Narrado por Axel
Estaba atrapado, completamente prisionero en el centro exacto de un círculo ruidoso y agobiante compuesto por risas estridentes, conversaciones vacías y música a un volumen insoportable que me martillaba las sienes. Los chicos del pueblo y un grupo numeroso de chicas que habían venido desde los alrededores se habían empeñado en rodearme por completo, haciendo bromas pesadas y constantes sobre mi inminente partida a la universidad de California y brindando con tragos alcohólicos que apenas si había tenido el valor de probar. Mantenía una sonrisa educada, tensa y completamente artificial instalada en el rostro, asintiendo de manera mecánica a comentarios y preguntas sobre mi futuro que en ese preciso instante me importaban absolutamente nada, mientras por dentro lo único que deseaba con cada fibra de mi ser era que toda esa gente desapareciera por arte de magia y me dejara en paz de una vez por todas.
Una de las chicas, una rubia de rizos muy marcados y un perfume dulzón y empalagoso que no recordaba haber visto jamás en mi vida, se había pegado a mi hombro izquierdo con una familiaridad descarada y una confianza que me incomodaba profundamente. Me tocó el antebrazo de forma deliberada con sus uñas pintadas y comenzó a arreglarme el cuello de la camisa con una lentitud exasperante, soltando risitas agudas cada dos segundos para llamar mi atención. Yo solo atiné a retroceder un milímetro, rígido como una estatua, ofreciéndole una respuesta sumamente cortés, seca y distante, intentando no ser grosero para evitar un escándalo innecesario, pero deseando con toda el alma que se largara lejos de mí.
(Pensamiento profundo de Axel: "Por favor, que alguien se las lleve bien lejos de aquí de una maldita vez. ¿Qué rayos hacen encima de mí, pegadas como garrapatas? No las soporto. No me interesa en lo más mínimo su atención, ni sus risitas estúpidas, ni sus abrazos prefabricados de despedida que huelen a falsedad. Si esa tipa vuelve a tocarme el brazo o a invadir mi espacio vital, voy a inventar cualquier excusa idiota, las voy a mandar a volar y me largaré corriendo. Lo único que quiero es que esta pesadilla ruidosa termine, respirar aire puro y estar en un lugar donde pueda pensar con claridad").
Intenté con desesperación desviar la mirada por encima de los hombros de quienes me rodeaban, buscando un escape mental o un espacio vacío en el horizonte, y fue exactamente en ese momento cuando mis ojos la encontraron a ella, rompiéndome el esquema por completo.
Cloe estaba de pie a unos cuantos metros de distancia, apartada cerca de una mesa de madera rústica, sosteniendo un vaso de plástico desechable con tanta fuerza entre los dedos que los nudillos se le veían completamente blancos, desprovistos de sangre. Estaba sola, luciendo ese hermoso vestido azul que le quedaba como un guante y que realzaba cada detalle de su figura, y aunque intentaba mantener una fachada de absoluta tranquilidad frente a los demás, la conocía lo suficientemente bien como para notar el sutil temblor en su mandíbula, la rigidez de sus hombros y la forma en que sus ojos recorrían la escena con un fuego invisible y peligroso. Por un segundo eterno, nuestros ojos se cruzaron a través de la densa multitud, y sentí un vuelco brutal, casi doloroso, en el centro del pecho; quise zafarme de inmediato del grupo de pesadas, ignorar los gritos y correr a su lado para jurarle que ninguna de esas mujeres me importaba, que el único lugar en todo el universo donde quería estar era con ella.
Pero antes de que mis pies pudieran reaccionar y dar un solo paso en su dirección, la situación dio un giro drástico y violento que me heló la sangre por completo y encendió una chispa de rabia ciega e incontrolable en mis entrañas.
Un chico del pueblo, uno de esos tipos insoportables, presumidos y sobrados que siempre andaban pavoneándose por las esquinas buscando problemas y que jamás me habían caído bien, se le había acercado con una sonrisa canchera y confianzuda. El maldito imbécil se paró demasiado cerca de Cloe, invadiendo su espacio vital sin ningún respeto, apoyando una mano con descaro en el borde de la mesa y comenzando a hablarle con una familiaridad asquerosa que me revolvió el estómago de inmediato. Al principio, en mi negación, intenté convencerme de que era una simple charla casual, una cortesía forzada entre conocidos de la zona; pero entonces ocurrió lo imperdonable: Cloe soltó una risa ligera, una de esas sonrisas educadas pero que el tipo interpretó mal, y levantó la vista para mirarlo fijamente a los ojos mientras él se inclinaba aún más para decirle algo al oído que la hizo sonrojarse levemente.
(Pensamiento profundo de Axel: "¿Pero qué se cree este maldito imbécil creído viniendo a invadir su espacio de esa manera tan descarada? ¿Quién diablos le dio permiso para pararse tan cerca, mirarla así y hablarle al oído con esa sonrisita de suficiencia de mierda? Cloe, por favor, aléjate de él ahora mismo. No te rías de sus estupideces, no le des pie ni confianza para que siga coqueteándote en mis propias narices. Mierda... juro que me estoy volviendo completamente loco. Me quema por dentro, me corroe el alma verla sonreírle a otro idiota, ver cómo ese sujeto la mira como si tuviera algún derecho sobre ella. ¡Ayer mismo estábamos juntos! Me regaló una foto que me destrozó el alma de ternura y amor, ¿y ahora tengo que soportar esta tortura viendo a cualquier aparecido intentando ganarse su atención mientras yo estoy aquí atado de manos, rodeado de estas idiotas? Lo odio con todas mis fuerzas. Juro por Dios que si ese tipo vuelve a acercarse un centímetro más o se atreve a tocarle la mano, voy a cruzar este pasto volando y le voy a romper la cara de un solo y certero golpe. ¡Ella es mía, joder! La quiero solo para mí, y verla ahí, riéndose de otro justo en mi propia fiesta de despedida, es una maldita tortura infernal que me está envenenando el alma y la paciencia").
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Editado: 29.09.2026