Cartas que nunca te envié

Capítulo 15: Diez años después, el refugio en Los Ángeles, la rutina del estudio y la persistente chispa de Mia

Narrado por Cloe

Diez años. Una década entera medible no solo en el paso implacable de las estaciones, sino en atardeceres interminables pintados de tonos cobrizos y violetas sobre el océano Pacífico, en el sonido constante, casi hipnótico, de las gaviotas volando en círculos sobre los muelles, y en el peso sordo, silencioso y constante de una ausencia que nunca, ni por un solo segundo de estos diez largos años, terminó de sanar del todo en mi interior.

Después de graduarme de la secundaria y de vivir aquel fatídico, doloroso y desgarrador episodio en el muelle de la costa, donde vi con impotencia cómo el barco se alejaba lentamente llevándose a Axel hacia un futuro lejano, mi vida dio un vuelco absoluto y drástico. Decidí con todas las fuerzas de mi alma que quedarme en el pueblo, respirando el mismo aire cargado de recuerdos, tropezándome con las mismas esquinas y reviviendo el eco de nuestros gritos en cada rincón, iba a destruirme por completo hasta dejarme reducida a cenizas. Postulé con desesperación, largas horas de estudio y una beca parcial a una universidad en Los Ángeles para especializarme formalmente en la carrera de fotografía, y la carta de aceptación llegó a mi buzón como un salvavidas lanzado en medio de la tormenta perfecta.

Apenas puse un pie en California, cargada con un par de maletas pesadas y el corazón hecho trizas, me fui a vivir temporalmente al pequeño pero acogedor departamento de Mia. Con el paso de los años, trabajando de sol a sol en lo que fuera necesario, cargando equipo pesado y ahorrando cada centavo que ganaba con mi cámara al hombro, logré reunir lo suficiente para dar el pago inicial de una pequeña casa propia, situada muy cerca de la costa, donde el sonido del mar era lo único que lograba acallar mis pensamientos antes de dormir. Era lo más parecido a un hogar que pude construir; de hecho, cada vez que la nostalgia me apretaba el pecho con fuerza y extrañaba las raíces, las risas de mis hermanos o la calidez de mis padres —a quienes visitaba rigurosamente cada año durante las vacaciones decembrinas—, bastaba con sumergirme en las frías olas del océano para sentir que, de alguna manera extraña, el agua me devolvía por unos instantes a los brazos de lo que conocía y amaba.

En el presente, mi vida laboral transcurría en un pequeño estudio fotográfico independiente, diverso y concurrido ubicado en una zona céntrica de la ciudad. No era ni por asomo el estudio de alta gama, vanguardista y sofisticado con el que alguna vez había soñado en mis momentos más ambiciosos de juventud, pero cumplía con su propósito fundamental: pagar las cuentas de forma holgada y mantener el alquiler al día. A veces, con un poco de suerte y persistencia, lograba convencer al periódico local o a alguna revista de mediana categoría para que compraran un par de mis tomas urbanas, callejeras o artísticas en blanco y negro. Sin embargo, la gran mayoría de mis ingresos mensuales provenía de lo estrictamente mundano y comercial: sesiones familiares de fin de semana con niños haciendo berrinches, el alquiler de mis servicios profesionales como fotógrafa para fiestas infantiles llenas de globos, graduaciones universitarias masivas, bodas donde los novios nerviosos sudaban el traje, y eventos corporativos donde la gente solo quería verse perfecta y sonriente para llenar un álbum digital que probablemente terminaría olvidado en una nube de internet.

No tomaba las fotos que realmente deseaba mi alma; el obturador de mi cámara rara vez capturaba el arte libre, crudo y desgarrador que bullía constantemente en mi cabeza y en mis cuadernos de bocetos. Pero pagaba el alquiler, llenaba el refrigerador y mantenía mi mente ocupada las diez horas del día. O al menos eso era lo que me repetía todas las mañanas frente al espejo del baño, intentando convencerme de que estaba exactamente donde debía estar.

Me encontraba en medio de una sesión vespertina particularmente agotadora, terminando de guiar con paciencia infinita a una familia numerosa que batallaba desesperadamente para que los dos niños pequeños miraran al lente al mismo tiempo sin hacer muecas, cuando la puerta principal del estudio se abrió de par en par con un chirrido familiar. Mia entró casi trotando, agitando un periódico local enrollado en la mano derecha con una expresión de emoción pura y desbordante pintada en los ojos.

—¡Cloe! ¡No vas a creérmelo, tienes que ver esto ahora mismo, hay un concurso de... —comenzó a anunciar a los cuatro vientos con voz cantarina, antes de recordar de golpe las estrictas normas del lugar.

—Mia, por favor, recuerda las reglas del estudio... —le susurré con una sonrisa de reojo, suspirando suavemente mientras señalaba de manera sutil a los clientes con la cámara en mano.

Mia contuvo el aliento de golpe, hizo una mueca de disculpa, se acercó de puntillas sorteando con agilidad los pesados trípodes, los paraguas difusores y los enredos de cables de iluminación que cruzaban el suelo, y se detuvo justo a mi lado para susurrarme al oído con urgencia contenida:

—Lo sé, lo sé perfectamente, estoy en la zona y prometí no hacer ruido en medio de las sesiones, pero juro por mi vida que esto es sumamente importante, Cloe. Tienes que dejar lo que estás haciendo y prestarme atención.

Solté una suave y resignada risa, intentando mantener una postura completamente profesional mientras ajustaba el enfoque manual del lente y ordenaba la última toma para la familia que posaba frente al fondo blanco.

—Y bien, mi querida y exagerada amiga... ¿de qué se trata esta vez, eh? —le pregunté en un susurro bajo, apenas moviendo los labios mientras disparaba el obturador de la cámara una última vez—. Muy bien, listo, familia. Quedaron perfectos, una toma preciosa. Ya pueden pasar por la recepción a coordinar la entrega de las digitales y las impresiones. Muchas gracias por venir a visitarnos.

Mientras la familia comenzaba a recoger sus abrigos, acomodarse las bufandas y despedirse con amabilidad, dejé el estudio principal y caminé rápidamente con la cámara colgada al cuello hacia la pequeña oficina privada del fondo, un espacio pequeño repleto de estantes con discos duros, muestras de impresiones y tazas de café acumuladas. Mi intención era descargar las tarjetas de memoria de inmediato para respaldar el trabajo, pero Mia me siguió los pasos de cerca, pisándome los talones sin soltar el periódico enrollado ni un solo segundo.




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