Narrado por Cloe
Las horas interminables que pasamos dentro de la casona de Rebeca y Jacob se habían convertido, sin que yo pudiera evitarlo, en una maratón mental agotadora de listas interminables, muestras de tela, combinaciones de colores para las servilletas, opiniones familiares cruzadas y risas compartidas que, para mis oídos, resonaban como un eco lejano, confuso y profundamente distorsionado. Desde el preciso instante en que cruzamos miradas en la sala principal y su familia lo saludó con esa naturalidad, ese afecto genuino y esa calidez que me desarmó por completo frente a todos, mi mente había estado trabajando a una velocidad vertiginosa, dando vueltas en círculos sin encontrar un punto de paz. Cada segundo que pasaba compartiendo el mismo techo bajo la misma atmósfera se sentía como caminar descalza sobre un suelo alfombrado de cristales rotos, donde cualquier paso en falso amenazaba con cortarme profundamente.
Cuando por fin el bullicio ensordecedor de los preparativos nocturnos comenzó a disiparse y los invitados temporales empezaron a retirarse a sus respectivos descansos, sentí que el pecho se me iba a reventar por una aguda e insoportable falta de oxígeno. Necesitaba escapar de inmediato. Necesitaba desesperadamente que el aire fresco y húmedo de la noche me golpeara la cara de lleno y pusiera en orden el caos absoluto de mis ideas antes de que terminara perdiendo la cordura por completo en medio de aquella casa.
Salí al amplio porche trasero sin hacer el menor ruido, buscando refugio absoluto en la tranquilidad silenciosa del jardín que se extendía hacia los límites oscuros del terreno. Sin embargo, apenas di unos pasos hacia la zona del patio pavimentado con lajas de piedra, me detuve en seco, completamente petrificada, al descubrir una silueta solitaria e imponente recostada con parsimonia contra la barandilla de madera, iluminada de forma tenue y fantasmal por la luz pálida de la luna llena. Era Axel. Sostenía una botella de cerveza fría en la mano derecha, dándole un trago lento, pausado y medido mientras contemplaba la oscuridad infinita del horizonte.
Intenté instintivamente dar media vuelta y retroceder con sumo sigilo antes de que su agudeza notara mi presencia inoportuna, pero el crujir leve, traicionero y seco de la grava bajo las suelas de mis zapatos lo delató todo en un segundo.
—Si viniste buscando un rincón de paz absoluta y silencio, lamento informarte que estás en el lugar completamente equivocado... o tal vez en el exacto, según se mire —dijo Axel sin volverse del todo hacia mí, con esa voz ronca, profunda y pausada que parecía resonar de inmediato y de forma directa en cada una de mis terminaciones nerviosas.
Giró ligeramente la cabeza para mirarme de reojo, esbozando una media sonrisa cansada, melancólica y casi imperceptible en la comisura de los labios. En su otra mano sostenía una segunda botella de cerveza, completamente cerrada.
—Estaba intentando huir despavorido del alboroto insoportable de adentro, exactamente igual que tú, supongo —añadió, levantando un poco la botella vacía como justificándose—. Hay suficiente alcohol frío aquí fuera como para sobrevivir a otra hora entera de debates interminables sobre los malditos centros de mesa y la distribución de los invitados. Si quieres sentarte un rato a tomar aire fresco, hay espacio de sobra en este banco. Y si mi presencia te incomoda tanto como para estropearte la noche... puedes dar media vuelta y marcharte ahora mismo. No te voy a detener, Cloe.
Esas últimas palabras pronunciadas con tanta calma tuvieron el efecto instantáneo de un reto directo clavado en mi orgullo. ¿Irme? ¿Darle la lamentable impresión de que huía despavorida de su lado por pura cobardía o debilidad? Ni hablar. Mi orgullo, ese mismo estandarte rígido que había alimentado pacientemente durante diez años de rigurosa distancia, se negó rotundamente a dar el brazo a torcer frente a él.
—No tengo ninguna intención de huir de mi propia casa temporal ni de cederte el terreno con tanta facilidad, Axel —repliqué con la barbilla firmemente en alto, caminando con paso seguro y decidido hacia el banco de madera instalado junto a la barandilla.
Me senté con deliberada lentitud, guardando una distancia prudente y calculada: ni tan cerca como para rozar su ropa y encender otra vez esa electricidad peligrosa que me quemaba la piel, ni tan lejos como para parecer una niña asustada que intentaba poner tierra de por medio.
Axel me observó en riguroso silencio durante un segundo que se estiró demasiado, como si estuviera midiendo mentalmente cada uno de mis movimientos, antes de extender la mano con parsimonia y dejar caer sobre la mesita de madera una botella de cerveza fría, destapada con absoluta precisión.
—Tómala. Se nota a leguas que te hace falta para calelar los nervios —dijo con total naturalidad, volviendo a girar el rostro para mirar hacia el frente.
Extendí los dedos con precaución, tomé el envase frío y le di un trago largo y decidido. El líquido amargo me quemó agradablemente la garganta, ayudando a disipar un poco el nudo denso de tensión que llevaba arrastrando en el pecho desde la tarde. Durante un buen rato, ninguno de los dos volvió a pronunciar una sola palabra. El sonido constante de los grillos ocultos en la hierba alta y el murmullo lejano del viento nocturno llenaron por completo el espacio vacío entre nosotros. La conversación no era cálida ni amistosa, pero al menos se había despojado por fin de la hostilidad hiriente que había marcado nuestros encuentros anteriores; era una tregua frágil, una quietud tensa pero extrañamente pacífica que nos permitía respirar.
Aprovechando que la marea de los reproches y los gritos parecía momentáneamente calmada en la superficie, decidí clavar la vista fija en la etiqueta de papel mojado de mi botella y soltar de golpe la pregunta que llevaba horas carcomiéndome la cabeza desde el preciso instante en que Mia abrió aquel maldito sobre de papel manila en la habitación.
#4618 en Novela romántica
#251 en Joven Adulto
despedidas y reencuentros, amor amistad drama, secreto y verdades ocultas
Editado: 29.09.2026