Cartas que nunca te envié

Capítulo 29: La perspectiva de quienes se quedan

Narrado por Cloe

—Dime la verdad mirándome a los ojos, Cloe... Después de todo este maldito tiempo de distancia, de su regreso inesperado al pueblo, de las discusiones hirientes y de lo que por poco pasa hoy ahí abajo en la oscuridad... ¿Todavía sigues sintiendo cosas por Axel?

La pregunta de Mía se quedó suspendida en el aire denso y cargado del pasillo, pesada, punzante, afilada y absolutamente inevitable. Mi mente se quedó en blanco por un segundo eterno, un vacío absoluto donde las palabras simplemente se negaban a formarse. El corazón me golpeaba las costillas con una fuerza desbocada, amenazando con romper el frágil equilibrio que había intentado mantener durante todo el día, y sentí con pánico que si abría la boca siquiera un milímetro, lo único que saldría de mis labios sería una confesión desesperada, una verdad absoluta que llevaba diez largos años intentando sepultar bajo gruesas capas y capas de orgullo, cinismo y distancia.

—Yo... Mía, por favor, detente, esto no es tan simple como crees... —logré balbucear al fin, apartando la mirada con torpeza, sintiendo el rostro encendido y soltándome de su agarre con un movimiento brusco, casi desesperado—. Las cosas no se borran, no se sanan y no se solucionan mágicamente solo porque pasemos un par de horas encerrados en un maldito búnker huyendo de una tormenta de verano. ¡Tengo todo el derecho del mundo a dudar, a estar confundida, a sentir terror y a no querer lidiar con esto ahora mismo, y menos a poísimos días de la boda de Jacob y Rebeca! ¡Todo el pueblo está patas arriba y ustedes solo quieren remover el pasado!

Sin dejarla replicar ni un segundo más, dándole la espalda antes de que pudiera notar las lágrimas de frustración que amenazaban con desbordarse de mis ojos, di media vuelta, entré a mi habitación dando un portazo seco y giré la llave del seguro con fuerza. Me apoyé de espaldas contra la madera fría de la puerta, cerrando los ojos con desesperación mientras respiraba de forma agitada, intentando con todas mis fuerzas recuperar el control de mis emociones y de los latidos salvajes de mi pecho.

Las horas siguientes se convirtieron de inmediato en un ejercicio agotador de supervivencia mental y física. Evité a Mía cruzándome por los pasillos como si fuera una sombra, ignoré por completo las miradas cómplices, pesadas y cargadas de juicios que sospechaba que Kevin y Peter me lanzaban desde el salón principal, y me refugié voluntariamente en la cocina, metiendo las manos en cualquier tarea absurda que me mantuviera ocupada. El gran problema era que la casa de Rebeca parecía en ese momento un cuartel general militar en plena ebullición caótica. Las mesas del comedor y de la sala estaban completamente repletas de centros de mesa por terminar, listones de encaje blanco, cajas llenas de recuerdos para los invitados y catálogos interminables de última hora.

Rebeca, a pesar de los nervios a flor de piel propios de cualquier novia que está a pocas horas de dar el ansiado "sí, acepto", se movía de un lado a otro de la estancia dando instrucciones precisas con una libreta en la mano, intentando que absolutamente todo saliera perfecto. Sin embargo, con la sensibilidad propia de alguien que nos conoce de toda la vida, no tardó demasiado tiempo en notar que mis manos temblaban visiblemente al intentar acomodar los arreglos florales, y que mi mirada se perdía en el vacío del jardín cada tres segundos.

—A ver, tierra llamando a Cloe. ¿Se puede saber exactamente en qué rincón del universo o de tus trágicos pensamientos estás flotando hoy? No me estás ayudando en nada —la voz suave, maternal y directa de Jacob interrumpió de golpe mis cavilaciones mientras se acercaba a la barra alta de la cocina con dos tazas de café humeante en las manos, ofreciéndome una de ellas con una sonrisa comprensiva y cómplice—. Rebeca está a dos segundos reales de suspender la boda y mandar a volar las flores si alguien vuelve a mirar un plato con esa cara de tragedia griega.

Dejé escapar un suspiro larguísimo, pesado y cargado de un cansancio infinito, dejando caer las tijeras de jardinería sobre la mesa de madera con un golpe seco. Acepté la taza de café caliente entre las manos, buscando de inmediato el consuelo analgésico de su calor contra la piel fría de mis dedos.

—Lo siento tanto, Jacob. En serio. No es mi intención arruinar los preparativos ni poner nerviosa a Rebeca... Es solo que este día ha sido demasiado caótico con lo de la tormenta, el encierro y el búnker —admití en voz bajita, mirando fijamente el líquido oscuro dentro de mi taza, como si allí estuvieran escritas las respuestas.

Jacob se recostó con tranquilidad contra el borde de la encimera, me observó con esa paciencia inquebrantable, paternal y calmada que siempre lo había caracterizado, y dio un sorbo lento a su café antes de volver a hablar con una sinceridad aplastante:

—Sé perfectamente que la tormenta allá afuera ya pasó hace horas, Cloe. Y también sé con absoluta seguridad que el verdadero huracán no vino del mar ni de las nubes negras, sino de ese búnker donde terminaste encerrada a solas con Axel —dijo sin rodeos, sin buscar eufemismos, pero con una calidez que desarmaba cualquier intento de defensa.

Lo miré con los ojos bien abiertos de par en par, sintiendo cómo un nuevo y ardiente sonrojo me invadía las mejillas por la vergüenza de saber que todos sabían exactamente lo que pasaba.

—No quiero hablar de él, Jacob. Por favor, te lo pido. Es una historia vieja, completamente enterrada, muerta y...

—Una historia vieja y mal enterrada que, cada vez que se cruzan en el mismo pasillo o comparten el mismo aire, hace que salten chispas capaces de incendiar media cuadra entera —me interrumpió Jacob con una pequeña sonrisa comprensiva, cruzando los brazos sobre el pecho—. Mira, Cloe, yo sé muy bien lo mucho que sufriste cuando él se fue de la noche a la mañana. Estuve ahí, vi cada lágrima, vi cómo te quedaste con el corazón hecho pedazos y cómo te costó años volver a sonreír de verdad. Pero también conozco a Axel desde que éramos niños. Conozco sus demonios, sé el peso insoportable con el que ha cargado todo este tiempo, el remordimiento que lo carcome y la forma en que mira a este maldito pueblo... y, sobre todo, la forma en que te mira a ti.




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