Narrado por Cloe
La noche había caído sobre el pueblo costero con esa rapidez implacable y silenciosa tan característica de las regiones marinas, envolviendo paulatinamente las calles empedradas, las fachadas coloridas y los viejos techos de tejas rojas en un denso manto de apacible tranquilidad. Después de una cena familiar interminable, cálida y rebosante de anécdotas entrañables, risas estridentes y discusiones logísticas sobre los preparativos de la boda, Mia y yo nos habíamos retirado finalmente a buscar refugio y descanso en la que había sido mi habitación durante toda mi infancia, adolescencia y aquellos años de juventud marcados por sueños que el tiempo se encargó de transformar por completo. La casa entera se encontraba ahora sumergida en un silencio profundo y respetuoso, un silencio que únicamente lograba ser interrumpido de forma muy sutil por el lejano, constante y rítmico compás de las olas rompiendo con fuerza contra los pilares de madera del muelle viejo.
Mientras yo me cambiaba de ropa en la penumbra, quitándome la incómoda ropa de viaje para ponerme un pijama de algodón suave y algo mucho más cómodo para dormir, Mia comenzó a caminar despacio, con pasos ligeros y curiosos, por toda la estancia, recorriendo minuciosamente con la mirada cada rincón, cada mueble de madera tallada y cada pequeño objeto decorativo que parecía haber permanecido congelado en el tiempo, exactamente en el mismo lugar donde los dejé una década atrás.
—Vaya, Cloe, debo admitir de corazón que tu antiguo santuario adolescente tiene muchísimo estilo, personalidad y una vibra muy particular —comentó Mia con una sonrisa divertida y nostálgica dibujada en los labios, mientras pasaba un dedo enguantado de curiosidad por el borde del viejo escritorio de madera clara y examinaba los lomos de los libros alineados en las repisas con esmero—. Un poco clásico, tal vez demasiado recatado, ordenado e inocente para la mujer que eres hoy en día, pero posee un encanto sumamente acogedor y cálido. Definitivamente, este cuarto refleja de pies a cabeza a la niña estudiosa, soñadora y un tanto ingenua que solías ser antes de que la vida te sacudiera los esquemas.
—Oye, ten un poquito de respeto por mis antiquísimas y sagradas reliquias de juventud, ¿quieres? —le respondí soltando una carcajada suave mientras me dejaba caer con desgano sobre el borde de la cama, cruzando las piernas bajo la sábana—. Ese viejo escritorio de madera vio nacer mis peores notas escolares, mis frustraciones matemáticas y, por supuesto, mis diarios más melodramáticos y oscuros. Así que te sugiero que moderes tus críticas severas de diseñadora de interiores antes de que decida confiscarte la almohada.
Mia soltó una risa cristalina que resonó alegremente contra las paredes de la habitación y continuó curioseando por cada rincón, abriendo cajones vacíos que crujían levemente y examinando los pequeños adornos de porcelana hasta que sus pasos la llevaron de manera inevitable directo hacia la mesita de noche situada junto a la ventana, donde la luz de la luna se filtraba a través de las cortinas translúcidas. Allí, medio oculto y disimulado con astucia detrás de una lámpara de cerámica con pantalla de tela floral, reposaba un pequeño portarretratos de plata envejecida y bordes labrados que mi madre, en un claro acto de férrea resistencia nostálgica, se había empeñado firmemente en no mover jamás de su sitio original.
Con un movimiento rápido, fluido y cargado de genuina curiosidad, Mia tomó el marco metálico entre sus manos, lo acercó lentamente hacia el cono de luz que proyectaba la lámpara y se quedó en absoluto y rotundo silencio durante un par de segundos, entrecerrando los ojos con una mezcla de intriga y sorpresa analítica. Atrapado en aquella fotografía de estudio tomada años atrás, aparecía Axel exactamente a sus veinte años: con la característica sonrisa torcida y medio arrogante, el cabello castaño ligeramente alborotado por el viento y esa mirada verde, intensa, profunda y profundamente desafiante que durante tantísimos años se había encargado de perseguirme incansablemente tanto en mis peores pesadillas como en mis sueños más inconfesables.
—Vaya, vaya, mire nada más qué joya nos encontramos escondida por aquí, compañera —murmuró Mia con una sonrisa pícara, traviesa y sumamente socarrona, inclinando ligeramente la cabeza hacia un lado para detallar con morbo y precisión cada facción del rostro del joven en la imagen—. Debo admitir, querida amiga, sin ningún tipo de rodeos, que el muchacho de joven era bastante, pero bastante guapo. Tenía una estampa impresionante. Incluso me atrevería a decir, sin temor a equivocarme, que lucía muchísimo más atractivo que tu propio hermano Kevin, y mira que sabemos de sobra que Kevin tiene su encanto natural con las chicas del pueblo.
Abrí los ojos desmesuradamente ante semejante e impúdico atrevimiento y me incorporé de golpe sobre el colchón, negando de inmediato y de forma sumamente enérgica con la cabeza, sintiendo cómo el calor subía repentinamente hasta mis mejillas.
—¡Ni se te ocurra pronunciar semejante barbaridad en voz alta, Mia, por el amor de Dios! —exclamé en un susurro indignado pero sumamente divertido, lanzándome hacia adelante para tratar de arrebatarle el portarretratos de las manos antes de que siguiera analizando sus facciones—. Primero: Kevin es mi hermano mayor de sangre, merece un respeto absoluto y jamás permitiré que lo comparen desfavorablemente con ese especímen. Segundo: Axel era un maldito dolor de cabeza constante, un rebelde sin causa con ínfulas de héroe local incomprendido, y te doy mi palabra de honor de que su carisma físico y su labia no eran más que una trampa mortal diseñada exclusivamente para hacer caer en desgracia a cualquiera que se cruzara en su camino. ¡No te dejes engañar tan fácilmente por una simple y estúpida fotografía de adolescencia!
Mia esquivó mi arrebato con una agilidad felina y envidiable, retrocediendo un par de pasos hacia atrás mientras se echaba a reír a carcajadas abiertas de mi repentina y exagerada reacción defensiva.
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Editado: 29.09.2026