, abrazos de despedida de compromiso y gente haciéndome preguntas sobre una carrera que ni siquiera sé si podré terminar. Prefiero quedarme aquí encerrado empaquetando mis cosas.
Lo miré fijamente, sintiendo que una mezcla de ternura y frustración se apoderaba de mí. Sabía perfectamente que su actitud huraña era solo una fachada para ocultar el terror inmenso que sentía ante el cambio de vida que se le venía encima, el mismo terror que yo intentaba ahogar todos los días. Me acerqué con paso firme hasta quedar a pocos centímetros de él, cruzando los brazos sobre mi pecho y adoptando mi mejor expresión de hermana mayor mandona, aunque por dentro me temblaran hasta las pestañas.
—No digas tonterías, Axel —le reproché con firmeza, sacudiendo la cabeza—. No te vas a quedar metido en esta habitación oscura oliendo a cajas de cartón y nostalgia en tu última noche en el pueblo. Todos tus amigos, los de verdad, quieren verte, despedirse y celebrar que lo lograste. Tienes que ir, quieras o no. Y te vas a poner esa camisa oscura que te queda bien, la que hace juego con tus ojos, porque no pienso dejar que arruines tu propia fiesta por un ataque de testarudez.
Axel me miró de arriba abajo, con una media sonrisa irónica y cansada dibujándose lentamente en las comisuras de sus labios, esa misma sonrisa que tantas veces me había desarmado la resistencia a lo largo de los años.
—Eres increíble, Cloe... —murmuró con voz ronca, negando con la cabeza mientras se pasaba una mano por el cabello revuelto—. Siempre logras que haga lo que tú quieres, incluso cuando estoy decidido a encerrarme bajo llave. ¿Cómo le haces para mandarme de esta manera y que aun así no pueda negarme?
—Porque alguien tiene que mantener la cordura en esta relación, especialmente cuando tú te empeñas en perderla —le respondí intentando sonar bromista, aunque sentía que el aire empezaba a escasear en la habitación solo de tenerlo tan cerca—. Y hablando de la fiesta y de tu partida... traje algo para ti. No quería esperar a que te subas al autobús.
Los ojos oscuros de Axel se abrieron con genuina sorpresa. Dejé la pequeña bolsa de papel estraza sobre el escritorio y saqué de su interior un marco de madera rústica, pulida a mano, que protegía una fotografía muy especial impresa en blanco y negro. Era una imagen que yo misma había capturado un par de años atrás en nuestro rincón favorito de la costa, en el preciso instante en que él reía despreocupado mientras el viento le levantaba el cabello, con el mar rompiendo en el fondo de manera perfecta. En la parte posterior del marco, escrita con mi letra más cuidadosa, había grabado una pequeña nota de aliento para recordarle de dónde venía.
Axel tomó el marco entre sus manos con una delicadeza extrema, como si se tratara de algo sumamente frágil que fuera a romperse en cualquier momento. Sus dedos rozaron el borde de la madera y luego se detuvieron en la imagen, mientras un silencio pesado, cargado de mil emociones no pronunciadas, envolvía la habitación de inmediato. Vi cómo su garganta se movía al tragar saliva con fuerza, y cuando volvió a levantar la vista hacia mí, sus ojos brillaban con un destello húmedo y transparente que hizo que mi propio corazón diera un vuelco doloroso en el pecho.
(Pensamiento profundo de Cloe: "Míralo... tiene la foto en las manos y parece que le acabase de regalar el universo entero. ¿Por qué me miras así, Axel? Si sigues poniéndome esa cara de vulnerabilidad y ternura, voy a echar por la borda nuestra estúpida tregua de amigos, voy a olvidarme de California y de todo, y te voy a suplicar que te quedes conmigo para siempre. Eres mi debilidad más grande, el punto exacto donde soy completamente vulnerable").
—Cloe... esto... esto es increíble —logró decir Axel finalmente, con la voz rota, un hilo tembloroso que apenas lograba salir de su boca—. De verdad que no te hubieras molestado. Es... es el mejor regalo que me han dado en la vida. Te juro que lo voy a llevar conmigo a cada rincón de California, lo pondré en mi mesa de noche para acordarme de este lugar y de ti cada maldita noche.
—Guarda tus cursilerías para cuando estés allá echándome de menos por no tener a nadie que te soporte —le contesté rápidamente, intentando disfrazar el temblor de mi voz con una risa nerviosa y falsa, mientras sentía que las lágrimas amenazaban con desbordarse por mis pestañas—. Solo asegúrate de cuidarlo y de no perderlo en la mudanza, ¿entendido?
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Editado: 29.09.2026