Cartas que nunca te envié

Capítulo 30: Bajo la luz de la luna

Narrado por Cloe

Las palabras de Jacob seguían rebotando en los rincones más profundos de mi mente como un eco persistente, pesado y profundamente doloroso que se negaba a apagarse. “Aferrarse al rencor y construir murallas solo sirve para asegurarte de que nadie pueda volver a hacerte feliz”. Toda la noche me mantuve despierta dando vueltas interminables en la cama, mirando el techo oscuro de mi habitación, sintiendo que el pecho me pesaba no por el peso del pasado, sino por el cansancio agónico de seguir cargando con una armadura de orgullo que ya no quería llevar puesta ni un segundo más. Estaba harta de huir. Estaba harta de cruzar los pasillos de la casa esquivando su mirada, de fingir una indiferencia glacial que se desmoronaba cada vez que lo tenía cerca, y de dejar que el miedo dictara cada uno de mis pasos. Si al final íbamos a terminar en ruinas, al menos necesitaba saber si quedaba algo real que valiera la pena rescatar de entre los escombros de lo que fuimos.

Al día siguiente, decidí tomar las riendas de mi propia historia.

Durante las horas posteriores, mientras el caos absoluto por los preparativos de la boda de Jacob y Rebeca absorbía por completo la atención de todos los presentes, me encargué de estar exactamente donde él estaba, sin escondites ni coartadas. Ayudé a acomodar las sillas de madera, cargué cajas llenas de luces y, aunque las miradas cómplices, pírricas y llenas de expectativas de Mía y Kevin no se hicieron esperar ni un solo segundo, los ignoré con total determinación. Sabía perfectamente que necesitaba hablar con él, quitarme este nudo asfixiante del pecho de una vez por todas y encarar de frente los fantasmas que nos habían perseguido durante diez largos años.

El reloj avanzaba implacable y el bullicio general de la casa se fue apagando de a poco. Con la llegada de la medianoche, los invitados comenzaron a retirarse lentamente a descansar a sus habitaciones o a sus casas, y los novios, completamente agotados por los nervios previos y el trajín del día, se metieron a dormir. Poco a poco, el silencio nocturno se adueñó por completo de los jardines.

Cuando el reloj marcaba pasada la medianoche y la brisa fresca de la madrugada mecía las hojas de los árboles, me encontré completamente sola en el patio trasero. La estructura principal del altar de bodas, bellamente decorada con telas blancas vaporosas y arreglos florales que aún requerían ciertos ajustes de última hora, lucía solitaria, imponente y silenciosa bajo el resplandor plateado y absoluto de la luna llena. Dejé escapar un suspiro profundo, me acerqué al altar y comencé a ordenar un par de ramas que habían quedado desalineadas por el viento.

—Si sigues trabajando con este nivel de obsesión a estas horas de la madrugada, te aseguro que vas a llegar mucho más agotada que los novios al altar —una voz masculina, grave, suave y profundamente familiar, rompió la quietud de la noche a mis espaldas.

Me giré de golpe, con el corazón dándome un vuelco en el pecho, y lo vi allí parado. Axel estaba de pie junto a los escalones de madera del porche, con las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta oscura y una media sonrisa tímida, casi vulnerable, dibujada en el rostro. La luz plateada de la luna iluminaba con precisión sus facciones angulosas, suavizando esa expresión dura y seria que solía llevar puesta desde el día en que había regresado al pueblo.

—Podría decir exactamente lo mismo de ti, ¿sabes? —respondí intentando mantener la voz firme y controlada, aunque sentí que el pulso se me desbocaba de inmediato—. ¿Qué haces aquí afuera vagando por el jardín a estas horas de la madrugada?

—No podía conciliar el sueño —admitió él dando un par de pasos firmes hacia adelante, acercándose lentamente hasta quedar bajo la estructura de madera del altar—. Supongo que teníamos demasiados pendientes flotando en el aire, palabras que se quedaron atragantadas y silencios que pesaban demasiado. Cuando vi que las luces seguían encendidas por aquí... decidí venir a ver.

El silencio volvió a instalarse entre nosotros, pero esta vez no era un silencio tenso, incómodo o defensivo; era un espacio denso y magnético, cargado de expectación, de todo lo que habíamos callado durante una década y que ya no cabía dentro del pecho. Dejé las flores sobre la mesa de madera y me quedé inmóvil, clavando mis ojos en los suyos, sin apartar la mirada por primera vez en mucho tiempo.

Axel dio otro paso más, acortando todavía más la distancia que nos separaba. Su expresión cambió por completo, volviéndose de una vulnerabilidad desarmante. Pasó una mano con nerviosismo por su cabello, como si buscara desesperadamente las palabras exactas en medio del aire, y cuando volvió a hablar, su voz sonó profundamente quebrada, completamente despojada de cualquier escudo:

—Cloe... necesito decirte algo. Y sé perfectamente que tal vez ya sea demasiado tarde para esto, o que no quieras escuchar nada de lo que tengo que decir, pero necesito sacarlo de dentro antes de volverme completamente loco...

No fui capaz de articular palabra. Solo asentí despacio con la cabeza, dándole el permiso silencioso que necesitaba para continuar.

—¿Te acuerdas de cuando teníamos doce años y pasábamos las tardes enteras sentados junto al río? —comenzó diciendo Axel con una sonrisa nostálgica, triste y melancólica, mirando hacia el suelo antes de levantar lentamente los ojos para sostener mi mirada—. Desde el primer instante en que empezamos a compartir la vida, sentí algo por ti que mi corta edad no me permitía entender ni explicar. Era solo un crío, no sabía nada del amor ni del mundo, pero tenía la certeza absoluta de que eras lo más importante que me había pasado jamás. Con los años, ese sentimiento no hizo más que crecer de manera silenciosa... se volvió gigantesco, incontrolable, una fuerza de la naturaleza de la que ya no podía escapar.

Sentí que el aire escaseaba en mis pulmones. Mis manos comenzaron a temblar ligeramente al costado de mi cuerpo, traicionando mi fachada de aparente tranquilidad.




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