Narrado por Cloe
La oscuridad de la habitación era absolutamente densa, profunda y abrumadora, rota únicamente por el brillo frío, parpadeante y azulado de la pantalla de mi teléfono móvil, que se encontraba apoyado contra la almohada mientras yo yacía hecha un ovillo entre las sábanas revueltas. Tenía los ojos completamente hinchados, pesados, irritados y ardiendo sin descanso; la garganta la tenía totalmente reseca, áspera y adolorida de tanto sollozar durante horas, y el pecho comprimido por un dolor físico tan agudo, punzante y real que apenas me permitía introducir aire suficiente en los pulmones. Del otro lado de la línea, a través de la pequeña pantalla de la videollamada, el rostro de mi querida amiga Mia reflejaba una mezcla desgarradora de profunda preocupación, empatía y desconcierto al verme convertida en un completo desastre humano, destruida por la culpa y el llanto.
—Cloe, por favor, te lo suplico, cálmate un poco, respira hondo porque vas a hiperventilarte y te vas a desmayar ahí sola —me suplicaba Mia con una voz sumamente suave, paciente y cargada de cariño desde Los Ángeles, intentando transmitirme algo de paz y cordura a través de los miles de kilómetros de distancia que nos separaban—. Vamos, hazme caso, inhala despacio y exhala. Me estás contando que la pelea fue de proporciones apocalípticas, pero tienes que tranquilizarte y ordenar tus ideas para que me expliques con claridad exactamente qué fue lo que pasó.
Sollocé de nuevo con fuerza, contrayendo el rostro y enterrando la cara entre las palmas de las manos antes de volver a enderezarme para mirar la pantalla, dejando salir toda la bilis, el remordimiento, la frustración y la desesperación que me quemaban vivas las entrañas por dentro.
—¡Es que es un imbécil sin remedio, Mia! ¡Un maldito cabeza dura! —le grité a la pantalla con la voz completamente rota, temblorosa, mientras me limpiaba las lágrimas sucias con la manga de la pijama—. Me sacó de la fiesta a la fuerza bruta, sin importarle nada, me arrastró por el sendero hacia el bosque como si fuera una maldita pertenencia suya, y allí terminamos gritándonos de una manera espantosa, horrible. ¡Le reproché con odio lo de las tipas plásticas del pueblo vecino y él me reprochó que hablara con otros chicos! ¿Y sabes qué es lo peor de todo, lo que de verdad me está volviendo loca? Que me duele en el alma haberme puesto de esa manera. No entiendo, te juro que no logro comprender por qué demonios me puse tan furiosa, tan ciega de celos rabiosos solo por verlo rodeado de otras mujeres. ¿Por qué diablos me importó tanto? ¡Si se supone que éramos solo mejores amigos!
Mia soltó de inmediato una suave, incrédula y tierna carcajada al otro lado del océano, negando lentamente con la cabeza mientras me miraba con una mezcla de infinita compasión y una obviedad tan grande que me dolió más que los gritos.
—Ay, Cloe... querida amiga, eres oficialmente la chica más tonta, ciega, terca y negadora de todo este maldito planeta —dijo Mia con una media sonrisa comprensiva y burlona en los labios—. ¿De verdad, en serio, todavía a estas alturas te estás preguntando por qué estabas tan celosa? ¿Necesitas de verdad que te dibuje la respuesta con manzanas para que la entiendas?
La miré a través del brillo de la pantalla con el ceño fruncido, completamente confundida, ofendida y desconcertada por su inesperada risa en medio de la peor tragedia de mi existencia.
—¿De qué demonios estás hablando, Mia? ¿Qué se supone que significa esa sonrisita y esa pregunta? —le reclamé con tono quejumbroso, secándome la nariz.
—Significa, mi pobre e ingenua amiga, que esos celos enfermizos, esa rabia incontrolable y ese fuego abrasador que sentiste quemándote las entrañas no salieron de la magia ni de la nada —respondió Mia con absoluta firmeza, cruzándose de brazos frente a la cámara del teléfono—. Axel estaba exactamente igual de furioso y celoso porque siente algo muy profundo y real por ti, y tú reaccionaste de esa manera tan visceral porque estás enamorada de él hasta los huesos, Cloe. ¡Despierta de una vez a la realidad! Los amigos de toda la vida no se ponen furiosos de celos ni se desmoronan emocionalmente de esa manera tan patética solo porque el otro le sonría a un desconocido en una fiesta.
Me quedé en completo y absoluto silencio, con la respiración suspendida en los labios y los ojos fijos en la pantalla, mientras las palabras directas y sin filtros de Mia resonaban en mi mente como un eco pesado, contundente e innegable que había intentado silenciar, reprimir y enterrar bajo siete llaves durante años enteros. Negué con la cabeza frenéticamente de inmediato, aterrada ante la inmensa magnitud de la verdad que acababa de estallarme en la cara.
—No... no, Mia, por favor, ya es demasiado tarde para eso, ya no importa —muriculé con un hilo de voz apenas perceptible, sintiendo que el pánico helaba la sangre en mis venas—. Anoche terminamos de la peor forma posible, rompimos todos los puentes. Nos dijimos cosas horribles e imperdonables, me gritó que se largaba para siempre y yo le grité que se fuera y que no volviera a buscarme jamás. Todo se acabó para siempre.
—Pues si tanto te duele, si el alma se te está cayendo a pedazos y de verdad lo amas tanto como dices, lo vas a arreglar mañana mismo sin falta, antes de que se suba a ese avión o barco rumbo a California —sentenció Mia con absoluta autoridad y dureza en la voz—. Ya no hay espacio para el orgullo estúpido, Cloe. Llámalos, búscalo en cuanto amanezca y dile toda la verdad de frente, o te juro que vas a cargar con este arrepentimiento el resto de tu maldita vida.
Me quedé pensando profundamente en sus palabras, sintiendo cómo una pequeña, frágil pero luminosa chispa de esperanza, valor y urgencia nacía de repente entre los escombros humeantes de mi corazón destrozado.
—Tienes razón... tienes toda la razón absoluta, Mia —asentí repetidas veces con la cabeza, secándome las últimas lágrimas con una repentina determinación—. Mañana muy temprano, apenas los primeros rayos de sol iluminen el pueblo, iré corriendo a buscarlo a su casa antes de que se marche a la estación. Estaba tan ciega y horrible anoche que necesito pedirle perdón de rodillas y confesarle lo que siento cara a cara. Gracias, de verdad, gracias por abrirme los ojos a la fuerza, amiga. Hablamos luego, descansa.
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Editado: 29.09.2026