Narrado por Cloe
El sonido rítmico y hueco de las olas chocando contra los pilotes de madera del viejo muelle de la costa seguía resonando con una persistencia terca dentro de mi cabeza, repitiendo una y otra vez, como un disco rayado, cada una de las frases cortantes, intensas y cargadas de reproches que Axel me había soltado minutos antes. Todavía sentía las palmas de las manos inusualmente frías, el pecho dolorosamente comprimido y esa sensación agridulce, pesada e irritante en la boca del estómago que solo él era capaz de provocarme con su simple presencia.
Diez años enteros intentando construir a pulso una armadura impenetrable, diez malditos años convenciéndome a mí misma de que su recuerdo no era más que una sombra difusa, lejana e insustancial en los anales de mi juventud, y bastaron apenas cinco minutos de conversación bajo la brisa marina para comprobar, de la manera más cruel y evidente, que toda mi elaborada fachada de mujer madura, resuelta y sanada era una absoluta y completa mentira.
Caminé de regreso a la habitación que compartía con Mia en la posada del pueblo a un ritmo acelerado, intentando desesperadamente calmar el pulso desbocado y regular mi respiración antes de que mi amiga notara que algo marchaba catastróficamente mal. Pero convivir con Mia era sinónimo de transparencia obligatoria; me conocía con la precisión de quien lee un libro abierto, y bastó con cruzar el umbral de la puerta, ver mi rostro pálido y mis ojos todavía húmedos de rabia contenida para que ella arrojara la libreta de apuntes sobre la cama y me clavara esa mirada analítica, perspicaz y profundamente penetrante que jamás admitía evasivas ni excusas baratas.
—Muy bien, señorita desastre, detén el paso ahora mismo —dijo Mia con voz firme, cruzándose de brazos con una perfecta combinación de diversión burlona y absoluta seriedad—. No tengo la menor idea de qué clase de encuentro apocalíptico, celestial o traumático tuviste allá afuera en el muelle con el misterioso hijo pródigo, pero acabas de entrar a esta habitación pálida como un fantasma en pena. Y lo peor de todo, Cloe, es que intentas poner una estúpida cara de póker para convencerme de que todo está bajo control, pero te conozco demasiado bien: ese tal Axel todavía te sacude el suelo de una manera que da auténtico miedo.
Me dejé caer pesadamente al borde del colchón, soltando un suspiro largo, tembloroso y cargado de un cansancio infinito mientras me llevaba las manos a la cara para intentar ocultar la frustración. Intenté tragar saliva con fuerza para deshacer el nudo denso que se me había formado de repente en la garganta.
—No es nada, Mia, te lo juro... de verdad que no es para tanto —repliqué con un hilo de voz temblorosa, intentando restarle importancia al asunto mientras apartaba la mirada hacia la ventana—. Sabía perfectamente que había regresado al pueblo para asistir a la boda de Jacob y Rebeca, pero cruzármelo de la nada, sin previo aviso y precisamente en el mismo lugar donde... bueno, donde todo terminó de la peor manera posible hace una década, fue un golpe bajo para mi sistema nervioso. Eso es todo. Nada que no pueda manejar con un buen té caliente y una larga noche de sueño reparador.
Mia soltó una carcajada corta, incrédula y completamente desprovista de cualquier atisbo de compasión o piedad. Se acercó con pasos firmes y decididos, se sentó justo a mi lado en la cama y, con una delicadeza firme, me obligó a levantar la barbilla para que la mirara directamente a los ojos.
—¿Un poco de té? Por favor, Cloe, ahórrate los discursos fingidos porque conmigo no funcionan —me reprochó con esa franqueza implacable que tanto la caracterizaba—. Tienes las manos congeladas, la respiración acelerada y los ojos brillosos de puro orgullo herido. Te afecta, y te afecta a un nivel tan profundo que resulta patético que intentes negarlo. No importa cuántos años hayan pasado ni cuántos miles de kilómetros hayas puesto de por medio para huir de este pueblo; ese hombre apareció de la nada y descolocó por completo tu universo mental en cuestión de segundos. ¿Por qué diablos te cuesta tanto admitir que todavía te duele y que su presencia te importa?
Aparté la vista con fastidio, sintiendo que la sangre caliente me subía de golpe a las mejillas impulsada por la rabia de saber que tenía absoluta razón. Odiaba con toda mi alma lo transparente que me volvía cada vez que su nombre rondaba cerca.
—Porque admitirlo en voz alta es volver a darle poder sobre mí, Mia —confesé al fin en un susurro apenas audible, cediendo por completo ante la abrumadora presión de mis propias emociones contenidas—. Y no quiero hacerlo. No me da la santa gana de permitir que un tipo que agarró sus cosas y se largó sin mirar atrás hace diez años vuelva a arruinar mi tranquilidad emocional solo con aparecer de visita temporal en el horizonte.
—Una cosa es proteger tu paz mental a toda costa y otra muy distinta es vivir mintiéndote a ti misma como una tonta, amiga —respondió Mia con un tono considerablemente más suave, dándome una palmada comprensiva y firme en el hombro antes de cambiar sutilmente de dirección para aligerar la tensión ambiental—. Pero dejando de lado por un momento el evidente terremoto emocional que te dejó este reencuentro de la tercera fase, hay algo más que no ha dejado de dar vueltas en mi cabeza desde el preciso instante en que el chico misterioso se marchó.
Abrí los ojos con curiosidad genuina, frunciendo el ceño mientras esperaba a que continuara con su hilo de pensamiento.
—¿De qué estás hablando ahora? —le pregunté con desconfianza.
Mia se puso de pie con elegancia, caminó con paso decidido hacia su bolso de mano de diseñador que descansaba sobre el escritorio de madera y sacó de su interior el impecable sobre de papel manila que Axel nos había entregado en el muelle. Lo abrió con sumo cuidado, como si se tratara de un artefacto frágil, y extrajo el documento bancario, contemplándolo con una fascinación que mezclaba la incredulidad y una profunda intriga profesional.
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Editado: 29.09.2026