Cartas que nunca te envié

Capítulo 28: El interrogatorio

Narrado por Cloe

Aún sentía las mejillas ardiendo con una intensidad abrasadora, teñidas de un rojo carmesí furioso que ni el viento fresco y húmedo de la tarde que soplaba tras la tormenta lograba calmar. Había corrido a toda velocidad desde la entrada del invernadero hasta la seguridad relativa del interior de la casa, intentando escapar desesperadamente de la vergüenza más absoluta de toda mi existencia. Tenía grabado en la memoria el eco burlón de la risa estruendosa de Peter resonando en los pasillos de mi mente, la mirada socarrona de Mía y, sobre todo, la marca fantasma del manotazo defensivo que le había propinado a Axel en medio del susto, el cual todavía me hacía latir los nudillos con un cosquilleo de pura incredulidad.

¿Cómo demonios había podido pasar algo así? ¿En qué momento exacto mi cerebro había decidido desconectarse por completo? Estábamos a un milímetro, literalmente a un suspiro físico de cruzar una línea sagrada que juré solemnemente no volver a cruzar jamás en esta vida; una frontera invisible que prometí proteger con uñas y dientes desde el día en que él decidió marcharse. Y todo había ocurrido por culpa de una combinación explosiva y patética: la claustrofobia asfixiante del búnker, la vulnerabilidad del encierro subterráneo y esa estúpida, traicionera y repentina complicidad que habíamos recuperado entre risas tontas y recuerdos lejanos de Los Ángeles, como si los diez años de rencor nunca hubieran existido.

—¡Cloe, espera un segundo por favor! ¡Detente ahora mismo, no corras! —la voz jadeante, imperativa y conocida de Mía resonó con fuerza en el pasillo principal, justo en el momento exacto en que intentaba girar el pomo para refugiarme en la seguridad absoluta de mi habitación.

Me detuve en seco, con la mano fría aferrada al metal de la puerta, cerrando los ojos con fuerza durante un segundo interminable para prepararme mentalmente ante lo que sabía que se avecinaba. Pero no tuve ni el tiempo material de girarme por completo. Mía ya me había alcanzado con una rapidez sorprendente. Tenía el cabello largo ligeramente revuelto y pegado a la frente por la carrera, una mezcla electrizante de triunfo absoluto y travesura brillándole con intensidad en los ojos oscuros, y esa sonrisa enorme, pícara y conocedora que yo conocía demasiado bien; la misma expresión exacta que utilizaba siempre que estaba a punto de acorralarme contra la pared con uno de sus implacables e inevitables interrogatorios sin filtro.

—Se puede saber... ¿qué demonios fue exactamente lo que acabamos de ver ahí abajo? —soltó Mía de golpe, sin importarle tomar aire, apoyando una mano firme en su propia cadera mientras me evaluaba con una mezcla hilarante de diversión traviesa y absoluta incredulidad—. ¡Cloe! ¡Casi te lo comes vivo en la oscuridad del búnker! ¡Los pillé in fraganti a punto de fundirse en un beso de película!

—¡Estás loca, Mía, no estábamos haciendo absolutamente nada de eso! ¡Fue un maldito accidente de proporciones épicas, la puerta se abrió de golpe por el viento del susto y... y mis manos se movieron por pura inercia defensiva, ¿vale?! —exclamé a la defensiva, agitando los brazos en el aire con desesperación mientras sentía que el calor volvía a invadirme el rostro y el cuello con una fuerza insoportable.

—¿Un accidente? ¿Un reflejo defensivo? —Mía soltó una carcajada corta, irónica y cristalina, cruzándose de brazos con parsimonia y dando un paso decidido hacia el frente para acortar todavía más la distancia que nos separaba en el pasillo—. Por favor, Cloe, a mí no me intentes ver la cara de tonta. Llevo años y años conociéndote mejor que nadie en este mundo. Sé perfectamente cuándo estás nerviosa, sé reconocer de inmediato cuándo estás huyendo despavorida y, sobre todo, créeme que sé identificar a la perfección esa mirada de gata hipnotizada que tenías en los ojos mientras estabas encerrada a solas con Axel en ese agujero. No intentes mentirme a mí, amiga.

—No te estoy mintiendo, te lo juro... —murmuré bajando drásticamente el tono de voz, intentando desesperadamente recuperar una compostura y una dignidad que hacía rato se habían esfumado por completo—. Estábamos hablando de nuestras cosas, de la tormenta que rugía afuera, de lo que pasó hace años... de repente la situación se volvió extraña, se nos fue de las manos por el pánico del encierro, nada más. Te juro que eso no significa absolutamente nada en el gran esquema de las cosas.

—¿Que no significa nada? —repitió Mía arqueando una ceja con incredulidad, evaluándome de arriba a abajo con una paciencia casi condescendiente que, lejos de calmarme, me sacaba profundamente de quicio—. Amiga del alma, los gritos de burla de Peter cruzando todo el jardín y la cara de Axel frotándose la mejilla colorada no dicen precisamente que "no signifique nada". Casi le arrancas la cabeza del cuerpo con el manotazo del susto, sí, es verdad... pero te aseguro que un segundo antes de que abriéramos la puerta, estabas completamente derretida contra su pecho, absorbiendo su calor como si tu vida dependiera de ello.

—¡Es que estábamos atrapados en un espacio diminuto! ¡Había humedad extrema, pánico acumulado, falta de oxígeno y claustrofobia pura! ¡Cualquier ser humano con un sistema nervioso medio normal habría perdido la cabeza y hecho una estupidez! —intenté justificarme de manera atropellada, agitando las manos, aunque en el fondo de mi alma sabía perfectamente que mis propias excusas sonaban completamente vacías, patéticas e insostenibles incluso para mí misma.

Mía dejó escapar un suspiro suave, y de pronto, con una rapidez pasmosa, la expresión burlona y juguetona de su rostro se transformó por completo en una mirada infinitamente más comprensiva, seria, madura y profunda. Se acercó con paso lento, rompiendo la última barrera de espacio personal, y tomó mis manos frías y temblorosas entre las suyas con una delicadeza absoluta, obligándome de manera muy sutil pero firme a sostenerle la mirada sin poder huir hacia los lados.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.