Cartas que nunca te envié

Capítulo 17: El almuerzo entre risas y dudas

Narrado por Cloe

Los días posteriores a aquella fatídica y desestabilizadora llamada telefónica con mi hermano Jacob habían transcurrido en el interior de mi mente como una especie de bruma extraña, densa y pesada, donde mis pensamientos oscilaban de manera incesante entre la emoción genuina y profunda por su inminente enlace matrimonial y el pánico sordo, frío y punzante que me recorría toda la columna vertebral cada maldita vez que el nombre de Axel cruzaba por mi cabeza. Para intentar despejar la mente, sacudirme el estrés del trabajo y escapar por unas pocas horas del encierro constante en el estudio fotográfico, habíamos quedado con Mia para almorzar en un acogedor, animado y concurrido restaurante de comida fusión situado a escasas calles de la costa de California, donde las enormes cristaleras de piso a techo permitían contemplar el mar brillante, las gaviotas volando y el ir y venir despreocupado de la gente bajo el cálido sol de la tarde.

Estábamos sentadas en una mesa alta y cómoda ubicada estratégicamente cerca de la ventana, disfrutando de unos platos frescos llenos de color y grandes vasos de limonada helada con menta, cuando Mia dejó los cubiertos sobre la superficie de cerámica con extrema suavidad, se inclinó un poco hacia adelante apoyando ambos codos en la mesa y me clavó una mirada fija, penetrante y analítica a través de la montura de sus gafas, evaluando con precisión quirúrgica la expresión ausente, distraída y taciturna que había arrastrado en el rostro durante toda la comida.

—Oye, Cloe... llevas exactamente todo el almuerzo jugando de forma neurótica con la comida en el plato, pinchando el aguacate una y otra vez con el tenedor y con la mirada completamente perdida en el horizonte del mar —comenzó Mia con su característico tono directo, sin filtros ni rodeos, arqueando una ceja de manera inquisitiva—. Y sé perfectamente que esto no tiene nada que ver con el menú. Es sobre la videollamada que tuviste ayer con tu hermano Jacob, ¿verdad? Ya me comentaste por encima que te invitó formalmente a su boda en el pueblo y que aceptaste sin dudar ser una de las damas de honor principales, pero hay algo más oculto, un secreto pesado que te está carcomiendo por dentro y se te nota a leguas en la postura. A ver, suelta la sopa: ¿de verdad tienes pensado viajar al pueblo para la boda o estás planeando buscar cualquier excusa patética para echarte para atrás a última hora?

Solté un suspiro largo, pesado y profundamente frustrado, removiendo con fastidio los cubitos de hielo de mi vaso con la pajita antes de levantar lentamente la vista para confesarle todos mis temores, mis inseguridades y mis más oscuras pesadillas a mi mejor amiga, la única persona en todo este vasto mundo que conocía con pelos y señales cada maldito fragmento de mi historia con Axel.

—Claro que tengo pensado ir, Mia, ¿cómo crees que faltaría? Es la boda de Jacob, mi propio hermano menor, la persona con la que crecí; jamás en la vida me perdería un momento tan importante y feliz para él —respondí con absoluta sinceridad y firmeza, aunque de inmediato mi voz se quebró y se atenuó hasta convertirse en un murmullo de genuina y profunda angustia—. El verdadero problema, el epicentro del terremoto, no es la boda en sí misma... Anoche, Rebeca, la prometida de mi hermano, me mandó un largo mensaje de texto lleno de emoción contándome los últimos avances del protocolo, las pruebas de vestido y soltó la bomba atómica sin anestesia ni contemplaciones: Axel, el mismísimo Axel, es el mejor amigo de la infancia de Jacob y fue confirmado oficialmente como el padrino de honor de la boda. Lo que se traduce, en pocas palabras y sin escapatoria, en que él y yo vamos a estar obligados por el protocolo a compartir el altar, las fotos oficiales, la ceremonia religiosa, los brindis y cada maldito segundo de la recepción.

Mia abrió los ojos de par en par con una expresión de pura incredulidad, contuvo un silbido de sorpresa que amenazaba con llamar la atención de las mesas vecinas y soltó una pequeña exclamación ahogada, llevándose una mano enguantada de plata al pecho.

—¡Vaya, santa madre de Dios bendito! ¡Pero qué nivel de drama cinematográfico! Eso sí que es un giro de guion digno de una telenovela de prime time con presupuesto ilimitado —exclamó Mia con los ojos bien abiertos, procesando con rapidez la magnitud de la información—. ¿El mismísimo Axel regresando al pueblo por la puerta grande, convertido en el padrino de honor de la boda familiar, y tú teniendo que pararte cara a cara con él después de diez años enteros de silencio absoluto, de orgullo y de vidas separadas? Ahora entiendo perfectamente por qué tienes el estómago hecho un nudo marinero y unas ganas inmensas de huir al Tíbet a vivir como ermitaña.

—¡Exactamente! Es una pesadilla logística, mental y emocional de proporciones bíblicas —admití con total desesperación, cubriéndome la cara con ambas manos mientras sentía cómo el calor de la vergüenza y el pánico me subía de golpe por el cuello hasta las mejillas—. No tengo la más remota idea de cómo voy a hacer para fingir frente a todos que no pasa absolutamente nada, para mantener una compostura digna frente a la familia, para evitar que la voz me tiemble al hablarle y, sobre todo, para no desmoronarme por completo en llanto al verlo después de tanto tiempo. ¿Y si me odia todavía por lo que pasó aquella noche? ¿Y si me mira con desprecio, lástima o indiferencia por cómo terminamos las cosas en el muelle? Tengo un miedo atroz de arruinarle involuntariamente el día más feliz de la vida a mi hermano por culpa de nuestros asuntos del pasado sin resolver.

Al percatarse de la dimensión real de mi angustia y de que el terror que sentía era completamente genuino, la expresión de Mia cambió de inmediato, suavizándose por completo. Su rostro adoptó una postura maternal y protectora, estiró con rapidez la mano sobre la superficie de madera de la mesa y me apretó los nudillos con fuerza, transmitiéndome un calor firme y reconfortante, acompañado de una sonrisa cálida.




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