Cartas que nunca te envié

Capítulo 13: Las maletas cerradas, las manos rotas, la cura de una madre y el eco irreversible de un adiós sin vuelta atrás

Narrado por Axel

La luz gris, desvaída y profundamente fría del amanecer apenas comenzaba a filtrarse de manera perezosa a través de las rendijas de las viejas persianas de madera de mi habitación, iluminando de forma cruda el caos absoluto que reinaba a mi alrededor. Tenía los ojos completamente hinchados, pesados, resecos y ardiendo con un dolor punzante y constante; me había pasado lo que restaba de la madrugada entera llorando en riguroso silencio contra la almohada, ahogando los sollozos más profundos en la tela para no despertar a la casa, y desatando toda mi impotencia, mi frustración y mi desesperación golpeando con los nudillos desnudos la pared de yeso y los muebles viejos de mi cuarto. Cada músculo de mi cuerpo dolía de una forma extraña, con una pesadez física insoportable, pero ese dolor corporal no era absolutamente nada, una simple mota de polvo, comparado con el vacío desgarrador, punzante y absoluto que se había instalado de manera permanente en el centro de mi pecho desde el preciso instante en que salí corriendo del claro del bosque tras la desastrosa, violenta e irreparable pelea con Cloe.

Me encontraba de rodillas frente a la maleta de lona abierta de par en par sobre la superficie de la cama, doblando de manera mecánica, torpe y ausente las últimas camisas y pantalones que me quedaban por empacar antes de la partida. Mis nudillos estaban completamente destrozados, enrojecidos, horriblemente hinchados y cubiertos por pequeños cortes profundos que aún exudaban hilos de sangre seca, testimonio mudo de los golpes furiosos y descontrolados que había propinado contra la madera y el cemento durante las horas más oscuras de la madrugada, cuando la rabia ciega, el miedo al futuro y el dolor por el desamor habían nublado por completo mi juicio, haciéndome perder el control de mis actos.

La puerta de la habitación se abrió con un leve y conocido crujido en las bisagras, y mi madre apareció lentamente en el umbral. Traía en las manos un pequeño cuenco de cerámica con agua tibia, una botella de alcohol medicinal, un rollo de algodón y unas vendas blancas de gasa limpia. Su rostro reflejaba una mezcla desgarradora de profunda preocupación, cansancio y una tristeza contenida; me conocía demasiado bien, desde el día en que nací, y sabía perfectamente que no había pegado los ojos ni un solo minuto en toda la noche.

—Hijo... vine a ver cómo estabas, traje esto para curar esas manos —dijo con una suavidad infinita, casi un susurro cálido, en la voz, acercándose despacio con paso firme y sentándose con cuidado en el borde de la cama, justo al lado de donde yo estaba arrodillado entre la ropa desordenada.

No protesté, no dije una sola palabra ni aparté las manos. Dejé simplemente que tomara mis muñecas con una delicadeza abrumadora. Mientras empapaba un copo de algodón en el alcohol y comenzaba a limpiar con sumo cuidado las heridas abiertas y sucias de mis nudillos, el escozor químico y punzante me hizo contraer ligeramente el rostro en una mueca de dolor, pero apenas lo sentí realmente; mi mente estaba en otra parte, atrapada en el eco de los gritos de la noche anterior. Mi madre guardó un respetuoso silencio durante unos cuantos instantes, observando la forma en que mis manos temblaban de manera involuntaria, hasta que decidió empezar el inevitable interrogatorio que llevaba gestándose desde que me escuchó llegar a la casa hecho polvo, destruido y con los pasos pesados en la madrugada.

—Anda, dímelo de una vez, Axel, no te guardes nada —susurró con una calma maternal envidiable, levantando lentamente la mirada para buscar mis ojos rojos e hinchados—. ¿Qué demonios te pasó en las manos para tenerlas en este estado deplorable? Y lo que es aún más importante... ¿qué fue exactamente lo que pasó anoche con Cloe para que volvieras a la casa en este nivel absoluto de destrucción emocional? Te escuché golpear las cosas y llorar durante horas desde mi habitación, y se me rompió el corazón.

Bajé de inmediato la vista hacia el suelo de madera oscura, sintiendo cómo un nudo sumamente espeso, caliente y pesado se volvía a formar con fuerza en mi garganta, amenazando con ahogarme de nuevo. Intenté tragar saliva con dificultad, pero el esfuerzo me quemaba por dentro como si tragara fuego.

—Peleamos, mamá... peleamos de una manera que ya no tiene regreso —muriculé con la voz completamente ronca, apenas un hilo de aire tembloroso que se quebraba dolorosamente al pronunciar su nombre—. Tuvimos una discusión terrible, desquiciada, en medio de la fiesta de despedida y el bosque. Me sacó de quise por completo ver a un imbécil cualquiera coqueteándole en mis narices, perdí la cabeza, fui a sacarla de ahí a la fuerza, y cuando llegamos al claro privado explotamos los dos al mismo tiempo. Nos dijimos de todo, mamá. Nos sacamos en cara los celos enfermizos, las tonterías de la fiesta, las chicas que se me pegaron, los chicos que la rondaban... todo lo que llevábamos semanas acumulando en silencio y fingiendo muy malamente frente al otro.

Para mi completa sorpresa, en lugar de sermonearme, regañarme severamente por perder los estribos o reprocharme mi actitud infantil, mi madre soltó un suave y largo suspiro, y una pequeña, casi imperceptible y nostálgica sonrisa se dibujó con lentitud en las comisuras de sus labios. Terminó de pasar el algodón con alcohol y comenzó a vendarme los nudillos con una destreza admirable, apretando la gasa con firmeza pero sin lastimarme.

—Ay, hijo mío... si es que era una crónica de una muerte anunciada, era simplemente cuestión de tiempo para que esa bomba de tiempo estallara de la peor manera —dijo con total naturalidad, negando suavemente con la cabeza mientras trabajaba en mis heridas—. Sabes perfectamente, porque nunca te lo he ocultado, que desde que eran unos niños pequeños correteando por las calles de este pueblo, yo siempre soñé con que Cloe fuera mi nuera. Siempre supe, con el instinto que no falla, lo muchísimo que te gustaba, aunque te empeñaras en disimularlo malamente todo este tiempo con el tonto cuento de la amistad inquebrantable. Las madres siempre lo sabemos absolutamente todo, Axel, aunque ustedes crean que nos engañan.




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