Cartas que nunca te envié

Capítulo 12 (Parte 3): El eco de la furia, los celos destapados y el punto de quiebre sin retorno

El sendero de tierra batida, raíces salientes y maleza oscura se desvanecía rápidamente conforme nos alejábamos de las luces parpadeantes, la música estridente y el bullicio ensordecedor de la fiesta de despedida en la costa. La brisa marina soplaba con una fuerza inusual, fría y directa, trayendo consigo el olor profundamente salado del mar y el golpeteo constante e imponente de las olas rompiendo con furia contra las rocas afiladas del acantilado. Axel no había disminuido el ritmo de su paso ni un solo segundo, arrastrándome casi a la fuerza por el camino familiar, polvoriento y conocido que conducía directamente a nuestro viejo refugio clandestino entre los árboles, aquel rincón apartado y secreto donde habíamos pasado gran parte de nuestra infancia compartiendo risas, travesuras y confidencias.

En cuanto cruzamos la densa línea de los matorrales y pisamos el suelo del claro privado, la presión y la tensión acumuladas en mi pecho durante toda la noche estallaron de golpe, como una presa a punto de ceder. Con un movimiento brusco, violento y cargado de indignación, sacudí mi muñeca con fuerza hasta liberarme por completo de su agarre. Mis pulmones trabajaban a prisa, tragando aire de forma descontrolada, y el vestido azul claro parecía quedarme demasiado estrecho, asfixiante, ante la rabia ciega que me quemaba las entrañas.

—¡¿Te has vuelto completamente loco, Axel?! —le grité a pleno pulmón, dando un paso agresivo al frente con los puños tan apretados a los costados que las uñas se me clavaban en las palmas, sintiendo la voz completamente quebrada por la ira—. ¡¿Qué demonios te pasa en la cabeza para sacarme de ahí de esa manera tan violenta y grosera, enfrente de todo el mundo y haciendo un espectáculo ridículo?! ¡¿Quién te has creído que eres para arrastrarme de la mano así como si fuera un maldito objeto de tu propiedad privada?!

Axel se detuvo en seco frente a mí, con el pecho subiendo y bajando de forma violenta. Se pasó las manos por el cabello revuelto, respirando agitadamente mientras intentaba contener una frustración que lo desbordaba por completo. Sus ojos oscuros brillaban en medio de la penumbra del bosque con una intensidad furiosa, reflejando exactamente el mismo fuego desatado que me consumía a mí por dentro. Al escuchar mis reproches, su propia paciencia, ya bastante mermada, se rompió en mil pedazos y me devolvió el grito con la misma fuerza brutal.

—¡Sí, me volví loco, Cloe! ¡Eso es exactamente lo que me pasa y lo que te niegas a ver! —explotó Axel, dando un paso amenazante hacia mí con los ojos encendidos de coraje y desesperación—. ¡¿Y pretendías que me quedara allí parado como un estúpido imbécil viendo cómo ese maldito tarado se te acercaba demasiado, te hablaba al oído con confianza y te hacía sonreír de esa manera tan coqueta? ¡Estaba a punto de perder la cabeza y golpear a alguien!

—¡¿Y a ti exactamente qué te importa con quién hable, de qué hable o a quién le sonría en una maldita fiesta?! —le contesté chillando con desesperación, sintiendo cómo las lágrimas punzantes de rabia se acumulaban con fuerza en mis ojos—. ¡Se supone que solo somos mejores amigos, Axel! ¡Eso fue exactamente lo que acordamos en la parrillada de Kevin! ¡Tú mismo lo dijiste con tus propias palabras: "como si nada hubiera pasado, como siempre"! ¡Así que no tienes ningún maldito derecho a venir a celarme ni a montar una escena de celos ridícula en medio de mi vida, y menos cuando estabas muy risueño y complaciente dejando que todas esas malditas aparecidas del pueblo vecino se te desvivieran encima! ¡Coqueteándote con descaro, tocándote el cuello y pegadas a tu hombro como si fueras de su exclusiva propiedad! ¡¿Acaso querías que te aplaudiera y te echara porras mientras te lucías con tus amiguitas plásticas enfrente de mis propias narices?!

—¡Ah, de modo que estabas al pendiente y te diste cuenta de eso! —replicó Axel soltando una risa amarga y cínica, apretando la mandíbula con furia y acortando aún más la distancia entre nosotros—. ¡No me vengas con hipocresías ahora, Cloe, no me digas que te molestó ver eso! ¡Porque estuve toda la maldita noche intentando ignorar a esas tipas mientras tú te la pasabas muy agusto de coqueta con el primer imbécil que se te acercó a tirar la labia! ¡¿Crees que es remotamente fácil para mí ver cómo te ríes con otros idiotas mientras tengo que soportar esta farsa de mierda de ser "solo mejores amigos" cuando me muero de celos y de dolor por dentro?

—¡Pues haberlo pensado mil veces antes de aceptar la maldita tregua, idiota! —le devolví el grito con odio puro, sintiendo que la garganta me quemaba por el llanto retenido y la desesperación—. ¡Fuiste tú el que se encogió de hombros y aceptó este trato cobarde de mantener las distancias! ¡Así que no vengas ahora a reclamarme absolutamente nada, porque si estás celoso es tu maldito problema, una consecuencia de tus propias decisiones, no el mío! ¡Vete a California de una vez con tus queridas amiguitas de pacotilla y déjame en paz con mi vida de una buena vez!

—¡Perfecto! ¡Eso era exactamente lo que querías escuchar salir de mi boca, no?! ¡Que me voy a largar y ya no tendrás que verme la cara! —vociferó Axel totalmente fuera de sí, dando media vuelta de forma violenta y pateando con toda su rabia un grueso tronco caído en el suelo—. ¡Cansado estoy, harto de adivinar qué diablos pasa por tu maldita cabeza, Cloe! ¡Si tan insoportable te parezco y tanto te estorba y te molesta mi presencia en este pueblo, juro por Dios que no tienes que volver a preocuparte por mí ni un segundo más! ¡Se acabó, se terminaron los juegos!

—¡Lárgate entonces de una vez por todas! ¡No te necesito para nada! —le grité con toda la fuerza que me quedaba en los pulmones, rompiendo a llorar abiertamente de pura impotencia, dolor y frustración acumulada—. ¡Vete a tu codiciada universidad, quédate rodeado de tus estúpidas admiradoras y olvídate para siempre de que existo!

Axel se quedó completamente congelado un segundo ante mis duras palabras, con el pecho agitando el aire con violencia, la mandíbula tensa hasta el punto del dolor y los ojos oscurecidos por un profundo rencor. Me miró una última vez con una mezcla devastadora de desprecio, hartazgo y un dolor inmenso antes de dar media vuelta de golpe, dándome la espalda. Sin decir una sola palabra más, sin mirar atrás, se adentró de nuevo y con paso firme en la oscuridad del sendero del bosque, dejándome allí completamente sola, empapada en lágrimas, temblando de pies a cabeza y con el corazón hecho trizas en medio del claro, sabiendo perfectamente que habíamos destruido sin remedio cualquier puente posible entre nosotros justo antes de su inminente partida.




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